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Carta del cardenal Stella en la Jornada de Santificación de los Sacerdotes

La Iglesia celebra hoy 19 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, la Jornada de Santificación de los Sacerdotes, una ocasión propicia para promover un momento de reflexión y de meditación sobre la vida sacerdotal y sobre el ministerio pastoral que los presbíteros están llamados a realizar en las diversas situaciones. Por esta razón, el cardenal Beniamino Stella, prefecto de la Congregación para el Clero, subraya algunos pasajes significativos de la Carta que el Papa Francisco dirigió a los sacerdotes el pasado 4 de agosto, en el 160º aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars. Seleccionando cinco palabras-clave (gratitud, misericordia, compasión, vigilancia y ánimo), se ofrecen unos apuntes para el compartir fraterno entre los sacerdotes que, en esta Jornada, los obispos promueven en sus diócesis. 

Sacerdotes con el corazón de Cristo

Cinco breves sugerencias de reflexión desde el Magisterio del Papa Francisco

El 4 de agosto de 2019, en el 160º aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, el Papa Francisco envió una carta dirigida a los sacerdotes, para darles las gracias por su servicio generoso y animarlos a abrazar con amor su vocación (Papa Francisco, Carta a los sacerdotes con ocasión del 160º aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, 4 de agosto de 2019).

En este valioso escrito, el Santo Padre usa a menudo la palabra “corazón”, desde la cual se puede emprender una reflexión y una meditación con ocasión de la Jornada de Santificación del Clero, que se celebra cada año el día de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Gratitud

«Gracias por buscar fortalecer los vínculos de fraternidad y amistad en el presbiterio y con vuestro obispo, sosteniéndose mutuamente, cuidando al que está enfermo, buscando al que se aísla, animando y aprendiendo la sabiduría del anciano, compartiendo los bienes, sabiendo reír y llorar juntos, ¡cuán necesarios son estos espacios! E inclusive siendo constantes y perseverantes cuando tuvieron que asumir alguna misión áspera o impulsar a algún hermano a asumir sus responsabilidades; porque «eterna es su misericordia».

Un corazón agradecido. Ser sacerdotes según el Corazón de Cristo significa revestirse de Él, hasta tener sus mismos sentimientos. Entre otras muchas virtudes, el Corazón de Jesús está abierto a la gratitud. Él da gracias al Padre por los prodigios que realiza delante de los pequeños, escondiéndolos a quien, por el contrario, encerrado en la presunción de la sabiduría humana, no es capaz de verlos (Cfr Mt 11, 25). Por ello, la gratitud es una cualidad específicamente cristiana y debe ser propia del modo de ser del pastor; San Pablo, en efecto, nos exhorta así: “Estad siempre alegres, orad incesantemente, dad gracias en todo” (1Ts 5, 16). El término que traduce “dad gracias” es “eucaristía”. El sacerdote es asimilado al Corazón de Cristo de un modo especial en la celebración de la Eucaristía, que vincula al sacrificio de amor del Señor por su pueblo. Al mismo tiempo, el Papa Francisco ha dado voz con frecuencia al sentimiento de gratitud del Pueblo de Dios hacia los sacerdotes, por el generoso servicio y la ofrenda de su existencia.

Misericordia

 «Por los escalones de la misericordia podemos llegar hasta lo más bajo de nuestra condición humana —fragilidad y pecados incluidos— y, en el mismo instante, experimentar lo más alto de la perfección divina: «Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso». Y así ser «capaces de caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de saber dialogar e incluso descender a su noche y su oscuridad sin perderse»

Un corazón misericordioso. Cuando Jesús atraviesa los pueblos y las ciudades, pasa curando  y haciendo el bien a todos aquellos que son prisioneros del mal (Cfr. Hch 10,38). Jesús no tiene miedo de contaminarse de la fragilidad humana sino que, por el contrario, desciende a los abismos de la debilidad humana y del pecado, para revelar el Corazón misericordioso del Padre que levanta de las caídas a cada uno de sus hijos y los llama a la alegría del perdón. El nombre de Dios que Jesús revela es “misericordia”. En la homilía de la Santa Misa para la clausura del Jubileo de la Misericordia, el Santo Padre afirmó que “la verdadera puerta de la misericordia es el corazón de Cristo”.

