Revista Ecclesia » Carta del obispo auxiliar y administrador diocesano de Tarrasa: «Una luz en el camino»
Cartas de los obispos

Carta del obispo auxiliar y administrador diocesano de Tarrasa: «Una luz en el camino»

El papa Francisco, después de presentar las sombras y oscuridades de nuestro tiempo, nos ofrece una perspectiva más amplia y, superando el pesimismo que podría invadirnos, enciende una luz, una luz que ya conocemos, pero que a menudo queda escondida en el desorden de tantas sombras. Es la luz del Evangelio, la luz de Jesús. Y nos presenta un texto que nos es bien conocido: la parábola del Buen samaritano.

“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, quienes, después de despojarlo de todo y herirlo, se fueron dejándolo por muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por el mismo camino, lo vio, dio un rodeo y pasó de largo. Igual hizo un levita, que llegó al mismo lugar, dio un rodeo y pasó de largo. En cambio, un samaritano, que iba de viaje, llegó a donde estaba el hombre herido y, al verlo, se conmovió profundamente, se acercó y le vendó sus heridas, curándolas con aceite y vino. Después lo cargó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un albergue y se quedó cuidándolo. A la mañana siguiente le dio al dueño del albergue dos monedas de plata y le dijo: ‘Cuídalo, y, si gastas de más, te lo pagaré a mi regreso’ (Lc 10,25-35).  

Esta parábola de Jesús,  presenta las sombras del ser humano. Unos bandoleros, una paliza, dos personajes que pasan de largo… Pero también una  luz que disipa las tinieblas. Un samaritano, un extranjero se compadeció, pero no se trata tan solo de un sentimiento. Aquel hombre actuó, se acercó, le suavizó las heridas, lo llevó al albergue para que lo cuidasen, pagó los gastos al dueño del albergue.

Después Jesús se dirigió al Maestro de la Ley que le había preguntado¿Quién es mi prójimo?, y le dijo: ¿Cuál de estos tres te parece que se comportó como prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones?” El maestro de la Ley respondió: “El que lo trató con misericordia” Entonces Jesús le dijo: “Tienes que ir y hacer lo mismo” (Lc 10,36-37).

Ciertamente, esta es la luz que necesitamos, que de hecho el mundo necesita. Y continúa el papa Francisco en su cuidada reflexión:

“¿Con quién te identificas? Esta pregunta es cruda, directa y determinante. ¿A cuál de ellos te pareces? Nos hace falta reconocer la tentación que nos circunda de desentendernos de los demás; especialmente de los más débiles. Digámoslo, hemos crecido en muchos aspectos, aunque somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas. Nos acostumbramos a mirar para el costado, a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que estas nos golpean directamente” (64).

“Asaltan una persona en la calle, y muchos escapan como si no hubieran visto nada. Frecuentemente hay personas que atropellan a alguien con su automóvil y huyen. Sólo les importa evitar problemas, no les interesa si un ser humano muere por su culpa. Pero estos son signos de un estilo de vida generalizado, que se manifiesta de diversas maneras, quizás más sutiles. Además, como todos estamos muy concentrados en nuestras propias necesidades, ver a alguien sufriendo nos molesta, nos perturba, porque no queremos perder nuestro tiempo por culpa de los problemas ajenos. Estos son síntomas de una sociedad enferma, porque busca construirse de espaldas al dolor” (65).

Al final de la parábola nos ofrece una indicación muy clara y determinada que puede orientar nuestras vidas y el compromiso cristiano. Tratar con verdadero amor y compasión a los demás se convierte en el camino de superación e esta situación y orienta definitivamente hacia la verdadera fraternidad: “Tienes que ir y hacer lo mismo” (Lc 10,37).

 

+ Salvador Cristau Coll
Obispo auxiliar y administrador diocesano de Tarrasa



O si lo prefieres, regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

HAZME DE ECCLESIA

Cada semana, en tu casa