Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña, ante el Día de la Iglesia Diocesana (18-11-2012)

manuel ureña pastor

Mejorar la sociedad es una meta que hay que perseguir. La razón salta inmediatamente a la vista. Nunca las cosas humanas avanzan de un modo plenamente satisfactorio. A veces, van mal, y entonces se impone el cambio. Otras veces, no van bien del todo, lo que implica introducir enmiendas.

En cualquiera de los casos, los hombres vivimos siempre en tensión hacia lo mejor, buscamos una patria nueva en donde pisar firme, en donde conocer la superación.

de todas nuestras esclavitudes, en donde hallar, en suma, la felicidad. ¿Qué meta es esa a la que tiende el hombre? ¿Puede éste alcanzarla por sí mismo? Respondiendo a la primera pregunta, comencemos diciendo que la persona humana tiene una dimensión trascendente. El ser humano no se agota en lo que se ve de él.

El corazón del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, aspira a Dios y anda inquieto hasta descansar en Dios. Esta dimensión trascendente del ser humano no

puede ser negada en modo alguno. Es objetiva y, por tanto, fácilmente detectable por la razón siempre que ésta no se encuentre presa de la ideología.

Ahora bien, el hombre es también de naturaleza horizontal. Como ser psicosomático, la dimensión trascendente, espiritual, vertical, no agota su ser. Él es, en virtud de su cuerpo, un espíritu en el mundo y un espíritu encarnado que vive con otros espíritus encarnados. Por eso, su realización apunta también a horizontes y a fines penúltimos, pero verdaderamente acordes con su ser, como son, por ejemplo, el matrimonio, la familia y el respeto a la vida desde su misma concepción en el seno materno hasta su fin natural; el logro de una “pólis” justa, esto es, de una sociedad que brille por el triunfo de la justicia; el llegar a una cultura que responda a las exigencias inalienables del “humanum”; la implantación de un orden económico basado en el amor y en la verdad.

Todo esto constituye el ámbito de las realidades temporales, que son como la “casa inmediata del hombre”. De ahí que se imponga hoy reivindicar no sólo la necesidad de una ecología física, sino también la urgencia de que se reconozca en la escena pública el estatuto científico de una ecología humana.

Y, en lo que atañe a la cuestión sobre si el hombre puede alcanzar por sí mismo su meta última y sus metas penúltimas o terrenas, la respuesta salta también pronto a la vista. Dada su condición de criatura, y de criatura herida por el pecado, el hombre no puede llegar a Dios si éste no le sale al encuentro y no le emplaza en una historia de salvación.

Y el hombre, de hecho, realmente, tampoco puede alcanzar sus fines naturales o penúltimos sin la ayuda de Dios acontecida en Cristo y presente y actuante en la Iglesia. Como dice el Concilio Vaticano II, “la obra de la redención de Cristo, mientras tiende de por sí a salvar a los hombres, se propone también la restauración de todo el orden temporal. Por tanto, la misión de la Iglesia no consiste sólo en anunciar el mensaje de Cristo y su gracia a los hombres, sino también en impregnar y en perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico” (Decreto Ap. actuositatem, 5).

Por tanto, la Iglesia contribuye a crear una sociedad mejor, es decir, una sociedad conforme con las dos dimensiones del ser del hombre: la trascendente y la horizontal. Ayudemos, pues, a la Iglesia en sus necesidades. Quien ayuda a la Iglesia, está ayudando a que la sociedad entre en el camino que conduce a su curación y a su perfeccionamiento.

Lamentablemente, no faltan hoy ni faltaron en el pasado voces según las cuales la Iglesia sería un obstáculo para la mejora y la realización de la sociedad. Ante estas voces, los católicos no debemos arredrarnos ni escandalizarnos. Debemos, más bien, escucharlas, convertirlas en trampolín o en rampa de despegue para llegar a ser nosotros mejores de lo que somos y, revestidos con las armas de la verdad, obtener la fuerza necesaria para ser testigos de Cristo ante los hombres. Ayudemos a la Iglesia. Y hagámoslo a través de las parroquias. Es el cauce ordinario y concreto.

Este domingo, cuando celebramos el Día de la Diócesis, os pido a todos una oración y una limosna en favor de nuestra Iglesia de Zaragoza, en la que acontece, por la acción del Espíritu, la verdadera Iglesia del Señor. Aun sabiendo que atravesamos un tiempo difícil, me atrevo a rogaros seáis generosos, de corazón grande, para que, con la ayuda de Dios, colaboremos todos en la construcción de la civilización del amor.

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