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Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, por la solemnidad del Apóstol Santiago

 Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, por la solemnidad del Apóstol Santiago el Mayor, patrono de España

  El viernes de esta semana, 25 de julio, celebramos la solemnidad del apóstol Santiago el Mayor, patrono de España. Santiago el Mayor fue elegido apóstol por Jesús y ocupó un puesto muy singular en el Colegio apostólico. En efecto, él se cuenta entre los tres apóstoles distinguidos por Jesucristo con el don de una especial predilección. Son éstos Pedro, Juan y el propio Santiago.

Tal predilección se manifiesta, por ejemplo, en los siguientes hechos: únicamente ellos fueron elegidos para ser testigos de la gloria de Cristo en el monte Tabor (cf Mt 17, 2 y Mc 9,1); solamente ellos fueron llamados para presenciar la resurrección de la hija de Jairo (cf Lc 8, 40-54); y sólo ellos gozaron del privilegio de ser testigos directos de la agonía de Jesús en Getsemaní (cf Mc 14, 32-33). Y podrían aducirse muchos más ejemplos.

Un hecho de singular importancia es que Santiago, junto con su hermano Juan, los así conocidos como “hijos de Zebedeo” y de Salomé, la hermana de la madre del Señor, pertenecen al grupo de los cuatro primeros apóstoles escogidos por Jesús.

Y así es. Pues Jesucristo, pasando un día por el mar de Galilea, encontró primeramente a dos pescadores de Betsaida, los hermanos Simón y Andrés, que estaban echando al mar su red, y les dijo: Seguidme, y os haré pescadores de hombres. Y ellos, al momento, dejaron las redes y le siguieron (cf Mt 4, 18 y ss).

Un poco más adelante, vio a los dos hermanos Santiago y Juan, que estaban con su padre, el Zebedeo, y con sus mercenarios arreglando las redes, no en una simple barca, sino en un navío, y los llamó también. Y los animosos jóvenes no sólo dejaron sus redes, sino también a su padre, a sus mercenarios y su navío, y le siguieron inmediatamente (cf Mt 4, 18-22).

Pues bien, los mentados apóstoles, Pedro, hermano de Andrés, y los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, fueron purificados y cuidados especialmente por el Señor para las grandes encomiendas que éste les habría de hacer. Recordemos la terapia espiritual practicada por Jesús con Pedro en la tan conocida “Confesión de Cesarea de Filipo” (cf Mt 16, 13-20). Y, respecto de Santiago y de Juan, no olvidemos la lección dada por el Señor a su madre Salomé y a ellos mismos (cf Mt 20, 20-23). Pues Salomé, creyendo que era inminente la restauración por Cristo del

reino de David y temiendo que Pedro ocupase en aquel reino un puesto superior al de sus hijos, se dejó vencer de un individualismo ambicioso disfrazado de amor materno y tomó aparte a sus dos hijos, se presentó con ellos a Jesús y le dijo: Dispón que estos dos hijos míos se sienten en tu reino el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. Viendo Jesús que también los dos jóvenes concordaban con su madre en la profesión de semejante actitud, les dijo a ellos, refiriéndose al cáliz de la pasión que antes les había anunciado: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber acaso el cáliz que yo tengo que beber? Ellos le contestaron intrépidamente: Podemos. Esta generosa respuesta agradó, sin embargo, mucho al Señor, quien les dijo: Mi cáliz sí lo beberéis; pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi otorgarlo a vosotros, sino a aquellos a quienes ha sido dispuesto por mi Padre.

 

Según una corriente historiográfica seria y digna de respeto, para dos misiones principales había sido destinado por la Providencia Santiago el Mayor: llevar el Evangelio hasta Occidente, esto es, hasta las tres Hispanias: la Tarraconense, la Bética y la Lusitania, en que estaba dividida entonces nuestra Península; y volver a Jerusalén después para ser testigo del Señor en la Ciudad Santa (cf Gal 2) y ser el primero de los apóstoles que sellase con su sangre el Evangelio. Ambas misiones las habría cumplido Santiago con admirable rapidez en el breve espacio de tiempo que media entre el año 30 de la era cristiana, fecha del bautismo de fuego de Pentecostés, según la mayoría de los cronólogos modernos, y el año 42 ó 44 de la misma era, fecha de su glorioso martirio en Jerusalén.

Como se sabe, la primera de estas misiones es negada por la corriente historiográfica que afirma la imposibilidad de la historicidad de la predicación de Santiago el Mayor en Occidente. Pero los tres argumentos principales esgrimidos por esta corriente en contra de la historicidad de la predicación de Santiago en Hispania no son concluyentes, como bien mostró en su día, entre tantos otros, el historiador aragonés y catedrático del Estado A. Ubieto Arteta. Por ejemplo, el argumento que se aduce sobre la no mención de la predicación de Santiago en los textos anteriores al siglo VI no es definitivo, pues se sabe que se han perdido y destruido multitud de obras escritas con anterioridad a esa fecha, y cabe la posibilidad de que en ellas se encontrase la noticia deseada. ¿Acaso Diocleciano no mandó quemar, a principios del siglo IV, todos los libros de contenido cristiano y de memoria católica que se encontrasen? Y, con anterioridad a Diocleciano, ya habían procedido así otros “dueños del mundo”.

No obstante, dejando aparte esta “quaestio disputata”, pidamos la intercesión del apóstol Santiago para que el Señor nos ayude con su gracia a seguir las sendas del Apóstol peregrino: defender la verdad de la razón y de la fe, procurar la comunión de todos los españoles y la unidad de la Patria, y no tener miedo a salir de nosotros mismos, para asumir con valentía la misión evangelizadora a la que el papa Francisco nos llama con tanto ahínco.

† Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza



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