Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del arzobispo de Zaragoza ante el DOMUND 2013

Carta del arzobispo de Zaragoza ante el DOMUND 2013

LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES ESTÁ YA A LA PUERTA

El próximo domingo, 20 de octubre, XXIX del Tiempo ordinario, celebraremos en la Iglesia el DOMUND, el Domingo mundial de oración y de colecta por la propagación de la fe.

Como nos recuerda Mons. Anastasio Gil, Director nacional de OMP, la Jornada Mundial de las misiones fue, de entre las de este género, la primera que se celebró en la Iglesia Católica por voluntad expresa de la Santa Sede. El papa Pío XI la instituyó con el nombre de “Domingo Mundial de las Misiones”, el 14 de abril de 1926, a los pocos años de haber nombrado “Pontificias” tres iniciativas particulares que promovían la cooperación misionera. Desde 1943 es conocida como Domund en todos los ámbitos eclesiales de lengua española.

 

El Santo Padre el papa Francisco, en su Mensaje para la Jornada, nos presenta precisa y concisamente el fin perseguido por ésta con los siguientes términos: “[se trata de] animar y profundizar la conciencia misionera de cada bautizado y de cada comunidad, ya sea llamando a la necesidad de una formación misionera más profunda de todo el Pueblo de Dios, ya sea alimentando la sensibilidad de las comunidades cristianas a ofrecer su ayuda para favorecer la difusión del Evangelio en el mundo” (Mensaje, nº 5).

El Evangelio de Jesucristo, que es la Palabra de Dios hecha carne, esto es, la persona misma de Jesucristo, el logos pre existente y eterno venido a nosotros por medio de María, es intrínsecamente necesario para que el hombre pueda cumplir las exigencias de su vocación sobrenatural, a saber, conocer, amar y servir a Dios en esta vida y verle cara a cara y gozarle plenamente en la otra.

Pero, además, el Evangelio de Jesucristo debe ser anunciado en toda época porque es de hecho necesario para el recto desenvolvimiento del hombre en la tierra. Como dice Francisco en su Mensaje, en la hora actual, cuando “el horizonte del presente y del futuro parece estar cubierto por nubes amenazantes es aún más urgente llevar con valentía a todas las realidades

el Evangelio de Cristo, que es anuncio de esperanza, reconciliación, comunión; anuncio de la cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación; anuncio de que el poder del amor de Dios es capaz de vencer las tinieblas del mal y conducir al camino del bien”.

Así, pues, es urgente creer en el Evangelio, adherirse a él, prestarle la obediencia de toda la persona y, amándolo en cuerpo y en alma, anunciarlo y comunicarlo a los hombres de nuestro tiempo. De ahí que la misión del cristiano sea, como muy bien dice el lema del Domund de este año, practicar “la fe + la caridad”. Ambas virtudes teologales, la fe y el amor, no sólo no se pueden separar, sino que están íntimamente unidas. No en vano decía Benedicto XVI que “la existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios”.

Y no hay mayor obra del amor nacido de la fe que la obra de la evangelización. Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, más caritativa hacia el prójimo que repartir a éste el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio. Dicho lacónicamente, la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana.

Ciertamente, a nadie se le oculta que la obra de la evangelización encuentra obstáculos tanto fuera como dentro de la misma Iglesia. A este respecto, debemos tener bien presente que llevar la verdad del Evangelio a los hombres no es violentar la libertad humana. Es cierto que, como decía Pablo VI en “Evangelii numtiandi”, sería un grave error imponer cualquier cosa a la conciencia de nuestros hermanos. Pero esto no obsta para que debamos tener siempre el valor y la alegría de proponer, con respeto, el encuentro con Cristo, de hacernos heraldos de su Evangelio. Y, en lo que se refiere a las dificultades que emergen de la misma Iglesia, señala el papa Francisco que, superando perspectivas demasiado pequeñas, debemos tomar la “missio ad gentes”, esto es, el mandato confiado por Cristo a los Apóstoles de anunciar el Evangelio a todos los pueblos, no como un aspecto secundario de la vida cristiana, sino como un aspecto esencial (Mensaje nº 2).

Esto supuesto, es tarea prioritaria de todas las Iglesias particulares considerar muy en serio que su propio compromiso apostólico no está completo si no contiene el propósito firme de dar testimonio de Cristo ante las naciones. De este modo, tan grande es la obligación de las iglesias de antigua cristiandad de seguir enviando misioneros a las iglesias nacientes como lo es la obligación de las iglesias jóvenes de subvenir a las necesidades de evangelización que sufren hoy las iglesias de antigua cristiandad (cf Mensaje nº 5).

Abrámonos, pues, a la Missio ad Gentes y ayudemos a ésta con recursos humanos y con recursos económicos. Mostremos nuestra generosidad con la oración por las misiones y con la aportación de nuestra limosna generosa a la colecta.

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