El sacerdote, configurado con Cristo, es en primer lugar el ministro de la misericordia y de la reconciliación. Llevando esculpida en el corazón la memoria de haber sido guardado y llamado por el Señor no debido a los méritos personales, y haciendo cada día la experiencia de ser tocado por la misericordia de Dios en todo lo que vive y realiza, debe convertirse en signo acogedor del amor de Dios que quiere alcanzar a todos, en cada situación de la vida, para sanarlos del mal. Necesitamos sacerdotes con actitud misericordiosa, capaces de acoger, escuchar, acompañar a los hermanos, de modo particular en el Sacramento de la Reconciliación.

Compasión

«Gracias por las veces en que, dejándose conmover en las entrañas, han acogido a los caídos, curado sus heridas, dando calor a sus corazones, mostrando ternura y compasión como el samaritano de la parábola (cf. Lc 10,25-37). Nada urge tanto como esto: proximidad, cercanía, hacernos cercanos a la carne del hermano sufriente. ¡Cuánto bien hace el ejemplo de un sacerdote que se acerca y no le huye a las heridas de sus hermanos! Reflejo del corazón del pastor que aprendió el gusto espiritual de sentirse uno con su pueblo».

Un corazón compasivo. Los Evangelios nos narran a menudo que Jesús, frente a las multitudes exhaustas y oprimidas, siente profunda compasión (cfr. Mt 9,36). En efecto, él tiene “vísceras que tiemblan”, especialmente cuando encuentra el dolor y el sufrimiento ocasionados por la enfermedad, por la marginación o por cualquier forma de pobreza material y espiritual; como Buen Samaritano, lleno de compasión, Él se detiene delante de la carne herida de los hermanos, la sana y la restablece, convirtiéndose en manifestación viviente del amor de Dios Padre. A los sacerdotes, ministros de Cristo, se les pide el mismo corazón compasivo, que se expresa en la cercanía, en la participación real e integral en los sufrimientos y trabajos de la gente, en la capacidad de relaciones que reavivan la esperanza, en el cuidado de las heridas del Pueblo, especialmente a través de la mediación de la gracia sacramental.

Vigilancia

«Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o con nosotros mismos, podemos vivir la tentación de apegarnos a una tristeza dulzona, que los padres de Oriente llamaban acedia…Tristeza que vuelve estéril todo intento de transformación y conversión propagando resentimiento y animosidad… Hermanos, cuando esa tristeza dulzona amenace con adueñarse de nuestra vida o de nuestra comunidad, sin asustarnos ni preocuparnos, pero con determinación, pidamos y hagamos pedir al Espíritu que «venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia. Desafiemos las costumbres, abramos bien los ojos, los oídos y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado».

Un corazón vigilante. En numerosas ocasiones Jesús ha destacado la importancia de la vigilancia del corazón que, como siervos fieles, nos lleva a esperar con prontitud la llegada del propietario de la viña; se trata de hacer espacio al don del Espíritu Santo que, también en medio de las ocupaciones cotidianas y de las oscuridades del tiempo presente, nos hace discernir la presencia del Señor, nos vuelve atentos a su Palabra, y nos hace diligentes en la caridad de modo que no se apague el aceite en la lámpara de nuestra vida y, como las vírgenes prudentes, vayamos al encuentro del Esposo que viene. El corazón se mantiene vigilante, sin embargo, también a través de un combate espiritual; Jesús mismo lo afronta en el desierto, venciendo las tentaciones del demonio y, en el culmen de su vida, volviendo a llamar a sus discípulos, quienes, en Getsemaní, se quedaron dormidos: “Velad y orad para no caer en tentación” (Mt 26,41). También el sacerdote se topa a veces con lo que el Papa Francisco ha denominado “el cansancio de la esperanza”, esa amargura interior que a menudo nace de la distancia entre las expectativas personales y los frutos visibles del apostolado, o la aridez del corazón que con frecuencia conduce a arrastrar las tareas pastorales y la propia oración hacia la costumbre, la resignación e incluso hacia el abandono. Es necesario, al contrario, dejarse siempre “despertar” por la Palabra del Señor y por el grito del Pueblo de Dios.

