Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del arzobispo de Santiago de Compostela, Julián Barrio, en la Jornada “Pro Orantibus”

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Carta del arzobispo de Santiago de Compostela, Julián Barrio, en la Jornada “Pro Orantibus”

“Centinelas de la oración”

Queridos Miembros de Vida contemplativa:

Estamos celebrando el Año de la fe que el papa Benedicto XVI convocó “para reforzar nuestra fe en un contexto que parece relegarla cada vez más a un segundo plano”. En efecto, vivimos en un mundo en el que no resulta fácil creer. Nuestra sociedad pretende organizarse al margen de toda referencia religiosa y trascendente, y cree bastarse a sí misma sobre una base enteramente profana. Esta situación nos plantea cómo encontrar todavía razones para creer en un mundo donde van desapareciendo los puntos de referencia y diluyéndose las instituciones religiosas, cómo hacerlo en el contexto de una crisis en la que la fe cristiana se ve rodeada de fuertes objeciones, y cómo atravesar esta “noche de la fe” sin perder el ánimo en nuestro peregrinar. Una respuesta posible a estos interrogantes la podemos encontrar siendo “centinelas de la oración”, según el  lema de la Jornada Pro Orantibus de este año.

En un gesto de reconocimiento agradecido al papa Benedicto XVI, tomamos como motivo de la reflexión que quiero compartir con vosotros, la invitación que nos hacía en la Jornada de la Vida Consagrada celebrada en Roma, pocos días antes de anunciar su renuncia. En su homilía dijo a todos los consagrados que para poder entrar por la “puerta de la fe” era necesario alimentar una fe capaz de iluminar la vocación de cada uno; vivir una fe que sepa reconocer la sabiduría de la debilidad; y renovar la fe que hace ser a los consagrados “peregrinos hacia el futuro”.

 

Peregrinación interior

Os exhorto, decía, a recordar como en una peregrinación interior, el “primer amor” con que el Señor Jesucristo ha encendido vuestro corazón, no por nostalgia, sino para alimentar esa llama. Para conseguirlo es necesario estar con Él, en el silencio de la adoración”.

Es importante hacer silencio en nuestro interior para escuchar a Dios, teniendo como referencia a la Virgen María, “modelo insuperable de contemplación y ejemplo admirable de interioridad fecunda”. A veces vamos a la oración y nuestro pensamiento es ajeno a lo que estamos haciendo. Dios está dentro y nosotros fuera, distraídos con nuestras cosas. San Agustín intuía ya ese peligro de “vaciarnos” cuando nos advierte: “No te desparrames por afuera, vuelve a ti mismo, pues en tu interior habita la verdad”.

Precisamente en el silencio exterior, pero sobre todo interior, es como logra la persona percibir la voz de Dios. Nos encontramos con el riesgo de vivir en una sociedad en la que cada espacio, cada momento, parece que deba “llenarse” de iniciativas, de actividades, de ruidos. Esto hace más difícil encontrar aquel recogimiento en donde el alma logra estar plenamente ocupada en Dios para orientar la existencia. “No tengamos miedo de hacer silencio fuera y dentro de nosotros si queremos ser capaces no sólo de percibir la voz de Dios, sino también la voz de quien está a nuestro lado, la voz de los demás”[1]. El secreto de la vocación está en la relación con Dios, en la oración que crece justamente en el silencio interior, y en la capacidad de escuchar a Dios en el momento de decidir, y después de la decisión, si se quiere ser fiel y perseverar en la vocación recibida.

Nuestra vida cotidiana debe ser un encuentro con Dios de forma que lo que creemos se contraste en el día a día de nuestro compromiso vocacional[2]. Fe y vida se exigen recíprocamente, y una sostiene la otra. Solo así seremos “signos vivos de la presencia del Resucitado en el mundo”[3]. Siguen siendo actuales las palabras del entonces Cardenal Ratzinger cuando en el 1989 afirmaba: “la apostasía de la edad moderna se funda sobre la caída de una verdadera fe en la vida de los cristianos”. Considero necesario que, especialmente durante este Año de la fe, hagamos un alto en nuestro peregrinar para verificar nuestra fe.

La sabiduría de la debilidad

En segundo lugar, os invito a una fe, decía el Papa, que sepa reconocer la sabiduría de la debilidad […]. En la sociedad de la eficiencia y del éxito, vuestra vida, caracterizada por la “minoridad” y la debilidad de los pequeños…, se convierte en un signo evangélico de contradicción”.

Sólo desde el interior de la fe se puede afrontar el desafío que la misma fe supone. A la luz de la Palabra de Dios podemos ver cómo también el momento más sombrío en la historia del pueblo de Dios se convirtió en el más fecundo, el más “creativo”, tanto en el plano de la vida espiritual como en el de la fe y el pensamiento teológico. El exilio del pueblo judío que siguió a la desintegración nacional del año 587 a.C. y que duró unos cincuenta años, supuso para los creyentes en Israel, una larga travesía de oscuridad. Desaparecieron la Monarquía, el Templo, el Sacerdocio… Jerusalén no era más que un montón de ruinas. El pueblo elegido, deportado, dispersado, ya no sabía en quién confiar. Pero Yahvé se manifestaba en el silencio.

El pueblo de Dios tuvo que caminar a tientas en la noche. La Palabra de Dios ya no descendía de las alturas fulgurantes del Sinaí; tan sólo emergía de las profundidades del “corazón quebrantado”. A partir de esa pobreza esencial, los hijos de Israel fueron invitados a redescubrir la Alianza, inscrita ahora en el corazón. Cuando Dios se calla en la historia del mundo es cuando hay que prestar mayor atención. Es la hora en que quiere hablar al corazón de cada ser humano: “Me la llevaré al desierto, y allí le hablaré al corazón” (Os 2,16). Lo importante en esos momentos es saber escuchar con el corazón. “Es en el silencio de la noche donde se eleva el canto de las fuentes”.

