Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para el domingo 13 enero 2013

La fiesta del Bautismo del Señor y el anuncio de la Jornada Mundial de las Migraciones

El tiempo litúrgico de Navidad termina con la celebración del bautismo del Señor, una fiesta que tiene siempre lugar el domingo inmediatamente posterior al 6 de enero. Como tan bien glosa el Martirologio Romano, en la fiesta del bautismo de Nuestro Señor Jesucristo en el río Jordán, éste es proclamado como lo que es, el Hijo amado de Dios; las aguas son santificadas; el hombre es purificado; y se alegra toda la tierra.

El bautismo de Juan en el Jordán era un bautismo de penitencia. Como tal, preparaba para recibir el verdadero bautismo, el de Espíritu Santo y fuego.

La inmersión en las aguas del río simboliza la muerte de aquel que se sumerge en ellas, y hace pensar en el diluvio, que destruye y aniquila.

En efecto, según el pensamiento antiguo – señala Ratzinger –, el océano representaba como la amenaza continua del cosmos, de la tierra; las aguas primordiales podían destruir toda vida. Ahora bien, el agua, y particularmente el agua que fluye, es también y fundamentalmente símbolo de vida. De este modo, los ríos son los dispensadores de vida. Por consiguiente, quien se sumerge en el agua, se purifica, vive una liberación de la suciedad del pasado que pesa sobre su vida y experimenta un nuevo comienzo, esto es, un comienzo de muerte y de resurrección. Se podría decir que, quien se ha sumergido en el agua, ha muerto a su vida anterior y ha nacido de nuevo.

Todo esto era explicable se diera en los hombres y en las mujeres que, procediendo de Judea y de Jerusalén, acudían al río Jordán para ser bautizados por Juan. Pero en aquel contexto sucede de pronto algo inusitado, algo totalmente nuevo. Sin que

nadie pudiera esperarlo, se presenta Jesús pidiendo ser bautizado y mezclándose entre la multitud gris de los pecadores que aguardaban su turno a orillas del Jordán. ¿Podía acaso hacer esto Jesús? ¿Cómo podía él reconocer sus pecados? ¿Cómo iba a poder desprenderse de su vida anterior para entrar en otra vida nueva? ¿Es que podía Jesús poner fin a una vida anterior malgastada para recibir una nueva?

Realmente, sólo a partir de la cruz y de la resurrección, a las que apunta el bautismo, se comprende la voluntad de Cristo de ser bautizado por Juan en el río Jordán. Mediante este gesto, Jesús, el Hijo de Dios, manifiesta su solidaridad con los hombres, esa solidaridad ya acontecida en la encarnación. Mediante su libre sometimiento al bautismo de Juan, Jesús muestra haber cargado sobre sí la culpa de toda la humanidad con el fin de expiarla vicariamente en su persona divina. Para eso vino precisamente al mundo, para hacerse como nosotros, asumir nuestros pecados y destruirlos. De ahí que el descenso del Espíritu sobre Jesús con que termina la escena del bautismo signifique algo así como la investidura formal de su misión.

Dicho en síntesis, el bautismo de Cristo en el Jordán simboliza lo que ocurrirá después con su muerte y resurrección en Jerusalén. De este modo, el bautismo en el Jordán anticipa la Pascua. Y la segunda parte de mi carta pastoral quiero dedicarla al anuncio de la Jornada mundial de las migraciones, que se celebra este año el ya próximo día 20 de enero, II domingo del Tiempo Ordinario.

En su Mensaje para la Jornada, el Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, nos recuerda, con la Gaudium et spes, que los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres, en este caso, de los emigrantes y refugiados, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.

Llena del amor de Dios, la Iglesia es testigo de ese amor, compartiendo la causa de todos cuantos sufren y ven conculcados sus derechos fundamentales. Entre éstos se encuentran más de una vez los emigrantes y los refugiados.

El lema pensado por el Papa para la Jornada de este año es “Migraciones: peregrinación de fe y esperanza”. En efecto, fe y esperanza forman un binomio inseparable en el corazón de muchísimos emigrantes, pues en ellos anida el anhelo de una vida mejor, a lo que se une más de una vez el deseo de dejar atrás la “desesperación” de un futuro imposible de construir.

Mucho esperan los emigrantes y los refugiados de los países a los que se dirigen. Pero también ellos pueden contribuir al bienestar de estos países de acogida con sus habilidades profesionales, su patrimonio socio-cultural y también, a menudo, con su testimonio de fe, que estimula a las comunidades de antigua tradición cristiana, anima a encontrar a Cristo e invita a conocer la Iglesia.

El derecho a la emigración es, pues, un derecho fundamental de la persona y un hecho importante para la intercomunicación y el desarrollo de los pueblos. Sin embargo, en el actual contexto socio-político, antes incluso que el derecho a emigrar, hay que reafirmar el derecho a no emigrar, es decir, a tener las condiciones para permanecer en la propia tierra. En caso contrario, la emigración ya no es una peregrinación animada por la confianza, la fe y la esperanza, sino que se convierte en un “calvario” para la supervivencia.

Acordémonos de los migrantes que viven en nuestro suelo patrio. Abrámonos a ellos, mostrémosles nuestros corazones llenos de amor y aprendamos de ellos, pues nos pueden enseñar mucho.

Manuel Ureña Pastor, Arzobispo de Zaragoza

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