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Carta del arzobispo de Valencia sobre la fe de María

Carta del arzobispo de Valencia sobre la fe de María

Por Antonio DIAZ TORTAJADA, Sacerdote-periodista

En el umbral de la fiesta de la patrona de la ciudad, la Virgen de los Desamparados y del mes de mayo en que toda la Iglesia se acerca de una manera especial a la Santísima Virgen María, monseñor Carlos Osoro Sierra, arzobispo de Valencia centra su carta semanal sobre la figura de la Virgen María “lugar donde no hay más cabida que para contener el amor de Dios”

Monseñor Carlos Osoro indica que María “movió su vida por la Palabra de Dios” y en este Año de la Fe es importante darnos cuenta de cómo se adhirió a Dios: “hágase en mí según tu Palabra”. María “ se entregó, ya que creer es entregarse”. “Se entregó a Dios, dice el arzobispo valenciano, con todas las consecuencias. De tal modo se entregó, que su vida se convierte en una carta escrita no con tinta sino con el Espíritu de Dios vivo, no en tablas de piedra, ni en pergamino, ni en nada externo a Ella, sino en su corazón de creyente y de madre. María es una carta que todos pueden leer, sabios e ignorantes. Ella está presente siempre, pero el Nuevo Testamento nos dice cómo está presente en tres momentos que son constitutivos del misterio cristiano: en la Encarnación, en el Misterio Pascual y en Pentecostés”

Mas adelante monseñor Osoro escribe que “contemplar a María es ver cómo creer es confiar, es permitir, es adherirse y entregarse” “ En definitiva, creer es amar, dice. Creer es caminar en la presencia de Dios, de tal modo que siempre descubrimos en María que la fe es, al mismo tiempo, un acto y una actitud que agarra, envuelve y penetra todo lo que es la persona humana. Creer siempre nos pide confianza, fidelidad, asentimiento intelectual y adhesión emocional, nos compromete en nuestra historia entera: en nuestros criterios, actitudes, conducta e inspiración vital”

“Recordar en este Año de la Fe a María tiene para nosotros una trascendencia especial, pues como comentará san Agustín: La Virgen María dio a luz creyendo al que había concebido creyendo… Después que habló el ángel, Ella, llena de fe, concibiendo a Cristo antes en el corazón que en el seno, respondió: He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra… María creyó y en ella se cumplió lo que creyó. Creamos también nosotros para que lo que se cumplió en ella se realice también en nosotros”

“Ha creído lo increíble: que concebiría a un hijo por obra del Espíritu Santo. Por otra parte, ser madre de Jesucristo implica acompañarle en su misión, participar de su misión. A mí, personalmente, siempre me impresiona que, con María, la fe de Abraham y de todo Israel llega a su perfección, llega hasta el fondo. Porque cuando María está bajo la cruz no interviene ningún ángel que interrumpa el sacrificio de su Hijo, y es Ella la que debe restituir a Dios a su Hijo. Lo había ofrecido en el templo siendo recién nacido, pero ahora en la cruz lo entrega totalmente. Por eso, Ella se presenta como el icono de “la que ha creído”, de “la que indica el camino”. Ella es la peregrina de la fe. Este camino interior es el que nos muestra quién es María: “La bienaventurada Virgen María avanzó en la peregrinación de la fe y conservó fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz”. El “punto de partida del itinerario de María hacia Dios” fue “el fiat mediante la fe”

“Para el hombre de hoy, la persona de María es de gran trascendencia, muy importante y significativa. Dadas las incertidumbres en las que vivimos, ante las amenazas y peligros reales que pasamos desde que se pone en juego la vida misma, la figura de María nos permite mirar con confianza y esperanza el sentido de la existencia humana, pues Ella es el eco y la carta escrita de parte de Dios a los hombres, del sentido que tiene la existencia establecido por Jesucristo. María ha hecho la experiencia de que “para Dios nada hay imposible”. Con su fiat, María se coloca del lado del acontecimiento de la salvación de Cristo y deja espacio para que Dios actúe. Ella se ha fiado de Dios y se ha puesto a su disposición. Y Dios ha tomado posesión de su corazón y de su vida”.

Monseñor Carlos Osoro, concluye su carta manifestando que “en este marco de la Anunciación, donde hay una expresión que es clave para todos los hombres: porque nada es imposible para Dios. En María se manifiesta, con toda su luz, la grandeza y la dignidad del hombre. En María se da, plenamente, el misterio del encuentro entre la gracia y la libertad. La grandeza de María la reconoce su Hijo, cuando grita una mujer en medio de la gente: “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron” y Él responde: “Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan” El ajuar auténtico de María es la gracia. Ella es la “llena de gracia”. Esta gracia de Dios, de la que María ha sido colmada, es también una gracia de Cristo, “es la gracia de Dios dada en Cristo”. La gracia de Dios es el don de sí mismo, es su presencia. María, en el Magníficat, atribuye a la gracia todo lo que de extraordinario está ocurriendo. ¡Atrévete a dejar que la gracia llene tu vida! Hay un icono oriental, el de la “Toda Santa” o de la Paanaghia, que lo expresa: la Madre de Dios en pie, con los brazos elevados, en actitud de apertura y acogida; el Señor está con Ella, en forma de un niño regio, que se hace visible transparentado en el centro de su pecho. Es como si nos dijese la Virgen: ¡mirad lo que Dios hizo en mí! Con su gracia y amor, si tú dejas que ocupe tu vida, te convierte en transparencia suya en medio de los hombres.”.



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