Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para la Pascua del Enfermo

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Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para la Pascua del Enfermo

Domingo, 25 de mayo de 2014 VI DOMINGO DE PASCUA

La Pastoral de la Salud conoce en nuestra diócesis tres momentos fuertes a lo largo del año: el encuentro interdiocesano de comienzos de curso en el mes de octubre;

la celebración de la Jornada Mundial del enfermo en el mes de febrero, coincidiendo con la fiesta de la Santísima Virgen de Lourdes; y la presente celebración de la Pascua diocesana del enfermo, que tiene lugar en las parroquias el VI domingo de Pascua. Estos momentos fuertes, pequeños kairoí, son ocasiones muy propicias para el reconocimiento, el cultivo y el compromiso crecientes en la actividad diaria en favor de los enfermos y de los ancianos.

El tema de la Campaña pastoral de este año ––indicada desde la Santa Sede y vivida en todas las diócesis–– ha sido Fe y Caridad, una fe que se expresa necesariamente en la caridad y cuyo fundamento se enuncia en el texto de 1 Juan 3, 16: “En esto hemos conocido el Amor: en que Él, Jesucristo, dio su vida por nosotros. Por lo cual, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos”. La fe es nuestra respuesta libre al acto salvífico del dársenos Dios en Cristo por el Espíritu Santo. Ella nos permite conocer el amor que Dios nos tiene y ofrecerle el obsequio de nuestra más completa adhesión. Se trata, además, de una fe que es puesta a prueba en el tiempo de la enfermedad, como nos enseña el Catecismo (n. 164). Pero esta fe no sólo es puesta a prueba en los enfermos y en los ancianos, sino también en la comunidad cristiana de la que aquéllos forman parte, a saber, en sus familias y en sus parroquias.

Dicho en síntesis, la enfermedad y el sufrimiento ponen a prueba la fe de todos. Tanto es así que la verdad de nuestra vida nueva en Cristo se verifica en la medida en que vemos y queremos a los enfermos y a los ancianos como Jesucristo los ve y los quiere, y en la medida en que estamos realmente dispuestos a entregar la vida por ellos, esto es, nuestro tiempo, nuestros bienes, nuestro mismo afecto.

Como nos enseña el papa Francisco, “el cristiano sabe que siempre habrá sufrimiento, pero que le puede dar sentido, puede convertirlo en acto de amor, de entrega confiada en las manos de Dios, que no nos abandona y, de este modo, puede constituir una etapa de crecimiento en la fe y en el amor. Viendo la unión de Cristo con el Padre, hasta en el momento de mayor sufrimiento en la cruz, el cristiano aprende a participar en la misma mirada de Cristo.

Incluso la muerte queda iluminada y puede ser vivida como la última llamada de la fe, el último “Sal de tu tierra”, el último “Ven”, pronunciado por el Padre, en cuyas manos nos ponemos con la confianza de que nos sostendrá incluso en el paso definitivo” (Lumen fidei, 56). “La luz de la fe – prosigue el Papa – no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz (Lumen fidei, 57).

Todos los días han de ser para nuestra Iglesia diocesana “día del enfermo”, porque así lo son para el corazón de Cristo. Sin embargo, la celebración anual de la Pascua del Enfermo en las parroquias, el VI domingo de Pascua, que se viene celebrando en España desde 1985, nos brinda la ocasión de caer especialmente en la cuenta del gran lugar que ocupan los enfermos y los ancianos en el ser y en la misión de cada comunidad, así como también del vasto espacio que ellos cubren en el corazón y en el compromiso de todos los miembros que integran aquélla.

La fe nos permite ver a los enfermos con los ojos de Dios. Nos lleva a descubrir esa verdad tan presente en la predicación y en la vida de San Juan Pablo II: el cristiano puede vivir el gozo de saber que en la cruz de Cristo todo sufrimiento tiene un valor redentor. La fe no nos hace olvidar el sufrimiento de los hombres, sino que nos permite abrazarlo y luchar por aliviarlo. “¡Sanad a los enfermos!”, nos sigue diciendo hoy el Señor. La fe que actúa por la caridad, que es la fe verdadera, hace que nos interesemos en conocer las condiciones concretas en que viven los enfermos y los ancianos de nuestras parroquias en la actual situación de crisis. La fe hace que nos impliquemos en la lucha por una justa distribución de los recursos y hace también que demos a los enfermos y a los ancianos el lugar activo, militante, que les corresponde en nuestras comunidades.

La fe, que actúa por la caridad, sostiene nuestra esperanza cristiana y nos mueve hoy a reconocer y a agradecer la vida de cuantos se dedican a cuidar y a curar a los enfermos y a los ancianos. Me refiero a las familias, a los hermanos en la fe, a los profesionales sanitarios y sociales. La Virgen María, a quien dedicamos este mes de mayo, fortalezca nuestra fe, sostenga nuestra esperanza y haga ardiente y constante nuestra caridad en la vivencia de la enfermedad y en el servicio a los enfermos.

Domingo, 25 de mayo de 2014

VI DOMINGO DE PASCUA

† Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza

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