Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del obispo Atilano Rodríguez para la misión arciprestal en Guadalajara con la Virgen de la Antigua

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Carta del obispo Atilano Rodríguez para la misión arciprestal en Guadalajara con la Virgen de la Antigua

La celebración del “Año de la fe”, convocado por el Papa Benedicto XVI, nos ha ayudado a dar gracias a Dios por este don inmerecido, nos ha animado a revisar nuestras convicciones religiosas y nos ha permitido descubrir la fuerza y la alegría de la fe.

Sostenidos por ella, podemos mirar con esperanza el futuro y asumir con gozo nuestro testimonio creyente en la familia, en la vida pública y en el ejercicio de la profesión.

Cuando se aproxima el momento de clausurar el “Año de la fe”, no podemos aparcar la reflexión sobre esta virtud teologal pues todos sabemos muy bien que los contenidos esenciales de nuestro Credo tienen necesidad de ser “confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado” (PF 4).

Muchos católicos somos testigos de estos cambios históricos y de las profundas transformaciones sociales, culturales, políticas y religiosas que han tenido lugar en el mundo durante las últimas décadas. Estos cambios rápidos e insospechados han ayudado a bastantes bautizados a interrogarse por su fe, a madurar en la vivencia de la misma y a caminar con gozo en el seguimiento de Jesucristo. Pero, en otros casos, las rápidas transformaciones culturales y sociales, sumadas a la dificultad del hombre de hoy para la reflexión y para la apertura a la trascendencia, han provocado el alejamiento de Jesucristo y de la Iglesia en bastantes cristianos. En muchos casos, estos hermanos son conscientes de que sin Dios no pueden dar respuestas fiables y fundadas a los profundos interrogantes del ser humano pero, arrastrados por las prisas y las preocupaciones del momento, no encuentran tiempo para pararse y preguntarse por la existencia de Dios.

Para vivir con gozo y coherencia la fe en esta realidad nueva y para dar razón de nuestra experiencia creyente y de nuestras convicciones religiosas al hombre de hoy, los cristianos, conducidos por la luz del Espíritu Santo, necesitamos avanzar con decisión en el camino de la renovación espiritual y de la formación cristiana. No estaremos en condiciones de cumplir adecuadamente el encargo del Señor de anunciar la Buena Noticia de la salvación de Dios a todos los hombres, si antes no damos pasos decididos en una renovada conversión al Señor, el único Salvador del mundo.

La nueva evangelización exige la recuperación del ardor misionero por parte de todos los miembros del Pueblo de Dios. Pero esta recuperación pasa siempre por el encuentro frecuente y consciente con Cristo en la oración y en la celebración de los Sacramentos. Quien no ha descubierto a Dios, no puede vivir de Él ni sentirá nunca la necesidad de mostrarlo a los demás con las obras y las palabras. ¿Cómo podremos abrir nuevos caminos para la transmisión de la fe, si no vivimos y permanecemos en Cristo? ¿Qué sería de nosotros sin la presencia permanente de Dios, que se hace alimento, amigo y confidente?.

 

En la programación pastoral del Arciprestazgo de Guadalajara para el presente curso, constato con alegría que habéis cuidado estos aspectos. Entre las distintas acciones propuestas para todo el Arciprestazgo, la peregrinación de la imagen de la Virgen de la Antigua, Patrona de la Ciudad, por las distintas parroquias de la misma, tiene que ser una ocasión propicia para renovar la adhesión a Jesucristo y la devoción a la Santísima Virgen que, como nos recuerda el Concilio Vaticano II, no puede reducirse nunca a un “sentimentalismo estéril y transitorio”, sino que ha de ayudarnos a crecer en “el amor filial hacia nuestra Madre y en la imitación de sus virtudes”.

La contemplación de la fidelidad de María a la Palabra de Dios, su preocupación por actuar siempre de acuerdo con la voluntad divina y el amor maternal hacia cada uno de sus hijos tienen que iluminar en todo momento la misión apostólica de la Iglesia. De este modo, Jesucristo, nacido de las entrañas purísimas de María, podrá también nacer y crecer cada día en nuestro corazón y en el de todos los hombres.

Sin duda encontraremos dificultades para vivir la fe y para mostrarla a los demás, pero no debemos temer ni acobardarnos ante los obstáculos del camino. Contamos con el testimonio y la intercesión de los santos y de los mártires que, transformados interiormente por el amor de Dios, tuvieron la valentía y el coraje de llegar al mayor testimonio de amor mediante la entrega de sus vidas y el perdón a sus perseguidores. Además, los cristianos sabemos muy bien que la Santísima Virgen, llevada a los cielos en cuerpo y alma, nos señala con su fidelidad al Señor y con la cercanía humana y espiritual a los necesitados, la verdadera meta de la vocación cristiana, acompañándonos en todo momento con su poderosa intercesión ante su Hijo durante el tiempo de la peregrinación por este mundo hacia la Jerusalén celestial. Por eso, María es para los creyentes “signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor”.

A través de estas líneas felicito de corazón a quienes han tenido la feliz idea de incluir en el programa pastoral la visita de la Santísima Virgen a cada comunidad parroquial y os animo a todos a participar en las celebraciones organizadas con este motivo. Si Dios quiere, procuraré acompañaros en alguna celebración, pues tengo la profunda convicción de que quien se acerca a María, nunca queda defraudado.

Que la Madre de Jesús y Madre nuestra, Estrella de la nueva evangelización, nos acompañe y proteja a todos los miembros de la diócesis para que, guardando y meditando la Palabra de Dios en nuestro corazón, podamos proclamar en todo momento la grandeza del Señor que quiere seguir haciendo obras grandes a favor de todos los hombres, contando con nuestra pequeñez y con nuestras limitaciones.

Con mi sincero afecto y bendición. Atilano Rodríguez

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