Revista Ecclesia » Carta del arzobispo de Burgos: «¡Seamos santos e irreprochables por amor!»
Carta pastoral de Mario Iceta
Cartas de los obispos

Carta del arzobispo de Burgos: «¡Seamos santos e irreprochables por amor!»

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, en la víspera de la solemnidad de todos los Santos, recordamos la petición con la que el Señor –a través del apóstol san Pablo– nos miró delicadamente a los ojos para suplicarnos, con entrañas de misericordia, que seamos «santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef 1,4). Porque Él es santo.

Todos estamos llamados a la santidad, y el Señor no espera de nosotros que nos conformemos con una existencia vana, vulgar y vacía de amor. La llamada está repleta de nombres, de miradas y de rostros; y Su voz está dirigida tanto para quienes ya disfrutan de la presencia del Padre como para aquellos que están a la espera, en el umbral de la esperanza.

El Espíritu Santo «derrama santidad por todas partes» y «cada santo es una misión», un proyecto del Padre «para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio», tal y como revela el Papa Francisco en la exhortación titulada Gaudete et exsultate.

Cuanto más grande sea el amor depositado en nuestras manos, con más fuerza nos pedirá el Señor que sostengamos su propio cuerpo. Él lo pide todo. Y lo hace en pos de una existencia henchida en plenitud por Su presencia. Mientras, Él nos ofrece el mayor tesoro: la felicidad para la cual fuimos creados.

«En la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos», confesaba santa Teresa Benedicta de la Cruz, carmelita descalza asesinada en Auschwitz, pues a través de muchos de ellos se construye la verdadera historia. Sin embargo, «la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible», de modo que «los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia». Un detalle que nos recuerda la importancia del servicio callado, de la fe que –en silencio– permanece inmarcesible y de la humildad que abre las puertas que la soberbia cierra.

Ciertamente, todos estamos llamados a ser testigos, pero «existen muchas formas existenciales de testimonio», revela el teólogo suizo von Balthasar, en su obra Teología y santidad. Un misterio que nos recuerda que para ser santos «no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos», como expresa el Santo Padre en su exhortación sobre la llamada a la santidad en el mundo actual. «Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración», pero «no es así», insiste el Papa… Todos estamos llamados a ser santos «viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra».

Jesús, quien tenía bajo sus pies el poder y la gloria, no hizo alarde de su categoría de Dios, nos dice San Pablo (Flp 2, 6-11). Al contrario, explicó con toda sencillez en qué consistía la santidad por medio de las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23): «En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas» (Gaudete et exsultate, 63).

La santidad «no es sino la caridad plenamente vivida», tal y como señaló el Papa emérito Benedicto XVI, en una Catequesis pronunciada en abril de 2011. La santidad, por tanto, no te hace menos humano, sino todo lo contrario: en medio de la fragilidad y de la sequedad del corazón, el Padre infunde esa gracia que te hace comprender el dolor del hermano para hacerlo más personal, más fraterno, más tuyo. Y solo así, encarnándonos en aquellos lugares donde la misericordia grita «como una mujer con dolores de parto» (Rom 8, 22), conseguiremos que la gracia del Bautismo fructifique en un camino de santidad.

Queridos hermanos y hermanas: seamos santos y humildes de corazón, entregándolo todo por amor, sin llevar las cuentas de nuestras obras. Esta misión solo se entiende desde Cristo: muriendo y resucitando, con Él y en Él, en la patena del altar y en las cunetas de la historia, en el alma herida de nuestros hermanos más desfavorecidos.

Que este camino, recorrido de la mano de la Virgen María, nos anime a transitar, con Ella, cada una de las bienaventuranzas de Jesús. Nuestra meta es el Cielo. Caminemos, pues, siguiendo la huella de la Sagrada Familia de Nazaret para que Su alegría esté en nosotros, y nuestra alegría llegue a plenitud (Jn 15,11).

Con gran afecto, os deseo un feliz día de Todos los Santos.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos



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