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Carta de san Ignacio a un lector de ECCLESIA

Querido lector.

Seguramente durante estos meses habrás tenido noticia de la efeméride que se está conmemorando. Hace quinientos años, en Loyola, mi querida tierra natal, viví algo inaudito, y aunque ya queda lejos aquel 1521, lo recuerdo aun vivamente. No se me olvidará nunca. Era un 19 de mayo, domingo de Pentecostés; los franceses habían cercado la ciudad de Pamplona, y ese mismo día la asaltaron. A mí me pareció una deshonra claudicar y rendirnos sin más, así que convencí al alcalde de la ciudad y algunos compañeros más, y nos determinamos a resistir. El lunes 20 me “confesé” de los pecados de mi vida pasada; lo hice con un compañero de armas, pues en ese momento no tenía posibilidad de hacerlo con ningún sacerdote. Pronto se entabló un duro combate. Y en medio del violento fuego cruzado, de repente, estalló una bomba muy cerca de mí, y enseguida noté cómo una esquirla me había destrozado la tibia derecha y me había herido la otra pierna.

Ante tal situación, el alcalde inició las negociaciones con los asaltantes, con la intención de llegar a un acuerdo de paz. Esos días lo pasé francamente mal. Tenía muchos dolores, aunque me sentí bastante aliviado cuando cada mañana veía cómo los enemigos que “ayer” me hirieron en la pierna, “hoy” la curaban con mimo y cuidado. A duras penas, un primo de Francisco Javier, ése que luego sería un buen compañero mío, me llevó como pudo hasta Loyola. El diagnóstico no era bueno. Los médicos pensaron que era necesario ‘reajustar’ los huesos de la pierna, mal ensamblados por las curas de aquellos primeros días.  Me sometí a una operación sin anestesia. Aguanté como pude, con los puños cerrados. Los días posteriores, todo se agravó bastante, tanto que pensaron que había “llegado mi hora”. Fui “sacramentado”, pero, sin esperarlo, la víspera de san Pedro, comencé la mejoría. Los médicos me advirtieron que la recuperación sería larga. Había un hueso encabalgado que, notoriamente, me acortaba la pierna y eso sólo podía remediarse con una nueva operación. Pensaba yo para mis adentros: “¡qué voy a hacer ahora con esas ajustadas botas de caballero que había calzado durante mi juventud!” Ya me advirtieron que el tiempo de convalecencia se prolongaría durante bastantes meses. Si peregrinas a Loyola, en el mismo sitio donde pasé mucho tiempo, verás que ahora han construido una capilla que llaman “de la conversión”.

Durante esos meses lo pasé bastante mal. Tuve una profunda crisis espiritual y para matar el tiempo, pedí algunos libros de caballería, pero, con tan mala suerte, que no había ninguno en la casa. Me dieron los que más a mano tenían: una Vita Christi del Cartujano y una Leyenda dorada, de Jacobo de la Vorágine… las dos en romance, pues, por aquel entonces, todavía no sabía latín. Confieso que las dos lecturas me engancharon. Unas veces soñaba con llegar a realizar hazañas iguales a las de los santos, pero otras, me venía a la cabeza ganar honra y honor al llevar a cabo esas “hazañas por amor a la dama de mis sueños… mucho más alta que condesa o duquesa”. Con el paso del tiempo me fui dando cuenta que, siempre que terminaban estos “sueños” acababa “en poco feliz”. Al principio, es verdad, me dejaban cierta paz en el corazón, pero, ‘en pasado ese primer momento’, me venía una honda y profunda insatisfacción, que terminaba en un gran vacío… Durante todo ese tiempo pasaron muchas cosas en mi corazón que, si en algún momento de este año vas a mi Loyola natal, te explicarán con detalle…

Pasadas las primeras semanas de convalecencia, pronto me di cuenta de que mi vida solamente se movía por un deseo: Cristo. Entrando dentro de mí, por ‘introspección’, he ido sintiendo cómo Él ha ido transformando mi vida y, a partir de ese momento, ya solo pude anunciarle a Él, predicarle a Él, crucificado y resucitado, y enseñar a otros que en Él está el camino de la verdadera libertad.

Como seguramente ya sabrás, después de una vida un tanto “lisonjera” en Arévalo, tuve en Loyola este “encontronazo fuerte” con Dios, donde Él mismo comenzó a enseñarme “como a un joven estudiante”.

