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Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para el Día de Pentecostés

Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para el Día de Pentecostés

Solemnidad de Pentecostés y día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica

Toda nuestra vida es una vida según el Espíritu, según el Espíritu Santo que ha sido derramado en la Iglesia, en nuestros corazones y en el mundo por el Padre y por el Hijo.

Ciertamente, quien ha salvado a la humanidad de su mal radical, que es el pecado y la muerte, su inesquivable consecuencia, ha sido Dios mismo mediante la voluntad salvífica universal del Padre y el evento salvador del Hijo, el cual se encarnó, sufrió la muerte en cruz por nosotros y, resucitando al tercer día, nos abrió el camino a la participación de la vida de Dios.

 

Pero esta gran obra de la redención obrada por el Padre y por el Hijo habría sido imposible y no habría dado frutos de salvación para nosotros, los hombres, si no hubiera sido actuada por el Espíritu Santo y si éste, el Espíritu, sujeto agente de la autocomunicación divina, no hiciera operante aquella obra de salvación en la Iglesia, en el interior de la mente y del corazón del hombre y en el fondo de la conciencia y de la cultura de todos los pueblos.

 

De ahí que la acción del Espíritu Santo esté presente en el acto de la creación del mundo invisible y del mundo visible. De ahí también que el Espíritu sea la persona de la Trinidad que siembra al Verbo divino en el corazón y en el seno de María inmaculada y pura. En lo que se refiere a la Iglesia, ésta se ofrece como obra del Padre por medio del Hijo, pero siempre en el Espíritu Santo.

 

Por eso, aunque no cabe duda de que la Iglesia nació aquel viernes santo del Calvario, cuando del costado abierto del Redentor por la lanza del soldado manaron sangre y agua, con la misma fuerza hay que afirmar que la consumación de la fundación de la Iglesia tiene lugar el día de Pentecostés (cf Hch 2, 1-11), aquel gran kairós de la historia particular de la salvación cuya solemnidad hoy celebramos.

 

Y, lo que acontece con la Iglesia, se da también en el orden de los sacramentos, en el orden de las virtudes teologales y en el orden de la oración. Claramente lo afirma el Concilio: “El es el Espíritu de la vida o la fuente del agua que salta hasta la vida eterna (cf Jn 4, 14; 7, 38-39); por él vivifica el Padre a todos los muertos por el pecado hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales (cf Rom 8, 10-11). El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo (1 Cor 3, 16; 6, 19) y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos (cf Gal 4, 6); Rom 8, 15-16 y 26). Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia (cf Ef 4, 11-12; 1 Cor 12, 4; Gal 5, 22), a la que guía hacia toda verdad (cf Jn 16, 13) y unifica en comunión y ministerio. El hace rejuvenecer a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo.

 

Pues el Espíritu y la esposa dicen al Señor Jesús: “¡Ven!” (cf Apoc 22, 17) (LG 4).

Y en el orden de las virtudes, dice San Pablo a propósito del acto de fe que “nadie puede decir: Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (cf 1 Cor 12, 3b).

 

Esto supuesto, el Espíritu Santo está en la base de la acción evangelizadora de la Iglesia y, por ende, en la raíz misma de la transmisión de la fe a todos los pueblos. El Espíritu Santo y la nueva evangelización guardan así una relación verdaderamente intrínseca. Sin la acción del Espíritu Santo no podríamos evangelizar ¿No dijo una vez Cristo que no temiéramos ni vaciláramos en el momento de dar testimonio de Él, pues el Espíritu de Dios hablaría por nosotros? Con toda pulcritud nos lo acaba de recordar el Mensaje de los obispos de la Comisión episcopal de Apostolado seglar con motivo de la solemnidad de Pentecostés, que es el Día del Apostolado seglar y de la Acción Católica.

 

¡Vaya desde “Iglesia en Zaragoza” un saludo cordial al Sr. Presidente de tal comisión, D. Carlos Osoro Sierra, Arzobispo Metropolitano de Valencia y, por tanto, padre y hermano mío muy querido! Con verdadero gozo le esperamos este año en Daroca, el día 30 de mayo, para que nos presida allí la solemnidad de “Corpus Christi”. Pues, si es cierto que el milagro de los Sagrados Corporales tuvo lugar en Luchente, no lo es menos que la custodia de la reliquia de aquel milagro eucarístico correspondió por voluntad de Dios a la ciudad zaragozana de Daroca.

 

Saludo con gozo al apostolado seglar de todas las Iglesias particulares de España, así como también a las delegaciones diocesanas que lo dirigen y coordinan.

 

En este día de Pentecostés hacemos especial hincapié en el sacerdocio común recibido en los sacramentos de la iniciación cristiana cuya puerta es el bautismo. Tal sacerdocio común o de los fieles, que constituye una participación real en el único sacerdocio de Jesucristo, convierte a quienes lo reciben en sacerdotes, profetas y reyes, y, por consiguiente, en verdaderos evangelizadores, en heraldos de la nueva evangelización para la transmisión de la fe.

 

Y culmino el presente texto pastoral con el saludo más ferviente a los movimientos de Acción Católica, esa gran forma de apostolado seglar asociado que ha venido siendo tan fecunda desde su fundación por Pío XI y cuyas notas esenciales son, como todos sabemos, las siguientes: la búsqueda del fin apostólico perseguido por la misma Iglesia; la asunción por los seglares de su autonomía legítima en el apostolado; la unión en el trabajo evangelizador a la manera de un cuerpo orgánico; y la realización de este trabajo bajo la dirección superior de la misma jerarquía.

 



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