Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para el Día de las Comunicaciones Sociales

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Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para el Día de las Comunicaciones Sociales

La Solemnidad de la Ascensión del Señor y la celebración de la XLVIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

Celebramos hoy en la Iglesia la solemnidad de la Ascensión del Señor. Hoy conmemoramos aquel sagrado día en que el Señor Jesús, después de haber resucitado, fue elevado al cielo en presencia de los discípulos, sentándose a la derecha del Padre, hasta que venga en su gloria a juzgar a vivos y a muertos.

Ningún evangelista duda de la realidad de este acontecimiento y de su originalidad. Ciertamente, el hecho de la ascensión hay que situarlo en el contexto de la resurrección-glorificación de Cristo, que es un acontecimiento único, trascendente y pleno, por más que su manifestación en el tiempo sea múltiple.

Y la manifestación de la resurrección de Cristo es múltiple porque se trata de una realidad compleja con expresiones históricas (apariciones, ascensión, pentecostés) distintas, parciales y complementarias.

La ascensión es, así, una expresión histórica de la glorificación de Cristo. La esencia de este acontecimiento no consiste en un viaje espacio-temporal, sino en la entrada de Jesús en su dimensión divina con su humanidad resucitada. La ascensión es el camino del Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado hacia el Padre, un hecho intrínsecamente trascendente, pero real como la resurrección misma.

Respecto de su significación, la ascensión al cielo del Señor Jesús es un acontecimiento escatológico, señala la vuelta de Cristo al Padre y constituye la premisa del don del Espíritu Santo.

En efecto, el relato lucano del Libro de los Hechos indica el significado escatológico de la ascensión: “Este Jesús, que ha sido elevado de entre vosotros al cielo, volverá de la misma manera que lo habéis visto marcharse” (Hch 1, 11).

En cuanto al segundo significado, es bien claro que el destino de Jesús está en relación con la ascensión. Su descenso, por medio de la encarnación, está totalmente dirigido a su ascenso: “Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre” (Jn 16, 28); “Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre que ha bajado del cielo” (Jn 3, 13). Y la Carta a los Hebreos entiende la ascensión como la entrada definitiva de Cristo sumo sacerdote en el santuario del Cielo.

Finalmente, la ascensión constituye la premisa del don del Espíritu. En efecto, la vuelta victoriosa de Jesús al Padre no significa el alejamiento de sus discípulos ni la ausencia de la Iglesia.

En cierto sentido, la sustracción de su estar junto a nosotros es lo que hace posible su estar en nosotros, y eso se llama participación de su Espíritu (Jn 16, 7). La ascensión es así la premisa del don del Espíritu: “Os conviene que yo me vaya, porque, si no me voy, no vendrá a vosotros el Consolador; sin embargo, cuando me vaya, os lo enviaré” (Jn 16, 7).

Al mismo tiempo, celebramos hoy, domingo de la ascensión, la jornada mundial de las comunicaciones sociales. En su mensaje de este año, el papa Francisco nos habla acerca de una dimensión muy importante del ser de la comunicación. Ésta debe servir a la causa de una auténtica cultura del encuentro entre las personas. Los medios de comunicación tienen como fin último y principal contribuir a hacer posible el encuentro de las personas y la difusión de la verdad entre ellas.

En efecto, mucho pueden hacer los medios de comunicación para acortar las distancias entre los hombres. En efecto, actualmente el desarrollo de los transportes y de las tecnologías de la comunicación nos acerca, conectándonos mejor, y la globalización nos hace interdependientes. En este sentido, los medios de comunicación pueden ayudar a que nos sintamos más cercanos los unos de los otros, a que percibamos un renovado sentido de unidad de la familia humana que nos impulse a la solidaridad y al compromiso serio por una vida más digna para todos. Sin embargo, – continúa el Papa – también existen aspectos problemáticos,

como son la velocidad con la que se suceden las informaciones o la gran variedad de las opiniones expresadas. Por tanto, el mundo de la comunicación puede ayudarnos a crecer o, por el contrario, puede contribuir a desorientarnos.

Con todo, aunque estos límites son reales, no justifican un rechazo de los medios de comunicación social; más bien nos recuerdan que la comunicación es, en definitiva, una conquista más humana que tecnológica. En consecuencia, lo importante es poner las técnicas de comunicación al servicio de una auténtica cultura del encuentro. Lo cual hace que nos formulemos la siguiente pregunta: ¿qué significa, según el Evangelio, el encuentro con una persona? ¿Es posible, aun a pesar de nuestros límites y pecados, estar verdaderamente cerca los unos de los otros?

El encuentro con una persona, que los medios pueden, sin duda, facilitar, implica acercarse a esa persona con la actitud del buen samaritano para percibir a aquélla como “prójimo”. Pero esto no es fácil, pues consiste no en reconocer al otro como mi semejante, sino en ser capaz de hacerme yo semejante al otro.

Así las cosas, no basta con pasar por las calles digitales, es decir, con el hecho de estar conectados. Es necesario que la conexión vaya acompañada de un verdadero encuentro. Que la imagen del buen samaritano, que venda las heridas del hombre

apaleado, derramando sobre ellas aceite y vino, nos sirva como guía. Que nuestra comunicación sea aceite perfumado para el dolor y vino bueno para el gozo.

Domingo, 1 de junio de 2014

VII DOMINGO DE PASCUA

† Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza

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