Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del obispo de Almería, Adolfo González Montes, para la Navidad 2013

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Carta del obispo de Almería, Adolfo González Montes, para la Navidad 2013:

De nuevo la Navidad nos acerca al mensaje de Belén poniendo una pausa en el ajetreo cotidiano, un paréntesis de paz y de intimidad con las personas que amamos, un tiempo que nos permite disfrutar de ellas y descubrir en la convivencia familiar el sentido de la vida, el amor que une a los seres humanos que conviven en el hogar mediante los lazos familiares.

Por eso, cuando se pasan períodos de crisis y de dificultades como los que estamos viviendo, la familia sigue siendo el medio en el cual se hace soportan en el día a día las carencias del trabajo que falta y del sustento que necesitamos. Gracias a las familias, muchos millones de personas soportan situaciones  difíciles de sobrellevar.

El mandamiento del amor es el distintivo de los discípulos de Cristo y la Iglesia se comprende a sí misma como la gran familia donde tienen acogida las personas que en ella buscan ayuda y sobre todo la salvaguarda de su dignidad. Por eso, mi pensamiento va en esta Navidad en primer lugar a las familias en dificultades y al voluntariado de Caritas que se multiplica en las parroquias para cubrir tantas necesidades. La Navidad nos invita a contemplar la gruta de Belén, donde la Sagrada Familia encontró el cobijo que no tuvo por suerte hallar, para que María diera a luz al Hijo de Dios hecho carne.

La Navidad nos proporciona un tiempo especial de gracia para considerar el valor humano y espiritual de la familia como regazo donde surge y crece la persona y se abre a los demás. La Navidad nos proporciona el momento propicio para mirar al interior de nosotros mismos y examinar el estado de cosas en que nos encontramos, donde cada uno de nosotros nos hallamos colocados en el marco de la situación social en que vivimos.

Ciertamente, hay signos de mejora en la crisis económica que nos cerca, pero las familias siguen sufriendo el desgaste de una situación de carencia para millones de personas, jóvenes y adultos en edad laboral cuyo rendimiento es requerido porque de ellos dependen otras personas. Es el caso de padres y madres de familia que siguen sin trabajo y con poca esperanza de encontrarlo. A todas estas personas quiero enviarles mi apoyo solidario y fraterno y el mensaje de esperanza de la Navidad. Al mismo tiempo, hemos de considerar que todo el esfuerzo que las administraciones del Estado y la iniciativa social de los emprendedores lleven a cabo será bienvenido, si con ello se consigue mejorar la situación laboral y social de las personas y las familias.

La laboriosidad de la Sagrada Familia es un ejemplo claro que nos ofrece la encarnación del Hijo de Dios, que quiso vivir en el seno de una familia dependiente de su propio trabajo, dándonos la gran lección de cómo el trabajo genera el medio económico que requiere el crecimiento de los hijos y crea armonía y entendimiento entre los esposos, haciendo que la unión entre todos los miembros de una familia sea algo más que convencional o pura conveniencia, cuando no de mero interés.

Tengo en la mente los miles de inmigrantes que siguen llegando hasta nosotros, en busca de una vida mejor a la que tienen derecho. Pienso también en que, aunque se han dado pasos y cabe suponer la mejor voluntad de todos cuantos tienen responsabilidad en ello, todavía se hace poco por atajar el tráfico de seres humanos, que da lugar a situaciones de marginación y de cruel inhumanidad. Por eso cabe esperar de las autoridades una actuación que persiga esta lacra social del tráfico de personas, que atenta contra su dignidad y conduce a situaciones de hacinamiento, dando lugar a situaciones ofensivas para las personas objeto de mercancía y para los inmigrantes.

Siguiendo las enseñanzas de la doctrina social de la Iglesia, recordada y profundizada por el Papa Francisco, se hace necesario tener presente tanto el respeto al orden internacional y el castigo ejemplar de los que trafican con personas como la generosidad para recibir a los que llegan. Algo que no será fácil de lograr sin la cooperación internacional y la solidaridad de todos, pero sobre todo de la generosidad de los países económicamente más capaces porque tiene más medios.

No podemos olvidar que la fuerza de la solidaridad emana de la común convicción de que la sociedad se fortalece cuando se estrechan los lazos que unen a las personas, las comunidades y las regiones. Las tensiones vividas este año que termina descubren que, tanto dentro de nuestro país como en los países del entorno europeo al que pertenecemos, nos faltan logros políticos y sociales de convivencia y solidaridad, que se apoyen suficientemente en la justicia de las leyes, que han de proteger la vida y la dignidad de las personas. Pido al Niño de Belén que podamos encontrar soluciones que fortalezcan la unión entre todos.

Estos días no podemos olvidar tampoco a los cristianos que sufren a causa de fe en el mundo y son injustamente perseguidos por sistemas de gobierno integristas, o por movimientos fundamentalistas que atentan contra los lugares de culto y ponen incluso en riesgo la vida de los fieles. Como no podemos olvidar la crueldad de la guerra y su perduración en algunos países, sobre todo en Siria; ni la crueldad de esa otra lacra indeseable del terrorismo que siega la vida de personas tantas inocentes.

Hemos clausurado recientemente el Año de la Fe, que nos ha ayudado a confirmar el credo que da sentido a nuestra vida. Nos toca ahora proseguir con el compromiso del testimonio, sabiendo que al compartir bienes espirituales y materiales todos nos enriquecemos. Necesitamos mantener la identidad clara de nuestra fe cristiana y al mismo tiempo abrir el corazón y tender la mano a cuantos conviven con nosotros, o vienen a nosotros y se hallan alejados de la fe o no la comparten, pero unidos a nosotros por el aprecio de verdaderos valores morales, que dan sentido y orientación a nuestra convivencia.

Termino enviando mi cordial felicitación a todos, pidiendo un lugar en vuestros hogares y en vuestros corazones para Jesús recién nacido, Hijo de Dios y del hombre por ser hijo de María, el Príncipe de la Paz.

Que esta felicitación llegue también a nuestros hermanos y hermanas de otras Iglesias cristianas que conviven con nosotros, a los que nos une más que aquello que nos separa. Que llegue a las personas de otras confesiones religiosas que buenamente quieran aceptarla, y a todas las personas de buena voluntad.

A todos felicito, pidiendo para cada uno, en especial para cuantos padecen diversas clases de dificultades y sufrimientos, y para todas las familias la bendición del Niño de Belén. ¡Feliz y santa Navidad!

 

Almería, a 24 de diciembre de 2013

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

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