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Carta del arzobispo de Santiago, Julián Barrio: “Hagamos nosotros lo mismo”

 Carta del arzobispo de Santiago, Julián Barrio: “Hagamos nosotros lo mismo”

 Carta Pastoral en la Jornada del Enfermo 2013

Queridos diocesanos: La Jornada del Enfermo es una ocasión providencial más para mostrar mi afecto y mi cercanía a los que sufren. En esta ocasión el trasfondo de esta Jornada está iluminado por la parábola de Buen Samaritano. San Clemente de Alejandría comenta: “¿Quién podría ser este samaritano sino el Salvador mismo? ¿Quién ha tenido más piedad de nosotros que estábamos para ser asesinados por los dominadores de este mundo de tinieblas con tantas heridas, miedos, pasiones, iras, dolores, engaños y placeres? De todas estas heridas el único médico es Jesús. Es él que vierte sobre nuestras almas heridas el vino que es su sangre de la viña de David; es él que da copiosamente el óleo que es la piedad del Padre”[1].

Esta parábola, como escribió el beato Juan Pablo II, pertenece al Evangelio del sufrimiento, indicándonos cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido pasar de largo, con indiferencia, sino que debemos pararnos junto a él, no movidos por la curiosidad sino motivados por la disponibilidad. El Buen Samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, que se conmueve ante el sufrimiento y la desgracia del prójimo. En no pocas ocasiones es posible que nuestra compasión sea la única o principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad, ofreciendo nuestra ayuda con todo el corazón, dándonos a nosotros mismos al abrir nuestro yo al otro, y no ahorrando ni siquiera medios materiales. No podemos encontrar nuestra propia plenitud si no nos entregamos sinceramente a los demás[2].

“Vete y haz tú lo mismo”. El amar al prójimo es una consecuencia de que Dios nos ha amado primero. Nosotros no amamos al prójimo para que Dios nos ame, sino porque Dios nos ha amado. Al contenido de esta parábola hemos de darle vida en el acontecer de nuestra existencia, preocupándonos especialmente por los que nos necesitan. “El Año de la fe será una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. La fe y el amor se necesitan mutuamente.  Muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido porque en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado y es su mismo amor el que nos impulsa a socorrerlo, cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida”[3].

Cristo se comprometió con el sufrimiento humano. Él asumió este sufrimiento en si mismo. Curaba los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a personas que habían muerto. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto al del cuerpo como al del alma, indicándonos la importancia de la presencia de los otros para el que sufre. Sin la presencia de los que nos aman, sufrir sería inhumano al no escuchar otra cosa que los ecos de la muerte.

La enfermedad ayuda a conseguir el espíritu de agradecimiento, la práctica de la caridad de benevolencia, y un sentido primordialmente apostólico y evangélico que repara la ingratitud ante el Amor redentor de Cristo. “Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito”[4].

La caridad cristiana es una exigencia fundamental del Evangelio. “Vete y haz tu lo mismo”. “Este mandato tiene por objeto el amor que brota de un corazón limpio, de una buena conciencia y de una fe sincera. Algunos se han desviado de estas cosas y se han vuelto a una vana palabrería; pretender ser maestros de la ley, cuando no saben lo que dicen ni entienden lo que rotundamente afirman” (1Tim 1,5-7).  En la sobreabundancia de la obra de misericordia se encuentra el sello de Cristo, evocándonos el “amarás con todo tu corazón” no sólo a Dios sino también al prójimo.

“El Año de la fe que estamos viviendo constituye una ocasión  propicia para intensificar la diaconía de la caridad en nuestras comunidades eclesiales, para ser cada uno buen samaritano del otro, del que está a nuestro lado”[5]. Ayer y hoy en la historia de la Iglesia son muchos los ejemplos y testimonios de hombres y mujeres que han ayudado a las personas enfermas a valorar el sufrimiento desde el punto de vista humano y espiritual. Hemos de hacer el bien al que sufre y hemos de hacer el bien con el propio sufrimiento. También en los que sufren buscamos ayuda y apoyo. La Iglesia siente la necesidad de recurrir al valor de los sufrimientos humanos para la salvación del mundo.“Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana”.

                   Mi reconocimiento y agradecimiento a los profesionales de la medicina y a los voluntarios, sacerdotes en general y capellanes en particular de los centros hospitalarios, miembros de vida consagrada y laicos,  que atienden con tanta disponibilidad y generosidad a los enfermos, cuidando la vida y llevando serenidad y esperanza a los enfermos.  

                   Os saluda con afecto y bendice en el Señor,

 

 

                                                        + Julián Barrio Barrio,

                                               Arzobispo de Santiago de Compostela.



[1] SAN CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Quis dives, 28.

[2] Cf. JUAN PABLO II, Carta “Salvifici doloris”, 28.

[3] BENEDICTO XVI, Porta fidei, 14.

[4] BENEDICTO XVI, Spe salvi, 37.

[5] Ibid., 4.



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