Carta del Obispo Iglesia en España

Carta del arzobispo castrense de España, Juan del Río, ante la Visita ad Limina

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Carta del arzobispo castrense de España, Juan del Río, ante la Visita ad Limina

Los obispos españoles estaremos del 24 de febrero al 8 de marzo en Roma para venerar los sepulcros de los santos apóstoles  Pedro y Pablo y encontrarnos  con el Sucesor de Pedro, el Obispo de Roma como marcan los cánones 399 y 400.

No es un simple acto jurídico-administrativo, sino es un acto eclesial de fortalecimiento de la responsabilidad de los sucesores de los Apóstoles y de la comunión jerárquica con el Papa. Con ello se promueve y se favorece la comunión entre la Iglesia particular y la Sede Apostólica con un intercambio de informaciones y un compartir la solicitud pastoral acerca de los problemas, experiencias, sufrimientos y proyectos de trabajo y de vida.

La huella de una primera visita “ad limina” la encontramos en la carta de san Pablo a los Gálatas, donde se habla de su conversión y del camino que ha tomado de evangelizar a los gentiles: “después… fui a Jerusalén para consultar a Cefas, y permanecí junto a él quince días…” (1, 18). El mismo gesto lo repite una vez más catorce años después (cf 2, 2).

A partir del siglo IV son numerosos los testimonios que hablan de esta visita. Los primeros concilios trataron de las relaciones entre las Iglesias locales y la Iglesia de Roma. En mayo de 597, el Papa san Gregorio Magno (590-604) estableció la visita quinquenal de los obispos a la Santa Sede. El Concilio Romano del año 743 adoptó nuevas disposiciones sobre la visita “ad limina”. El Papa Pascual II (1099-1118) recordará la obligatoriedad de la visita para todos los obispos, aunque en la Edad Media se concedieron numerosas dispensas.

El Concilio de Trento se ocupó de la cuestión y fue incluida en el programa de reformas relacionadas con el ministerio pastoral de los obispos y llevada a cabo por los papas postridentinos. Durante el Concilio Vaticano I los obispos advirtieron la necesidad de introducir algunas innovaciones en el modo de efectuar la visita y la acomodación a la sociedad y a la Iglesia del siglo XIX, del cuestionario del informe previo que se debe enviar a Roma. Esto mismo sucederá tanto en la preparación como en la asamblea del Concilio Vaticano II. El 1 de enero de 1976, Pablo VI instauró una nueva praxis. Sin embargo, ha sido Juan Pablo II el que dio un impulso totalmente nuevo a la vista “ad limina”, que no tiene precedentes en la historia de la Iglesia, intensificando los encuentros con los obispos, discutiendo con ellos los problemas pastorales de sus respectivas diócesis y dándoles consejos y orientaciones en amplios discursos doctrinales.

La vista “ad limina”, no es una peregrinación más de los obispos a la ciudad de Roma. Se encuentra sustentada en dos principios clave eclesiológicos, por un lado tenemos la colegialidad, que como dice el Vaticano II: “como san Pedro y los otros Apóstoles constituyen, por voluntad del Señor, un único Colegio Apostólico, de igual modo el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles están unidos entre sí” (LG 22). El acto de entrevistarse oficialmente con el Papa y darle cuenta de la diócesis expresa una relación profunda de comunión jerárquica, afectiva y efectiva con aquel que es Cabeza visible y a la vez principio visible de unidad entre los obispos del mundo (cf. LG 23).

El otro elemento, es la íntima relación entre la Iglesia particular e Iglesia universal. Por voluntad divina la Iglesia, que es única y universal, se refleja toda entera en las Iglesias particulares; éstas están “formadas a imagen de la Iglesia universal” (LG23). La solicitud pastoral de cada obispo no se agota en la preocupación por su diócesis, sino que también ha de serlo por toda la Iglesia universal.

Este recorrido sintético es una ayuda para orar por los frutos espirituales y pastorales de esta visita “ad limina” de la Iglesia en España. Así mismo, para que crezca entre los fieles y pastores un amor apasionado a la Iglesia extendida por el mundo, que tengamos un mayor compromiso apostólico con la Iglesia particular de cada uno –en nuestro caso con el Arzobispado Castrense de España–, y que como buenos católicos no olvidemos el amor inquebrantable al Santo Padre, pues como diría san Ambrosio: “Ubi Petrus ibi Ecclesia” (donde está Pedro, allí está la Iglesia).

† Juan del Río Martín,
Arzobispo Castrense de España

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