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Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para el Día de las Vocaciones Nativas 2013

Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para el Día de las Vocaciones Nativas 2013

Hoy, día 28 de abril, V Domingo de Pascua, celebramos la segunda jornada dominical de oración por las vocaciones sacerdotales y por las vocaciones de especial consagración.

Al igual que la primera jornada, celebrada el domingo pasado, IV de Pascua o Dominica del Buen Pastor, la jornada de hoy, V Domingo de Pascua, es también pontificia; está en perfecta continuidad con aquélla; tiene prácticamente el mismo lema: “Vocaciones nativas, señal de esperanza”; pero su celebración no cae siempre en un domingo fijo; lleva adjunta una colecta imperada; su objeto, aun siendo el mismo que el de la jornada del IV Domingo de Pascua, se centra, no obstante, en la oración específica por las vocaciones nativas; y pertenece a las Obras Misionales Pontificias (=OMP), concretamente a la así llamada Obra Pontificia de San Pedro Apóstol.

 

Pues bien, la celebración de la jornada anual de oración por las vocaciones nativas, promovida por el Secretariado de la Obra Misional Pontificia de San Pedro Apóstol, es una ocasión para volver la mirada, con admiración y agradecimiento, a las vocaciones al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada que Dios hace brotar en los territorios de misión.

 

“La contemplación de esta floración de vocaciones para hacer presente el Reino de Dios – dice Mons. Anastasio Gil, Director Nacional de OMP – es claramente motivo de esperanza”. Así lo reconoció el Concilio Vaticano II: “La Iglesia agradece con inmenso gozo el don inestimable de la vocación sacerdotal que Dios ha concedido a tantos jóvenes entre los pueblos convertidos recientemente a Cristo. Porque la Iglesia echa raíces cada vez más firmes en cada grupo humano cuando las distintas comunidades de fieles cuentan entre sus miembros a los propios ministros de la salvación en el Orden de los Obispos, de los Presbíteros y de los Diáconos, al servicio de los hermanos” (Decr. Ad Gentes, 16).

 

Y, al tiempo que damos gracias a Dios por la espléndida floración de vocaciones nativas que se está dando en los territorios así llamados de misión, pedimos a Dios la abnegación y la fuerza necesarias para seguir ayudando a aquellas Iglesias jóvenes de los países de misión a que se adentren cada vez más en el camino de Cristo en el que han sido emplazadas. Y debemos ayudarlas con la oración, con la aportación de sacerdotes que formen e instruyan a los seminaristas y a los novicios nativos, y con recursos económicos. Ellos mismos nos lo piden.

Hagamos, pues, nuestro el conocido “¡Pasa a Macedonia y ayúdanos!” que Pablo escuchó en sueños de labios del macedonio y cuyo relato encontramos en Hch 16, 9-10. Tal macedonio “viene a ser un símbolo –comenta D. Anastasio– de cómo el mundo, muchas veces de manera inconsciente, ansía que alguien le lleve una respuesta a sus necesidades y, sobre todo, al más profundo de sus anhelos: poder vivir conforme a la dignidad de hijos de Dios. Millones de personas esperan el Evangelio, y la Iglesia debe “dar el salto” para ofrecérselo por medio de palabras y de gestos de caridad concreta que lo hagan visible”.

De hecho, la Obra de San Pedro Apóstol nació ante las necesidades de ayuda para el clero indígena planteadas por el obispo francés de Nagasaki, Mons. Jules-Alphonse Cousin, de la Sociedad de Misiones Extranjeras. Él se encontró en su diócesis de Japón con cristianos que, por miedo a las persecuciones, evitaban los auxilios espirituales de los misioneros extranjeros, pero que podían ser fácilmente atendidos por sacerdotes del país. Juana Bigard y su madre, Estefanía, en contacto epistolar con el obispo, se movieron y pusieron en marcha en 1889 esta Obra de apoyo a las vocaciones nativas.

 

Estas vocaciones necesitan con urgencia ser discernidas, instruidas y acompañadas humana y espiritualmente. Se requieren, pues, medios humanos para ello, medios que con frecuencia no existen. Y a esta escasez de medios personales se suma la carencia de recursos económicos para el sostenimiento de estos jóvenes y para el mantenimiento de las estructuras indispensables para viabilizar su formación.

 

Imitemos, pues, a san Pablo y que el grito del macedonio haga mella en nuestros oídos y penetre en nuestras mentes y corazones.

Tengamos bien claros los objetivos de la presente jornada, que son los siguientes:

Promover entre los fieles una eficaz colaboración con los objetivos de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol, que atiende las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en los territorios de misión.

Obtener fondos y ayudas económicas para el sostenimiento y la formación de las vocaciones a través de la financiación de “Becas”. Fomentar en el seno de las comunidades cristianas la oración perseverante para que Dios siga suscitando nuevas vocaciones en estos lugares de misión.

Intensificar la ayuda espiritual y material en favor de los sacerdotes enfermos y jubilados de los territorios de misión.



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