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Carta del arzobispo de Mérida-Badajoz, Santiago Aracil, con motivo del Día del Seminario

Carta del arzobispo de Mérida-Badajoz, Santiago Aracil,                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        con motivo del Día del Seminario

¿Sé de quién me he fiado?

Con motivo de los acontecimientos extraordinarios que han puesto a la Iglesia en las portadas de los medios de comunicación surgen espontáneamente las preguntas acerca de su identidad, de su lugar en el mundo, de su situación actual, de su futuro,  de lo que supone y exige su constante actualización para dialogar con el hombre de hoy, de la función y de los límites de su presencia y actuación en nuestra sociedad; y muchas otras preguntas que obedecen a las características de los diferentes grupos y formas de pensar dentro y fuera de la Iglesia.

No es posible ni realista pretender una respuesta a estas cuestiones que sea sencilla, fácilmente inteligible, con validez  universal y que esté al alcance de las diversas edades y ambientes. Debemos entender que los grandes interrogantes acerca de la Iglesia no están lejos de las preguntas y las dudas que manifestaron a Jesucristo sus contemporáneos. Jesucristo, el Hijo Unigénito del Padre, encarnado en las purísimas entrañas de la Virgen María, es Dios y hombre. La Iglesia, fundada por Jesucristo como presencia activa de su obra redentora,  es divina y humana.

Esta doble dimensión celestial y terrena da lugar a muchas paradojas; son aquellas que derivan del misterio que supone la verdad permanente de Dios y de las realidades divinas, en contraste con las categorías de pensamiento, con las referencias culturales de cada tiempo, y con las limitaciones de lo humano. En el caso de la Iglesia, la paradoja es mayor y no deja de ocasionar una explicable confusión. Al contraste entre la dimensión divina y la humana se unen las dificultades que derivan de los defectos de quienes integramos la Iglesia; sobre todo, si son atribuibles a quienes la presiden o la representan de modo especial.

Cuando consideramos todos estos contrastes, y constatamos la creciente presión de la cultura de lo fácil, de lo instintivo, de lo convenido socialmente, de lo material, del desprecio de lo que no es apodícticamente demostrable y de lo que adecue con los sentimientos, podemos llegar al aturdimiento ante los problemas que ello comporta; e incluso podemos llegar a cierto pesimismo respecto de la aceptación de la trascendencia y de la verdad de Dios y del ser humano que constituyen el núcleo del mensaje de Jesucristo.

Ante esta situación surge otra pregunta: Si el Evangelio nos muestra la Verdad de Dios y su relación salvífica con  el hombre, ¿qué hacer para que sea creíble hoy y llegue a cuantos lo necesitan? ¿Cómo presentar el misterio resultante de la conjunción entre lo divino y lo humano que se hace presente en Jesucristo y en la realidad terrena del hombre y su vocación sobrenatural desde el principio? Lo primero ha de ser, por necesidad, que haya personas de fe auténtica y conocedores de la realidad del mundo para el que deben ser apóstoles de la verdad; personas valientes para darlo a conocer en ambientes difíciles y muchas veces hostiles. Pero, ¿quiénes son esas personas? ¿A quién podemos acudir? ¿A quiénes podemos pedir responsabilidades en este quehacer?

La respuesta nos la ofrece el Papa Benedicto XVI de feliz memoria. En la carta con  la que convocó el Año de la Fe decía: “La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlo al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud”.                                                                           

De estas palabras   se deduce claramente que la responsabilidad evangelizadora no  corresponde en exclusiva  a nadie. El sujeto agente de la evangelización es la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Todos los cristianos hemos sido elegidos, ungidos en el Bautismo y enviados a ser testigos de la Verdad, a hacer discípulos de Jesucristo, a sembrar la esperanza cuyo fundamento es el amor infinito que Dios nos tiene.

Pero no cabe duda de que el Papa acentúa la necesidad de una acción especial  que corresponde a los Pastores. Los Pastores son quienes participan del Sacerdocio de Jesucristo y han sido puestos en la Iglesia  para predicar el Evangelio a todas las gentes, para celebrar los Misterios del Señor. Hoy para acompañar y presidir en la caridad a las distintas comunidades cristianas. Y hoy nos encontramos con que nos faltan suficientes Pastores para cumplir esa misión.

Por la fe sabemos que el Señor no deja de llamar a los que ha elegido para ese ministerio. Pero da la impresión de que no se percibe esa llamada y de que, por tanto, no se le da la respuesta adecuada.  ¿Qué hacer, pues, ante esta realidad?

La tarea es compleja y amplia. Corresponde a distintas personas relacionadas con los niños y los jóvenes en los distintos momentos y ambientes en que viven. En este quehacer están implicados, por tanto, los padres, los educadores cristianos, los catequistas, los responsables de los Movimientos y Asociaciones  de apostolado y, cómo no, los mismos sacerdotes.

No voy a entretenerme enumerando formas de actuar propias de cada uno de los implicados. Basta con que me refiera a una que nos incumbe a todos de modo indeclinable. Es necesario recordar previamente las palabras de Dios que nos transmite el profeta Jeremías: “Os daré pastores según mi corazón” (Jr 3, 15). La promesa divina no deja lugar a dudas: Dios sigue llamando. Por otra parte sabemos que Dios actúa a través de mediaciones humanas. Esto nos implica a todos de nuevo en algo que está a nuestro alcance: la oración confiada y  persistente. San Pablo explica su confianza plena en el fruto de la misión que se le ha encomendado, diciendo: “Sé de Quién me he fiado” (2 Tim. 1, 12).

Al celebrar el Día del Seminario debemos tomar conciencia del valor de la oración como inicio y seguimiento de lo que a cada uno corresponde, según el lugar que ocupe en relación con los posibles llamados al sacerdocio. Por eso, con la fe que ha de acompañar a la oración, debemos intensificar nuestra súplica al Todopoderoso para que nos conceda la gracia de cumplir lo que a cada uno corresponda en el descubrimiento de la vocación para el Sacerdocio ministerial, y en las diversas  ayudas posibles para su cultivo y fortalecimiento.

Por todo ello, desde estas líneas quiero recordar mi insistencia en la celebración de los “Jueves eucarísticos y vocacionales”: días especialmente destinados a orar por aquellos a quienes el Señor llama para que ejerzan su ministerio sagrado. Desde el primer Jueves santo, la tradición cristiana ha entendido la íntima vinculación entre la Eucaristía y la institución del  Sacerdocio en la persona de los Apóstoles. Al mismo tiempo quiero insistir en la oportunidad de que, al terminar la Comunión en la Eucaristía de los Domingos, se recite la oración compuesta para ese fin.

Sabemos que Dios no defrauda a quienes acuden a Él. El Seminario va recibiendo jóvenes que se sienten de algún modo llamados al Sacerdocio. Demos gracias a Dios y mantengámonos firmes y confiados en la oración. Los cristianos debemos vivir de a cuerdo con la fe que profesamos. Y, de acuerdo con ella, debemos tener presente quién es aquel de quien nos hemos fiado o de quien debemos fiarnos cada día más.

                                    Santiago. Arzobispo de Mérida-Badajoz



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