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Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para la Jornada de Oración por las Vocaciones 2013

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Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para la Jornada de Oración por las Vocaciones 2013

Todos los años celebramos, durante el ciclo litúrgico de la Pascua, dos jornadas dominicales de oración por las vocaciones al sacerdocio ministerial y por las vocaciones a la vida consagrada (religiosa y secular).

La primera de tales jornadas tiene lugar en el cuarto domingo de Pascua, conocido como Dominica del Buen Pastor. En esta jornada imploramos a Dios el don de santas vocaciones y proponemos a la reflexión de todos la urgencia de la llamada divina.

Como dice Su Santidad Benedicto XVI, esta significativa cita anual ha venido favoreciendo, desde la institución de la jornada por Pablo VI hace ahora cincuenta años, el empeño por situar cada vez más en el centro de la espiritualidad, de la acción pastoral y de la oración de los fieles la importancia de las vocaciones al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada (cf. Mensaje para la L Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 2013).

 

El tema de la jornada de este año se inscribe, como es obvio, en el contexto del Año de la Fe y del 50º aniversario de la apertura del concilio ecuménico Vaticano II. Su lema es: “Las vocaciones, signo de la esperanza fundada sobre la fe”. En efecto, la fe es el principio y el fundamento del camino que conduce al encuentro con Dios. Mediante la fe, que sale en auxilio de la insuficiencia y de la debilidad de la razón, siempre herida por el pecado, conocemos quién es verdaderamente Dios y qué es el mundo, quiénes somos los hombres, qué ha hecho Él por nosotros, a qué meta nos llama y cómo hemos nosotros de responderle. De ahí que sin la fe no podamos

dar ni un solo paso. La fe es el principio de la salvación humana, el fundamento y la raíz de toda justificación. “Sin ella es imposible agradar a Dios” (Heb 11, 6). Por eso, la fe es un momento inalienable de la santidad mientras vivimos en este mundo. Como dice la Carta a los Hebreos, “mi justo vive de la fe” (10, 38). Y el justo – no lo olvidemos – es el hombre santo.

 

Pues bien, la esperanza se construye sobre la fe, siendo ésta, por tanto, el fundamento de aquélla. La esperanza consiste en confiar que el Dios que nos ha revelado lo que hemos de creer se mantiene siempre fiel a sus promesas, a su plan de salvación conocido por la fe. De ahí que fe y esperanza sean virtudes teologales estrechamente unidas. De hecho, “esperanza” es una palabra cuyo contenido semántico está tan íntimamente conexo con el significado del término “fe” que en no pocos pasos de la Escritura “fe” y “esperanza” se muestran semánticamente intercambiables (cf., por ejemplo, Heb 10, 22 y 1 Pe 3,15). Pero si la fe es el fundamento sobre el que se edifica la esperanza, la cual consiste, como hemos dicho, en la confianza suscitada en nosotros por la fidelidad de Dios a los contenidos de la fe, ¿en qué consiste esta fidelidad de Dios en la que se puede confiar tan firmemente por medio de la esperanza? La respuesta de Benedicto XVI es rotunda, contundente.

 

La fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza es su amor. “Él, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo (cf. Rom 5, 5). Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno quiere hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse para realizarla plenamente (…).

 

La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él (1 Jn 4, 16)” (cf. Mensaje…). Dicho en síntesis, nuestra existencia está fundada sobre la fe en Aquel que nos ha amado en primer lugar (cf. 1 Jn 4, 19) y por eso, porque nos ama, sabemos que es fiel y confiamos en Él, poniendo nuestra esperanza en Él. Así, pues, con razón podemos decir que las vocaciones, particularmente las sacerdotales y las dirigidas a la vida consagrada, son signo de la esperanza fundada en la fe.

 

Cuando la esperanza está fundada en la fe, esto es, cuando confiamos en la fe porque hemos descubierto que el contenido de ésta, Cristo, es el amor mismo de Dios, entonces nuestra existencia se ve catapultada y lanzada más allá de sí misma; entonces exclamamos, como María, “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”. Consecuentemente, las personas que perciben la llamada de Dios al sacerdocio o a una consagración especial, religiosa o secular, son aquellas que han tomado en serio la vida cristiana y están en posesión de las virtudes teologales. De ahí que, como decía Pablo VI en aquel ya lejano 11 de abril de 1964, el mayor o menor número de vocaciones nos marca el índice justo e inexorable de la vitalidad de la fe y del amor de cada comunidad parroquial y diocesana. “Allí en donde son numerosas las vocaciones al estado eclesiástico y religioso, justo allí se vive generosamente de acuerdo con el Evangelio”.

La conclusión es clara: las vocaciones, signo de la esperanza fundada sobre la fe, son fruto del triunfo del amor de Cristo en las comunidades cristianas.

† Manuel Ureña Pastor, Arzobispo de Zaragoza

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