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Carta del arzobispo de Oviedo por el Corpus Christi 2013

Carta del arzobispo de Oviedo por el Corpus Christi 2013

De hambres y de hombres. El Pan de Dios. Solemnidad del Corpus Christi (Lc 9,11-17). 2 de junio de 2013

Hay procesiones que van por dentro, y las hay que van por fuera. Hay incluso algunas que yendo por dentro, no se pueden disimular en las afueras. Así sucede con esa doble procesión: la de Jesús en la Eucaristía y la de los pobres con sus pobrezas. La fiesta del Corpus Christi significa que Jesús ha venido a saciarnos las hambres, todas esas hambres en las que nos dejan vacíos, en medio de una abundancia rabiosamente insuficiente. Cuando una muchedumbre hambrienta se abalanzó sobre los discípulos y ellos les querían despedir para que no les complicasen la vida ni les aligerasen la bolsa. Jesús les provocó eso mismo: “dadles vosotros de comer”. No era un problema de Dios, nada más, no era un problema de las autoridades únicamente. Era un problema de ellos, porque aquella hambre, Jesús se la confiaba a sus discípulos. Ellos pusieron la poquedad de unos panes y peces, y con eso el Señor repartió su grandeza hasta la saciedad.

Jesús viene como el Pan definitivo que el Padre envía, para saciar el hambre más profunda y decisiva: la del corazón, el hambre de vivir y de ser feliz. La carne y la sangre de la que habla Jesús no es una invitación a una extraña antropofagia, sino un modo plástico de indicar que Él no es un fantasma, sino alguien vivo. Y su Persona viva es el Pan que el Padre da. Esto significa adherirse a Jesús, entrar en comunión de vida con Él, compartiendo su destino y su afán, ser su discípulo, vivir con Él y seguirle.

Pero atender a Jesús, seguirle, nutrirse en Él, no significa desatender y abandonar a los demás. Torpe coartada sería ésa de no amar a los prójimos porque estamos “ocupados” en amar a Dios. Jamás los verdaderos cristianos y nunca los auténticos discípulos que han saciado las hambres de su corazón en el Pan de Jesús, se han desentendido de las otras hambres de sus hermanos los hombres. Por eso comulgar a Jesús no es posible sin comulgar también a los hermanos. No son la misma comunión, pero no se pueden separar. Como decía aquel dicho puesto al revés para describir en buena medida a nuestro mundo aparentemente satisfecho: “dame un poco de hambre, que me estoy muriendo de pan”. Porque más allá del espejismo de tantas ofertas hinchadas, que el consumo nos sirve a domicilio y con facilidades de pago, que en la medida que más las acumulamos más vacíos nos dejan, está la realidad-real de las personas en esta sociedad del tener insolidario que deja triste nuestra alma y solo el corazón.

Jesús nos pregunta hoy en esta fiesta del Corpus Christi: ¿de qué tienes hambre? ¿cómo la sacias? Dos mil años después la humanidad sigue teniendo hambre en tantos sentidos. Y dos mil años después unos responden entreteniendo, distrayendo las hambres del cuerpo y las del alma. Jesús no fue un demagogo sino que fue a la raíz del problema: Yo soy el Pan de vuestra vida. Y desde ese ejemplo de quien va por delante, nos dijo y nos dice: ahora, darles vosotros de comer. Cambia el escenario, pero el drama sigue siendo el mismo, como es la misma su feliz resolución.

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo



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