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Iglesia en España

Carta del obispo de León ante el Día de la Iglesia Diocesana 2013

Carta del obispo de León, Julián López Martín, ante el Día de la Iglesia Diocesana 2013 (17 noviembre)

La Jornada de la Iglesia diocesana el domingo día 17 de noviembre, penúltimo del año litúrgico 2012-2013, nos ofrece una nueva ocasión para tomar conciencia de la identidad y razón de ser de nuestra comunidad católica de León en estos tiempos de nueva evangelización y cuando concluye el Año de la fe.

Para nadie es un secreto la secularización creciente no solo de las costumbres, sino también de los criterios y de la escala de valores en la sociedad actual, realidad que afecta también a los fieles cristianos. Crece la indiferencia religiosa y aunque se mantienen ritos, fiestas, romerías y otras prácticas nacidas al calor de la fe, lo cierto es que, pese a su gran eco popular, se viven y se aprecian más como manifestaciones puramente culturales y costumbristas que como momentos privilegiados para el encuentro con Dios. Poco a poco, sin apenas darnos cuenta, estamos asistiendo a un desmantelamiento progresivo de las creencias y valores espirituales y morales cristianos, promovido unas veces desde ámbitos importantes de la vida social y pública, pero también causado por la indolencia religiosa de muchos bautizados que desemboca en una manera de pensar y en una forma de vivir como si Dios no existiera.

El fenómeno, en el fondo, no es nuevo y no hace falta remontarse muy lejos en nuestra propia historia para observarlo. Como tampoco lo es el principal medio que ha sustentado siempre la vida cristiana en estas tierras. Me refiero a la importancia que ha tenido entre nosotros la pertenencia más o menos consciente pero fuertemente arraigada a la parroquia del pueblo o del barrio de origen, identificada en primer término con la iglesia pero también con la comunidad que se reúne en ella, con los altares y las imágenes de la devoción familiar o de la cofradía.

De ahí la fuerte asociación y a veces confusión entre pueblo y parroquia. Pero hoy nos enfrentamos a un doble problema sociológico de hondas repercusiones no solo en los ámbitos que acabo de señalar, sino también en la educación, la sanidad, etc. Por una parte, el éxodo de los pueblos a la capital con el consiguiente desarraigo personal y familiar, y por otra la difícil integración en el ámbito urbano, la falta de trabajo, especialmente para los jóvenes, etc.

En las visitas pastorales –estoy realizando la segunda a toda la diócesis después de haber pasado una vez al menos por las 757 parroquias, 19 filiales y 35 anejos– he podido apreciar la añoranza de la iglesia del pueblo por parte de los que viven fuera, y en ocasiones como la referida procuran estar presentes.

La comunidad diocesana con sus sacerdotes, personas consagradas, laicos colaboradores y conmigo como obispo, representa a la Iglesia que quiere estar con todos y al servicio de todos, como reza el lema de la próxima jornada del 17 de noviembre. Para que esto suceda debemos compartir, primero la fe recibida, y con ella la caridad y la esperanza. Después los medios humanos: nuestras personas, nuestro tiempo, nuestras posibilidades pastorales.

También los medios económicos, como sucede en tantas familias, especialmente cuando tantos padres y abuelos contribuyen a la economía doméstica con su pensión. Este ejemplo admirable lo podemos aplicar a nuestra Diócesis, de manera que las parroquias mejor dotadas se sientan solidarias con las que no pueden hacer frente no ya a gastos extraordinarios, sino incluso a los mínimamente necesarios. Cuando el papa Francisco habla de una Iglesia pobre para los pobres se refiere a una Iglesia desprendida y al servicio de todos, que comparte incluso lo que tiene para ella. Con mi cordial saludo y bendición:

+ Julián, Obispo de León

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