Ánimo

«Para mantener animado el corazón es necesario no descuidar estas dos vinculaciones constitutivas de nuestra identidad: la primera, con Jesús. Cada vez que nos desvinculamos de Jesús o descuidamos la relación con Él, poco a poco nuestra entrega se va secando y nuestras lámparas se quedan sin el aceite capaz de iluminar la vida (cf. Mt 25,1-13)… En este sentido, quisiera animarlos a no descuidar el acompañamiento espiritual, teniendo a algún hermano con quien charlar, confrontar, discutir y discernir en plena confianza y transparencia el propio camino…La otra vinculación constitutiva: acrecienten y alimenten el vínculo con vuestro pueblo. No se aíslen de su gente y de los presbiterios o comunidades. Menos aún se enclaustren en grupos cerrados y elitistas. Esto, en el fondo, asfixia y envenena el alma. Un ministro animado es un ministro siempre en salida.»

Un corazón animoso. Contemplando el Corazón de Jesús, podemos entender los dos vínculos fundamentales a partir de los cuales Él vive la propia misión: el Padre Celeste y el pueblo. Los Evangelios nos muestran cómo, en la jornada corriente de Jesús, se alternan y se entrelazan en un sabio equilibrio el cuidado de la relación con Dios y la solidaridad activa frente a los hermanos. La caridad de sus gestos no está nunca separada del silencio y de la oración, y el cansancio de un ministerio que no se permite siquiera el tiempo de comer no está jamás separado de la voluntad férrea de retirarse aparte, en lugares solitarios, para cultivar el íntimo diálogo de amor con Dios Padre. De igual modo, el sacerdote según el Corazón de Cristo es aquel que “habita” entre el Señor a quien ha consagrado la vida y el pueblo al que ha sido llamado a servir; él podrá vivir una fecunda caridad pastoral en la medida en que no se apague en Él la vida interior, la oración personal y comunitaria y el dejarse guiar en el acompañamiento espiritual.

Las cinco palabras propuestas para la Jornada de Santificación del Clero, extraídas de la Carta que el Papa Francisco ha dirigido a los sacerdotes el pasado agosto, se refieren a un corazón sacerdotal realmente “consagrado” al corazón de Cristo, o sea, arraigado en la relación personal con Él y por ello configurado con sus mismos sentimientos.

Como se ha puesto de relieve en el ámbito psiquiátrico y psicoterapéutico respecto a algunos problemas de índole moral y afectiva de la vida de los sacerdotes, la vitalidad y el cuidado de esta relación espiritual con Dios, junto al desarrollo de una buena madurez humana y de sanas relaciones interpersonales, constituyen el mejor ambiente para la custodia del celibato sacerdotal y de la espiritualidad presbiteral.

Lo que, en cambio, representa un alto potencial de riesgo en la vida del sacerdote es eso que ha sido denominado “déficit de intimidad”. Cada estado de vida, para ser abarcado integralmente y protegido de incursiones amenazantes, debe cultivar una particular “relación íntima” que vuelva a valorar las posibilidades del mismo así como contenga sus peligros: para un sacerdote se trata de amistad personal y cotidiana con el Señor.

La premisa humana, psicológica y espiritual para el buen resultado de una vida sacerdotal es, por tanto, la relación íntima con Dios. El déficit de intimidad no es otra cosa sino la aridez de la vida espiritual y, en consecuencia, el decaimiento de esa amistad profunda, interior y vital con el Señor que constituye la base para la fecundidad personal y pastoral. El sacerdote que ya no reza con fidelidad y descuida los elementos que sostienen su relación de intimidad con el Señor acumula un “déficit” peligroso, que puede generar sensación de vacío, percepción de frustración e insatisfacción, dificultad en la gestión de la soledad, de las necesidades y de los afectos, hasta el riesgo de exponerse a amistades y vínculos “externos” que, llegados a ese punto, podrían ocasionar un desmoronamiento de un edificio humano-espiritual ya marcado por diversas fisuras.

Para que el sacerdote sea configurado con el Corazón de Cristo es necesario que el eje de su vida cotidiana y el fundamento de su estructura humana y espiritual estén constituidos por el humus interior sostenido por la profunda amistad personal con el Señor, a partir de la cual la gestión de la propia vida, el celibato y la misión apostólica pueden ser psicológicamente habitables y espiritualmente fecundos.

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