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Cartas de los obispos

Carta del arzobispo de Barcelona, cardenal Omella: «La Pascua de Santa María»

Este año la solemnidad de la Asunción de Santa María, conocida popularmente como la «Virgen de agosto», cae en domingo. Es una razón adicional para decir que es la fiesta mayor de María, la madre del Señor. Y es muy significativo que en este día una gran parte de municipios de nuestra tierra celebren su fiesta mayor anual, o al menos la «fiesta mayor de verano».

La Asunción de la Virgen María a la gloria en cuerpo y alma, dogma de fe definido por el papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950, es una fiesta antiquísima que se celebra conjuntamente en Oriente y en Occidente. María es la madre que invita a todos sus hijos a alabar a Dios, a pesar de las heridas, las incomprensiones y las rupturas generadas a lo largo de la historia de la Iglesia. Por eso el Concilio Vaticano II, en su constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, dirá: «Es motivo de gran gozo y consuelo para este santo Concilio el que también entre los hermanos separados no falten quienes tributan el debido honor a la Madre del Señor y Salvador, especialmente entre los Orientales.» (LG 69).

El teólogo Max Thurian, de la comunidad ecuménica de Taizé, en su libro María, Madre del Señor, figura de la Iglesia (1965), escribía que «antes que ser un motivo de división, la reflexión cristiana sobre el papel de la Virgen María es para nosotros un motivo de alegría y una fuente de oración». María nos puede ayudar a favorecer el encuentro y la reconciliación entre todos aquellos que consideramos a Jesucristo como Señor y Salvador.

La Asunción de la Virgen implica su glorificación y acrecienta la esperanza de la resurrección en Cristo. Aquella que concibió el Verbo de Dios por obra del Espíritu Santo ha sido asunta en cuerpo y alma, en su condición materna y virginal, a la gloria del Hijo. Por ello, es bien adecuada la denominación de esta fiesta como la Pascua de María.

Queridos hermanas y hermanos, alegrémonos en el Señor en esta fiesta de la exaltación de Santa María, que es también para nosotros un constante motivo de esperanza, a pesar de las dificultades de este momento. Os invito a disfrutar y a orar, ya que como nos recuerda el Concilio Vaticano II tenemos en Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, la mejor intercesora ante Jesucristo: «Ofrezcan todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia naciente, también ahora, ensalzada en el cielo por encima de todos los ángeles y bienaventurados, interceda en la comunión de todos los santos ante su Hijo hasta que todas las familias de los pueblos, tanto los que se honran con el título de cristianos como los que todavía desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad.» (LG 69).

Santa María, asunta en el cielo, intercede por nosotros que estamos en esta entrañable tierra, pero también valle de lágrimas, y ayúdanos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

† Card. Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona



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