Años más tarde, ya en Manresa, pude ir conociendo a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, indefinible e insondable, y, sin embargo, cercano y tierno, y sentí cómo se entregaban a mí las Tres divinas personas, de una manera inimaginable. Las conocí tan profundamente, en “tal gracia y cercanía interior” que era imposible que me equivocara o estuviera confundido. Conocí a Dios mismo… conocí a su Divina Majestad y la libertad que da ser amado por ellas… Entré a formar parte del Amor de cada una de las Personas Divinas.

Todo es gracia y don; y creo que las Tres Personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu, quieren darte a ti, lector, este mismo don; basta que tú que me estás leyendo, quieras recibirlo. Ahora bien, tienes que estar libre de cualquier afección desordenada. Si no estás libre interiormente, puedes quedar atrapado en ti mismo. Lo primero que suele hacer el Espíritu es liberarte de toda atadura, aunque a veces están bastante ocultas. Él trabaja bien cuando tú eres capaz de quitar los miedos, resistencias y todo lo que te impide crecer, siendo humilde para ‘superar’ lo que se puede superar, e integrar lo que no se puede quitar. En todo este proceso, el verdadero motor es el amor. Él tiene la primacía. Es el quien va guiando y conduciendo al hombre en el camino emprendido.

Durante mi larga estancia en Manresa recibí la gracia de poder comenzar a escribir lo que, con el paso del tiempo, se convertiría en el libro de los Ejercicios Espirituales… y aunque fue una gracia muy especial, no la considero un privilegio solo para mí. En cierta ocasión me escribió un sacerdote para preguntarme qué eran esos Ejercicios espirituales que daba uno a uno, porque no entendía muy bien de qué se trataba. Yo le respondí que “son todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender, así para el hombre poderse aprovechar a sí mesmo, como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a los demás” (Carta a Manuel Miona, Venecia, 1536).

Cuando daba estos Ejercicios estaba convencido de que Dios mismo deseaba comunicarse personal y directamente a quien se dispone a este encuentro, si entra con la intención de “buscar y hallar su voluntad” y así actuar con una “determinación deliberada”. Con el paso de los años he visto que, si los ejercitantes entran con una actitud generosa, Dios mismo los conduce. Pues, “al que los recibe, mucho aprovecha entrar en ellos con grande ánimo y liberalidad con su Creador y Señor” [5]. El proceso de Ejercicios nos va llevando a una empresa grande, por eso, cuando los hagas, te invito a entrar con esta generosidad.

Los ‘temas’ que te van a proponer cuando hagas la experiencia son los que marcan el ritmo espiritual en el seguimiento de Cristo. Otros amigos míos lo han expresado con distintos nombres: san Benito los llamó ‘los doce grados de humildad’; san Juan de la Cruz, ‘subida al Monte Carmelo’; santa Teresa de Jesús, ‘las moradas’ y, como tú bien sabes, yo lo llamo ‘Ejercicios Espirituales’. Este proceso, aunque con nombres distintos, todos llevan a un mismo fin: ayudar a madurar el hombre interior.

Mira, pronto me di cuenta de que Dios se comunica a quien se dispone a recibirlo. Esta disposición de “grande ánimo y liberalidad” necesitas tenerla activa durante toda tu vida, pero especialmente durante los días de Ejercicios. Hace años leí que san Agustín había escrito algo en la misma dirección: “Pídeme lo que quieras, pero, Señor, dame lo que me pides”.

Permíteme que te brinde algunas sugerencias para tu vida espiritual y para cuando hagas la experiencia de Ejercicios, al modo como Dios me la fue regalando:

¿Deseas que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo habiten plenamente en ti? ¿Quieres que ellos sean el centro de tu vida?… Si es que sí, entonces no tengas miedo y, cuando hagas Ejercicios, entra generosamente. No olvides que tendrás que pagar un precio.

El precio es tu tiempo. Cada uno en Ejercicios ha de encontrar su modo de orar, de relacionarse con Dios, sabiendo que te adentras en diálogo con Cristo, y toda tu mente y corazón entran en juego. Por experiencia sé que la verdad que buscas está más en el corazón que en la cabeza, por eso, sería bueno que ‘salieras’ de tu cabeza y entraras en tu corazón.

Durante estos días, también conviene dejar a un lado tus ocupaciones y preocupaciones, que pueden dispersar tus energías e impedir la acción de Dios. Espera pacientemente a que Dios invada tu existencia, y confía que Él lo hará.