Es una manifestación más de cómo incluso las debilidades e imperfecciones se convierten en “una puerta por la que Dios entra en nuestra vida”. En efecto, dice el Prior de la Grande Chartreuse, “nuestra vida es muy simple, a veces banal. Es verdad, buscamos un absoluto, pero debemos sobre todo aprender a vivir con nuestra humanidad y creer, aunque no veamos nada, que Dios realiza algo en nuestra propia vida”.

Lo que muchos creyentes viven hoy en su itinerario de fe tiene relación con esta experiencia del pueblo de Israel. Es cierto que las situaciones son muy distintas. Pero también nosotros nos damos de bruces con “ese extraño secreto en el que Dios se ha retirado”, como decía Pascal, y estamos invitados a reencontrar el camino de nuestro “corazón quebrantado” para redescubrir en él la Alianza. La experiencia bíblica, en lo que tiene de esencial, se presenta como una profecía de nuestro devenir espiritual. Nos enseña que necesitamos una purificación de nuestra fe “para reanimarla, para confirmarla y para confesarla”[4].

 

Peregrinos hacia el futuro

El Papa os invitaba finalmente “a renovar la fe que os hace ser peregrinos hacia el futuro. Por su naturaleza la vida consagrada es peregrinación del espíritu, en búsqueda de un Rostro que algunas veces se manifiesta y otras se vela (cf Sal 26,8). Que éste sea el anhelo constante de vuestro corazón y el criterio fundamental que oriente vuestro camino, tanto en los pequeños pasos cotidianos como en las decisiones más importantes”.

En esperanza fuimos salvados, dice San Pablo a los Romanos y también a nosotros[5]. Hace años, un periódico francés se promocionaba con este “slogan”: “Los demás ven la vida en negro; nosotros vemos razones para esperar”. Los cristianos hemos de ver las cosas desde la benevolencia de Dios, es decir desde la perspectiva teologal. El “designio de benevolencia” de Dios (cf. Ef. 1,9), que el apóstol Pablo califica también de “beneplácito de su voluntad”, es definido como “el misterio” de la voluntad divina, antaño oculto y manifestado ahora en la obra de Cristo. Nuestras razones para esperar se arraigan en el ser mismo de Dios: “La iniciativa divina precede a toda respuesta humana: es un don gratuito de su amor, que nos envuelve y nos transforma”[6].

Nuestra vida está hecha de esperanza, aunque hay veces que perdemos de vista lo verdaderamente importante, y desesperamos. Así la Iglesia nos ayuda cada año a permanecer atentos y esperar con ilusión la llegada de Jesús y a celebrar su resurrección para que ni el tiempo ni la rutina nos desanimen. Nos orienta a este respecto la aparición de Jesús a sus discípulos reunidos, narrada en el Evangelio de San Juan (Jn 20,19-23). El Resucitado dinamiza, anima y consuela a los apóstoles que están asustados, en desconcierto interior, sin esperanza. No faltan situaciones parecidas en nuestra Iglesia y en ella, dentro de la vida religiosa. El Papa Francisco exhortaba a los cardenales a no dejarse vencer por el pesimismo y el desánimo, porque esa es la tentación del espíritu del mal. Y en la homilía de inicio de su pontificado decía: “También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza… La esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios… está fundada sobre la roca que es Dios”.

Dar testimonio del Resucitado supone ser capaces de volver a encontrar el verdadero sentido de nuestros gestos concretos de cada día, más allá de la repetición mecánica y regular, para revivirlos en un dinamismo de búsqueda y de encuentro con el Señor Resucitado: “Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como lo había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id a prisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis” (Mt 28, 5-7). El encuentro debe acontecer en la “cotidianidad” de nuestra vida.

Me uno en oración a todos vosotros, contemplativos y contemplativas, pidiendo al Señor que recorráis “el camino de la fe para iluminar, de manera cada vez más clara, la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo”[7], pues “sólo en Él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero”[8]. El Año que estamos viviendo es una invitación apremiante a atravesar la Puerta de la fe, a considerarnos peregrinos en la noche, y a ponernos en camino para encontrar a Aquel que

 

 

 

 

 

 

 

 

nunca buscaríamos si no hubiese venido él antes a buscarnos, como decía San Agustín. Acojamos esta invitación hecha a través del lema de  la Jornada: “Centinelas de la Oración”, mirando sólo al rostro de Dios y dejando cantar al corazón en su propio lenguaje, como escribió Paul Claudel, y fijándonos en María, la Virgen orante.

Con todo agradecimiento y bendición en el Señor,

 

 

 

+ Julián Barrio Barrio,

Arzobispo de Santiago de Compostela.

 

 



[1] BENEDICTO XVI, Homilía en Sulmona, 4-7-2010.

[2] Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 43.

[3] BENEDICTO XVI, Porta fidei,15.

[4] PABLO VI, Exhort. Ap. Petrum et Paulum Apostolos, 1967.

[5] Cf. BENEDICTO XVI, Spe salvi, 1.

[6] Cf. BENEDICTO XI, Audiencia del 5 de diciembre de 2012: “El Año de la fe. Dios revela su designio de benevolencia”.

[7] BENEDICTO XVI, Porta fidei, 2.

[8] Ibid., 15.

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