Revista Ecclesia » Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para el IV Domingo de Cuaresma (10-3-2013)
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Mons. Manuel Ureña Pastor
Iglesia en España

Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para el IV Domingo de Cuaresma (10-3-2013)

LA ALEGRÍA DE LA CONVERSIÓN A DIOS es el título de la Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para el IV Domingo de Cuaresma Estamos viviendo el IV Domingo de Cuaresma, conocido como “Dominica Laetare”.

En la liturgia de la Palabra de la Eucaristía de los dos primeros domingos de Cuaresma, los evangelios que se proclaman tienen como núcleo a Cristo tentado por el demonio (primer domingo) y a Cristo transfigurado (segundo domingo). En cambio, los evangelios de los tres domingos restantes nos preparan más directamente para la recepción del bautismo o para renovar las promesas bautismales en la noche de Pascua. El fin directo que persiguen es, pues, suscitar la conversión.

De este modo, en el ciclo A, los fragmentos del Evangelio que se proponen para su proclamación en la misa dominical anuncian los temas bautismales del antiguo Leccionario romano, como el encuentro del Señor con la Samaritana; la curación del ciego de nacimiento; y la resurrección de Lázaro. Por su parte, el ciclo litúrgico B nos ofrece una serie de textos para la lectura evangélica centrados en el misterio de la cruz gloriosa de Cristo según san Juan. Aparecen así la señal del templo destruido y reedificado; el amor de Dios Padre, quien da al mundo a su Hijo y lo entrega al sacrificio en la cruz por nosotros; y la “hora de Jesús”. Finalmente, el año C pone de relieve, con los textos del evangelista Lucas, la gran misericordia de Dios y la invitación consiguiente a recibirla. Esta misericordia se nos muestra, por ejemplo, en el padre de familia siempre pendiente del retorno de su hijo menor y pronto a salir a su encuentro para ofrecerle el ósculo de la paz; y en el perdón otorgado por Jesús a la mujer adúltera, condenada por la ley a

ser lapidada.

 

Pues bien, en el presente año, año litúrgico C, el calendario litúrgico-pastoral nos ofrece como primer texto posible para el Evangelio de hoy el relato de la parábola del hijo pródigo (cf Lc 15, 1-3. 11-32). Es, por tanto, un fragmento del Evangelio

que nos llama directamente a la conversión de la persona.

 

Guiado por la gran sabiduría del Papa Benedicto XVI, permitid os hable en este pequeño texto pastoral sobre el núcleo de la parábola.

 

¿En dónde descansa el centro de gravedad de la así conocida como “parábola del hijo pródigo? ¿En el hijo menor, que pide al padre la parte de la herencia que dice corresponderle y que, marchándose a un país lejano, dilapida aquélla viviendo disolutamente?. O ¿acaso en el hijo mayor, que regresa a casa tras el trabajo en el campo, oye la fiesta en la casa, se entera de que el motivo de ésta es la vuelta de su hermano y se enoja profundamente? Y, finalmente, ¿no podría ser que fuera el padre el verdadero centro del relato de la parábola?

 

Esto último es lo que piensa Joachim Jeremías y, con él, algunos exegetas más, quienes han propuesto llamar a esta narración de Lucas “parábola del padre bueno”, el cual pasaría a ser el verdadero centro del texto. Otros autores, como Pierre Grelot, destacan como elemento también esencial la figura del hijo mayor, del hijo que se quedó en casa y que fue siempre obediente a su padre. Y, por eso, Grelot propone llamar al relato “parábola de los dos hermanos”. De hecho, la parábola comienza así: “Un hombre tenía dos hijos” (cf Lc 15, 11). Por último, en la parábola, la figura del hijo pródigo está tan admirablemente descrita, y su desenlace – en lo bueno y en lo malo – nos toca de tal manera el corazón, que el hijo menor ocupa sin duda un lugar central en la narración. En realidad, la parábola tiene tres protagonistas. Ciertamente, el núcleo de la parábola es el padre, quien representa al Padre Dios, el cual actúa por medio de Cristo, significado éste en el

relato de Lucas en el acto del abrazo del padre al hijo pródigo arrepentido. Respecto de los dos hijos, el mayor y el menor, uno y otro se encuentran, desde el punto de vista religioso y moral, más cerca de lo que a primera vista podría parecer. En efecto, el hijo menor representa a los pecadores y a los publicanos, mientras que el hijo mayor, el bueno oficialmente, representa a los fariseos y a los letrados. Unos y otros están necesitados del perdón del padre, pues, si el pródigo ha vivido como un pagano, en contra de lo exigido por la ley, el mayor, esto es, el fariseo y el letrado, había cumplido ciertamente la ley, pero su corazón distaba mucho de haber encontrado la paz en el amor del padre. Por tanto, ambos necesitaban del perdón paterno. ¿Acaso al hijo mayor no le habría gustado también haber escapado hacia la gran libertad en cuyas redes quedó atrapado el hijo menor? ¿No actúa el hermano mayor movido por la envidia cuando juzga con tanta inclemencia a su hermano menor?

 

Preguntémonos, pues, en esta cuaresma dónde se encuentra actualmente apoyada la persona de cada uno de nosotros. Y convirtámonos a Dios, tanto si estamos en el abismo del pecado como si nos encontramos viviendo en la casa paterna, pero todavía no hemos dado el salto de la ley al amor. Pues no justifica la ley, sino la fe en el amor, cuando ésta, por tener como objeto el amor, suscita el amor y actúa por medio del amor.



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