A veces, sentirás que nunca debiste haber empezado, y experimentarás una variedad de reacciones frente a las que te irás haciendo más y más sensible. Algunas son movimientos espirituales: paz, alegría, inspiración, sosiego, felicidad, lágrimas… y también: tristeza, aridez, desánimo, tentación, miedo…En mis Ejercicios yo las llamo “mociones”, y pueden ser causadas por la acción del buen o mal espíritu. Para distinguirlas he dispuesto algunas Reglas de discernimiento para todas las semanas, que te pueden ayudar a discernirlas.

La recompensa que, casi siempre se cumple, es encontrar y hallar la voluntad de Dios, a Dios mismo, sentirlo internamente, experimentarlo y amar en todo y a todos.

Contarás con un acompañante en el camino, el que dirige la experiencia. No tienes que tener con él una relación de superior a inferior, ni de discípulo a maestro. Tu guía es un compañero de viaje, una persona de la que Dios se sirve en este momento concreto de tu vida, como un instrumento para guiarte. Él seguramente, por experiencia y sabiduría, tendrá presente algunas instrucciones concretas que dejé escritas en las Anotaciones, sobre el modo de dar mis Ejercicios, sin interferir para nada la acción de Dios, para que el Criador pueda comunicarse directamente contigo. Por eso, te animo a que cuides la entrevista personal con tu acompañante, pues es uno de los aspectos que más ayuda a la experiencia: “mucho aprovecha al que da los ejercicios, ser informado fielmente de las varias agitaciones o pensamientos, que los varios espíritus le traen” [17].

Poco a poco irás descubriendo que la vida espiritual no podemos concebirla ni vivirla como un esfuerzo ímprobo para llegar a la santidad. Tú reza como si todo dependiera de ti, y espera como si todo dependiera de Dios. Si pasan los días y no sientes nada, coméntaselo a tu acompañante, porque él te podrá ayudar. Su principal tarea es ayudarte a superar las barreras que bloquean el deseo de Dios, para que tengas una relación personal con Él. Esto puede tardar tiempo, o venir rápidamente, depende. Es importante contrastar y constatar lo que va sucediendo en tu corazón, para así discernir por dónde te va conduciendo el Espíritu.

Has de saber, yo lo he aprendido por propia experiencia, que toda transformación en la vida espiritual suele ser lenta, porque apunta a una transformación en Cristo. En Él encontrarás el modelo de tu obrar y vivir, comunicándote ‘conocimiento-amor-seguimiento’ [114]. Como bien sabes, el ‘conocimiento interno’ engendra amor, y el amor afecto y más acción. Verás, como a medida que avanzas en los Ejercicios, te vas sintiendo transformado por el amor de Cristo.

Tú, por tu parte, debes ser fiel a los tiempos de oración, tal como se te irán indicando. Has de ser fiel al examen de la oración y al examen de conciencia. La fidelidad es una virtud que pertenece constitutivamente a la libertad y permite al ejercitante en búsqueda y en discernimiento formarse a la luz de la Verdad y de la Voluntad de Dios.

En todo este proceso tendrás que evitar dos posibles riesgos: uno, creer que Dios no puede hablarte y, por tanto, que nunca vas a poder tener una experiencia de Dios; otro, serás tentado a la hora de buscar seguridades, esas del blanco o negro, arriba o abajo, que no son las seguridades de Dios. Veo que este peligro os acecha de modo especial a los lectores que vivís en estos años del siglo XXI y en este mundo occidental, un tanto descreído. Tu acompañante, en ese caso, te enseñará a tomar en serio lo que sucede en tu corazón. Piensa que el ‘enemigo de natura humana’ tratará de inquietarte con alguno de estos dos peligros, y paralizar así tu camino y tu experiencia.

Mi esperanza es que día tras día, lenta y gradualmente, en los Ejercicios, irás desarrollando una mayor facilidad para entrar en la intimidad de Cristo. Podrás, entonces, experimentar su amor, como pude experimentarlo desde que tuve el encuentro con “mi Criador y Señor”, con “mi Señor y mi Rey”.

Ojalá que todos los deseos de tu corazón, las acciones y operaciones, y todas las decisiones que fluyen de esos deseos, sean orientados “puramente en servicio y alabanza de su Divina Majestad”. Más tarde, cuando vuelvas a la vida “normal”, si vives de la fe y meditas la Palabra de Dios, serás capaz de “encontrar a Dios siempre y en todas las cosas”, de buscar su voluntad en cada acontecimiento, y de ver a Jesús, el Señor, en todas las personas. Serás ‘capaz’ de decidir rectamente en todas tus acciones.

