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Iglesia en España

Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para el 1 Domingo de Cuaresma 2014

Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, para el 1 Domingo de Cuaresma 2014

Dejémonos enriquecer con la pobreza de Cristo

El pasado día 5, comenzamos en toda la Iglesia, con la celebración del “Miércoles de Ceniza”, la práctica de la Santa Cuaresma.

Este amplio período de carácter penitencial abre para la Iglesia un tiempo de conversión y de renovación, un tiempo de gracia y de perdón, un tiempo de oración y de escucha de la Palabra de Dios. Iniciamos así el tiempo de volver al buen camino para llegar purificados y renovados a la Vigilia de la Pascua.

Disposición interior fundamental para entrar con buen pie en la Cuaresma y cosechar sus frutos es apercibirse cada uno, ayudado por la gracia, de que está alejado de Dios, de que yace postrado en el pecado y de que debe comenzar, como dice Jl 2, 12-18, por rasgarse el corazón.

A continuación, con el Salmo 51 habremos de exclamar: “Misericordia, Señor: hemos pecado”. Y, finalmente, habremos de entrar por el camino ascético y sacramental conducente a la reconciliación con Dios (cf 2 Cor 5, 20-21).

Dicho de otro modo, la Cuaresma hace que cada uno de nosotros se enfrente abierta y sinceramente consigo mismo para cobrar conciencia de que estamos demasiado llenos de nosotros mismos, de que es necesario que procedamos a la deconstrucción de nuestro ser. Estamos muy llenos de nosotros. Abundamos en riquezas superfluas y a veces tóxicas, heredadas unas de antaño o acumuladas otras en tiempos recientes.

Ahora bien, estas cosas que emergen de nuestro interior o que advienen a nosotros desde fuera, o bien son malas y urge desprenderse cuanto antes de ellas, o bien son cosas irrelevantes, cosas que en modo alguno nos pueden salvar. Y, por tanto, son cosas que nos sobran, por ser inútiles, y de las que es preciso nos desembaracemos.

 

A pesar de la crisis económica que nos envuelve, nos sobran muchas cosas y nos falta, sin embargo, lo que es fundamental, a saber, la compañía del Señor Jesús. Una vez más, como decía santa Teresa de Ávila, quien a Dios tiene, eso le basta.

 

El papa Francisco, en su Mensaje para la Cuaresma de este año, centra su reflexión en el texto bíblico tan conocido de 2 Cor 8, 9. El texto dice así: “Bien conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza”. El texto de 2 Cor 8, 9 encuentra su paralelo exacto en la primera parte del himno kenótico de Flp 2: “Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte en cruz” (5-8).

 

Pues bien, el comentario del Papa es muy profundo y sabroso. Los textos aducidos de 2 Cor y de Flp 2 indican el estilo de Dios en su manifestación a nosotros. El no se nos revela mediante el poder y la riqueza del mundo. Más todavía: tampoco se nos presenta, se nos ofrece, mediante la mostración directa y deslumbrante de las riquezas infinitas de su ser, las cuales son buenas, verdaderas y bellas, y colman de felicidad el ser de las criaturas. Pero entonces ¿qué habría que concluir: que Dios, al revelársenos, nos oculta sus insondables riquezas y se limita a manifestarnos escuetamente la naturaleza humana de su Hijo, hecha abstracción de la naturaleza divina de éste, que es el manantial de la verdad, de la vida eterna y del amor más sublime?

 

No, absolutamente no. Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y en gloria, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos, es decir, para no dejarnos como estábamos, chapoteando en nuestra sangre, sino para colmarnos de sus riquezas. Pero no para enriquecernos directa e inmediatamente con la riqueza divina, sino para enriquecernos con su pobreza, es decir, con la pobreza de aquel que, sin dejar de ser Dios, se ha mostrado kenóticamente a nosotros, se ha hermanado con nosotros, se ha hecho semejante a nosotros excepto en el pecado y ha derramado en nuestras personas sus tesoros divinos a través de su naturaleza humana.

 

Por eso, tal vez nos causa sorpresa que el Apóstol diga que fuimos liberados, no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y ciertamente, así es. Pero entonces surge la pregunta: ¿en qué consiste esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Pues consiste precisamente en su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr Lc 10, 25 y ss.). El medio por el que somos liberados y salvados es la humanidad de Cristo, penetrada de su divinidad. El medio por el que se obra nuestra salvación es la compasión del Señor, su ternura, su compartir todo con nosotros, su hacerse hombre por nosotros, su cargar con nuestras debilidades y dolencias, su acompañarnos en nuestra suerte derivada del pecado.

 

Tal vez alguien podría pensar que este camino de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con medios humanos mejores. Pero nos equivocamos si pensamos así. El discípulo ha de seguir las huellas del maestro. Nunca la riqueza de Dios pasará a nosotros y a los demás a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente – dice Francisco – a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.

A imitación de nuestro Maestro, que, siendo rico, se hizo pobre, para compartir la suerte de sus hermanos los hombres, nosotros estamos llamados a mirar y a tocar a Cristo en las miserias de nuestros prójimos para aliviarlas y curarlas; estamos llamados a abajarnos hasta la humillación si es necesario, y a asumir la vida humana tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo, en las llagas de los hombres. De este modo, los evangelizadores oleremos a oveja y las ovejas escucharán nuestra voz (cf EG 24), pues percibirán en ésta la voz del Buen Pastor,

Cristo.

Solidaricémonos, pues, con las miserias materiales, morales y espirituales de nuestros hermanos los hombres, para que, acercándonos a ellas con la pobreza del Señor, reciban la bendición de las riquezas de Dios. De esta forma, viviremos una hermosa y santa cuaresma, y nos prepararemos adecuadamente para vivir la experiencia grandiosa de la Pascua.

 

Domingo, 9 de marzo de 2014

I DOMINGO DE CUARESMA

† Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza

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