Adviento 2013 Carta del Obispo Especiales Ecclesia Iglesia en España

Carta del arzobispo de Santiago de Compostela, Julián Barrio, ante el Adviento 2013

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 Carta del arzobispo de Santiago de Compostela, Julián Barrio, ante el Adviento 2013: ¡Preparemos los caminos del Señor!

El Hijo de Dios se hizo hombre para que conociésemos el amor de Dios, afirma el Catecismo de la Iglesia católica. Desde entonces, el Señor ha querido que lo encontráramos también en cada hombre. Esta es una referencia para entender, preparar y vivir la Navidad, celebrando con gozo el nacimiento de Jesús. Él vino, viene y vendrá a nosotros pero sólo lo encuentra aquel que se deja encontrar en el camino hacia Él.

La parábola que ilumina de manera especial este tiempo de Adviento, tiempo de esperanza y de promesas vividas en un una espera activa e ilusionada, es la de las diez vírgenes: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro”! (Mt 25,6). La Iglesia nos pide estar atentos y vigilantes. Lo contrario de estas actitudes es la desesperación de quien no espera nada en el futuro, y el sueño espiritual de quien espera algo pero no hace nada por ir al encuentro de lo que espera. La exhortación de san Pablo es muy elocuente: “Ya es hora de despertarnos del sueño” (Rom 13,11). La somnolencia espiritual va alejando de Dios a la persona sin que ésta tome conciencia de ello.

La gran riqueza del amor de Dios

El nacimiento del Hijo de Dios ha sido el gran acontecimiento en nuestra historia al llegar la plenitud de los tiempos. Esto nos ha de motivar a celebrarlo viviendo con intensidad espiritual, y superando todo aquello que pueda dificultar ese encuentro con el Dios, hecho hombre, en nuestra historia personal. Dios ha querido hacerse cercano a nosotros. Es el Dios con nosotros. ¡Cómo contrasta por nuestra parte ese afán de distanciarnos de Él e ignorarlo, perdiendo el sentido religioso en nuestra vida! ¡Tratar de autoafirmarnos a través de la indiferencia con Dios es no apreciar el amor con que Él nos ama! No vivir la experiencia de su amor, nos aleja de los demás y nos encierra en nuestro propio egoísmo. Hemos de volver a Dios para volver al hombre. La gran riqueza que tenemos es su amor para compartirlo con los demás porque “lo esencial del cristianismo es el encuentro que Dios ha hecho del hombre en Cristo”[1]. El “abajamiento” del Hijo de Dios (cf. Fil 2,6-11) identifica el amor cristiano con el misterio de la cruz, y el amor sincero a Dios y al hombre por Cristo con el sacrificio propio, humilde y generoso. El Verbo se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina”, asumiendo la pobreza y la debilidad de la finitud humana. En los momentos de fatiga humana y espiritual hemos de mantener la mirada en Jesucristo encarnado, aprendiendo en Él la verdadera humanidad, pues sólo así descubriremos esa cercanía de Dios con nosotros y sentiremos la necesidad urgente de acercarnos a los demás con lo que somos y tenemos.

La luz de la fe

Mirar con los ojos de la fe al Niño Dios en Belén fortalece nuestra fraternidad y nuestra esperanza. “La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida común. La fe no aparta del mundo ni es  ajena a los afanes  concretos de los hombres de nuestro tiempo. Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres…. La fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades para que avancen hacia el futuro con esperanza”[2]. Los cristianos llevamos en nosotros mismos­ la vida del Señor resucitado que hemos de testimoniar con las palabras que decimos, con el espíritu cristiano con que vivimos, con las obras de caridad que realizamos. Sólo así seremos sal de la tierra, luz del mundo (Mt 5, 13), y buen olor de Cristo (2 Cor 2, 15). La insolidaridad y la injusticia, el hedonismo y la corrupción, el fanatismo y la dureza de corazón, la avaricia y la codicia, el egoísmo y el odio son idolatría que nos impide ver esa presencia de Dios en el otro y tener entrañas de misericordia con él. La pobreza del Niño Dios en su nacimiento nos está indicando que cuando tengamos que pasar por la puerta estrecha que lleva a la vida (Mt 7,14), una causa que nos puede impedirlo es aquello que llevamos y que pertenece a los demás, y aquello que nos es propio y que no lo hemos compartido. Día a día quienes lo están pasando mal, esperan nuestra cercanía y ayuda. ¡No seamos indiferentes! ¡Cada cual según sus posibilidades vea la forma de responder a las necesidades de los demás! El amor es el único camino que humaniza al hombre de ayer, hoy y mañana.

Gloria de Dios y temor del hombre

El misterio nos fascina y nos sobrecoge a la vez. En aquella noche la gloria de Dios envolvió de claridad a los pastores y éstos se llenaron de gran temor pero el ángel les dijo: “No temáis, os anuncio una gran noticia que será de gran alegría para todo el pueblo” (Lc 2,10). Reconocer al Hijo de Dios hecho hombre es tomar conciencia de nuestra salvación, de que es grande la dignidad humana, y de que el sentido de nuestra vida lo encontramos cuando de verdad servimos a los demás dando gloria a Dios. ¡”Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!” (Lc 2,14). Este mensaje de los ángeles en Belén ha de seguir resonando hoy en el acontecer de nuestras vidas. En este sentido el cristiano siempre ha de tener la sensibilidad humana y espiritual que de alguna forma se hace más patente en estos días. ¡Siempre es Navidad! ¡Feliz Navidad!

          

                Os saluda con afecto y bendice en el Señor,

 

                                           

+ Julián Barrio Barrio,

Arzobispo de Santiago de Compostela



[1] O. GONZALEZ DE CARDEDAL, Raíz de la esperanza, Salamanca 1995, 349.

[2] FRANCISCO, Lumen fidei, 51.

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