Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, ante el Día del Corpus Christi

corpus zaragoza

Domingo, 22 de junio de 2014

XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

† Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza

SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI. DÍA Y COLECTA DE LA CARIDAD

La obra de la salvación de los hombres llevada a cabo por Dios a lo largo de los tiempos encuentra su centro en Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros en la fe y en el seno de María Inmaculada por la acción virginal del Espíritu Santo. De modo inmejorable lo proclama la Carta a los Hebreos: “En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por medio de los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos” (1, 1-2).

Cristo es así el mediador entre Dios y los hombres, la causa instrumental de nuestra redención y de nuestra plenificación. Pero Cristo no sólo es el mediador entre Dios y el hombre. Él es también la mediación salvífica misma. Pues el Señor Jesús no nos reconcilia con el Padre y nos salva por una acción extrínseca a sí mismo, sino por una acción inmanente que brota de su persona divina y que se expresa y manifiesta a través de su naturaleza humana asumida.

¿Cuál es esa acción redentora? Tal acción salvífica comprende todos los hechos y dichos de Jesús, todas sus obras y palabras, desde el momento mismo de su concepción virginal hasta su ascensión a los cielos y la venida del Espíritu Santo.

Ahora bien, el núcleo de su acción salvadora lo constituye, sin duda, su misterio pascual de muerte y de resurrección, vivido por Él en la ciudad de Jerusalén cuando tenía 33 años, en tiempos del emperador Tiberio y siendo procurador romano en Palestina Poncio Pilato. Aquel viernes santo de la muerte en cruz del Señor Jesús cambió el destino de los hombres.

Pero, como tan magistralmente comenta Santo Tomás de Aquino, “a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, Cristo dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida”. Y, en efecto, así fue. Porque Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y a confiar así a su esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y de su resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera (cf SC 47).

Pues bien, la santa Madre Iglesia, habiendo recibido del mismo Jesús el valiosísimo tesoro de la Eucaristía, que contiene todo el bien espiritual encerrado en ella, celebra este sacramento cada domingo e incluso todos los días, así como también durante la solemnidad de la Pascua, concretamente el jueves santo al atardecer. Con el paso del tiempo, la Iglesia creyó oportuno instituir otra fiesta eucarística en el Año litúrgico, además de la “missa in coena Domini” del jueves santo. Profundas razones asistían a la Iglesia, particularmente la necesidad de reivindicar teológicamente la presencia real y sustancial de Cristo en la Eucaristía, discutida e incluso negada por algunos teólogos durante la Edad Media, como, por ejemplo, Berengario de Tours. De este modo, el 8 de septiembre de 1264, el papa Urbano IV emitía la bula Transiturus, por la que ordenaba la celebración anual de la fiesta de Corpus Christi, que es justo la solemnidad que hoy estamos celebrando. Precisamente este año de 2014 conmemoramos el 750 aniversario de la institución oficial de la fiesta de Corpus para toda la Iglesia.

Mucho contribuyeron al establecimiento oficial de la fiesta de Corpus una serie de milagros eucarísticos ocurridos a lo largo del siglo XIII. Permitid que cite el tan conocido caso de la monja Juliana de Monte Cornillón, en Belgica; el milagro eucarístico acaecido en la población italiana de Bolsena; y el caso del milagro de los sagrados corporales del pueblo valenciano de Luchente cuya reliquia conserva nuestra parroquia de Daroca, ciudad eucarística que recibió los sagrados corporales en 1239 y que celebra este año el 775 aniversario de su entrega.

La Eucaristía, a la que asistimos cada domingo, por Pascua y hoy, solemnidad de Corpus Christi, es el mayor y más sabroso fruto de la redención obrada por Dios en la historia de los hombres. La participación digna en ella nos asimila a Cristo, nos cristifica, nos hace ser una sola cosa con el Señor. Pues, como advierte san Agustín y nos recuerda el papa Benedicto XVI, no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Con razón leemos en la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis que la vida cristiana tiene una estructura eucarística.

¡Qué grandes consecuencias tiene esto para nuestras vidas! Pues, si Cristo murió por nosotros y si la memoria de este morir por nosotros es la Eucaristía, entonces, cuando participamos en este augusto sacramento, nos identificamos con Cristo y, por tanto, con su muerte por los hombres, por todos los hombres, particularmente por los más pobres y necesitados.

Ello nos debe llevar a la conclusión de que cuanto más nos unimos a Cristo por medio de la Eucaristía tanto más crece nuestra unión con el prójimo, tan necesitado de Evangelio y del pan de cada día.

Recordemos que hoy, solemnidad del Cuerpo y de la sangre de Cristo, es el día de la Caridad. Seamos generosos en nuestra limosna, que se destinará íntegramente a Cáritas, y, siguiendo la voz del papa Francisco, toquemos las llagas de Cristo en las llagas de los pobres.

Domingo, 22 de junio de 2014

XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

† Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza

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