Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, sobre el gozo de la fe

evangelii gaudium

Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, sobre el gozo de la fe

El gozo de la fe en el Evangelio, la alegría de ser enviados a su anuncio, la Iglesia en salida, la transformación misionera de la Iglesia (I)

En la escucha del Espíritu, del 7 al 28 de octubre de 2012 se celebró en Roma la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana.

Y, en perfecta coherencia con el inicio de la celebración del Sínodo episcopal para la evangelización, el papa Benedicto XVI abría en Roma el 11 de aquel mismo mes de octubre el Año de la fe.

 

Pues bien, como es práctica habitual en la Iglesia, pasados uno o dos años desde la celebración de un sínodo de los obispos, Su Santidad el Papa redacta una exhortación apostólica postsinodal en la que recoge la riqueza de los trabajos del sínodo celebrado y señala los objetivos pastorales que se persigue alcanzar.

 

Justo en esta línea se encuentra lo que ha hecho ahora el Papa. Con puntualidad exquisita, el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, precisamente el día en que la Iglesia clausuraba el Año de la fe, Francisco daba en Roma, junto a San Pedro, la exhortación apostólica postsinodal Evangelii Gaudium (=EG), “el gozo de la fe”. En ella el Papa se dirige a todos los fieles cristianos para invitarnos a participar en una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría del encuentro o del reencuentro del Evangelio, que es el mismo Jesucristo, y por la alegría de comunicarlo a los demás. Desde estos dos ejes se vertebra y se articula la estructura de EG.

Aun siendo innumerables los temas relacionados con la evangelización que el Papa habría podido desarrollar en la exhortación EG, él ha preferido centrarse en la contemplación de unos cuantos temas nucleares, concretamente de los siguientes:

I. La reforma de la Iglesia en salida misionera o la transformación misionera de la Iglesia.

II. Los principales desafíos del mundo de hoy al acto evangelizador de la Iglesia y algunas tentaciones de los agentes pastorales.

III. El anuncio del evangelio.

IV. La dimensión social de la evangelización.

V. Evangelizadores con Espíritu o las motivaciones espirituales para la tarea misionera. Así las cosas, es mi propósito aprovechar el espacio de comunicación que me ofrece “La Voz del Prelado” en nuestro semanario Iglesia en Zaragoza, para reflexionar de la mano del Papa sobre cada uno de los puntos tratados por él en EG, pues estos puntos son vinculantes para todos.

Comenzamos hoy. Y nos detenemos en la Introducción y en el cap. 1 de la Exhortación. Aquí nos habla el Papa sobre el gozo de creer en el Evangelio y de ser enviados a su anuncio, y sobre la transformación misionera de la Iglesia.

El cristiano es por esencia un hombre lleno de alegría, una persona inundada siempre por el gozo. Y la razón es obvia, pues, siendo el hombre por naturaleza un ser que busca la verdad y la vida para el logro de la felicidad, el hombre cristiano, en su caminar por la tierra, ha conocido el Evangelio, esto es, se ha encontrado con Cristo, ha creído en Él, se ha adherido plenamente a su persona y, como consecuencia, ha descubierto el tesoro escondido, la perla preciosa, aquella verdad y aquella vida que le sitúan en los umbrales mismos de la felicidad y que él es enviado, urgido, a comunicar a sus hermanos. El cristiano no tiene, pues, derecho alguno a estar triste, “a tener permanentemente cara de funeral”, como señala el Papa (cf EG 10), o a que “su opción parezca ser la de una Cuaresma sin Pascua” (cf EG 6). La tristeza, la falta de alegría, sería, más bien, propia de los hombres que no creen, de los hombres sin esperanza, de aquellos cuya vida interior se clausura en los propios intereses. En éstos tales no podría haber alegría verdadera, pues en sus corazones no hay espacio para los demás, no entran los pobres, no se escucha la voz de Dios, no se goza la dulce alegría de su amor, no palpita el entusiasmo por hacer el bien (cf EG 2).

Pero el bien, la verdad, la vida tienden siempre a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión (cf EG 9). Por eso, no deberían asombrarnos algunas expresiones de San Pablo: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Co 5, 14); “¡Ay de mí si no anunciase el Evangelio!” (1 Co 9, 16). De ahí que, quienes más disfrutan de la vida, sean precisamente los que dejan la seguridad de la orilla en donde se encuentran y, haciéndose a la mar, ganan la otra orilla para comunicar vida a nuevos hermanos (cf EG 10).

Ahora bien, independientemente del ámbito concreto en el que se realiza en cada caso la evangelización, lo cierto es que los cristianos ya no podemos quedarnos hoy tranquilos en nuestros templos, en una actitud de espera pasiva, y que es urgente pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera (cf EG 15).

De ahí que la Iglesia deba estar hoy constantemente en actitud de salida de sí misma, de su propia comodidad, y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (cf EG 20). Y de ahí también que la reforma de estructuras exigida por la conversión pastoral deba consistir en hacer que todas las estructuras se vuelvan más misioneras (cf EG 27). Todo en la Iglesia debe estar en función de la misión evangelizadora. La evangelización es el fin. Todo lo demás es ayuda, medio e instrumento. Con lo cual, deja de tener vigencia, por ejemplo, el cómodo criterio pastoral del “siempre se ha hecho así” (cf EG 33).

Es preferible, concluye el Papa, “una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y por la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (EG 49). No en otra cosa consiste la así llamada por el Papa “transformación misionera de la Iglesia”.

Domingo, 16 de febrero de 2014

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

† Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza

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