Mira, en estos meses veraniegos, muchos son los que aprovechan para poder hacer el Mes de Ejercicios. Si tú eres uno de ellos, te indico tres aspectos que conviene tener en cuenta.

1.- Vas a entrar en un proceso, pues “orar, meditar, examinar la conciencia” desencadenan una serie de actitudes que te van a ir transformando. No sólo tienes que escuchar los puntos para la oración o las pláticas, que aparecen perfectamente distribuidas en el libro de los Ejercicios. Tienes que ejercitarte, pues los Ejercicios no son un curso donde se ofrece ‘materia’ para meditar; son fundamentalmente una escuela de libertad, bajo la acción del Espíritu Santo. Para conseguir este fin, el director te ofrecerá pistas y puntos para la oración, que te permitan una vivencia afectiva y espiritual de toda tu persona, teniendo como centro tu corazón. Este proceso, casi sin darte cuenta, va a ir creando en ti unas actitudes que son las que te acabarán configurando con las de Cristo. Los Ejercicios son una apretada síntesis del camino que el creyente ha de recorrer durante toda su vida, si es que se deja guiar por el Espíritu. Este proceso, esta transformación no es obra nuestra, sino del Espíritu de Dios, y eso solo se realiza en una ‘activa-pasividad’, o una ‘actividad-pasiva’.

2.- Tienes que cooperar en quitar todo afecto desordenado, pues necesitas ordenarte en el amor. El proceso se realiza en tu yo concreto, en tu situación concreta… Una realidad personal que, a veces se “desajusta”, pues la conduce el hombre carnal que todos llevamos dentro. Sin embargo, este hombre es profundamente amado por Cristo, siempre dispuesto a abrirle al amor verdadero y al seguimiento evangélico. Esta experiencia de Ejercicios te conducirá, con mucha suavidad, a la unificación de tu corazón, porque en la medida que ordenes tus afectos, crearás espacios para tu libertad, y te abrirás al Amor, al Bien y a la Verdad. Quedarás estructurado por dentro.

3.- Has de entrar queriendo “buscar y hallar en todo la voluntad de Dios”. Quizá es el rasgo de los Ejercicios que más me interesa de toda esta experiencia. Cuando entres en este proceso de conversión interior, vas a ir descubriendo las dimensiones más profundas de tu vida, sentirás más intensamente el amor de Dios, pues serás más permeable a los ‘impactos’ del Espíritu de Dios. Al seguirlos, encontrarás el verdadero sentido de tu vida: hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace. ¿Qué has de entender por “buscar y hallar la voluntad de Dios”? Mira, cuando tomas decisiones, pequeñas o grandes, puedes elegir siguiendo lo que está de moda; siguiendo tu gusto personal, y aunque aparentemente elijo yo, sin embargo, elijo desde ‘las periferias’ de mi persona. A la larga, este modo de elegir te acaba despersonalizando. No eres tú, sino que ‘otros’ eligen por ti, aunque tú no seas consciente del todo; incluso puedes elegir según los criterios del Evangelio, pero desde unos que tú mismo te has ido construyendo. Sin embargo, te propongo otra manera, más difícil, pero más auténtica, que te hará crecer en libertad: desde tu corazón abnegado, con suavidad, vas a ir entrando en sintonía con los sentimientos de Cristo y, en esa experiencia vas a ir encontrando, ayudado por la gracia de Dios, lo que tienes que elegir y a lo que tienes que renunciar. Libre y voluntariamente vas a ir encontrando la voluntad de Dios. Buscar la voluntad de Dios es estar atento hacia dónde me va conduciendo el Espíritu de Cristo. Buscar la voluntad de Dios es estar abierto a nuevas sorpresas. Buscar la voluntad de Dios es poder dar respuesta a los interrogantes que se te van a ir presentando en la vida. Así, tú, como ejercitante, tendrás como divisa hacer siempre “lo que agrada a Dios” (Rm 12, 5).

El que te acompañe y dirija los Ejercicios, te indicará que para entrar en oración has de crear un clima de silencio y recogimiento desde el principio, pues “cuanto más nuestra ánima se halle sola y apartada, se hace más apta para se acercar y llegar a su Creador y Señor” [20]. Quizá tu vida esté llena de ruidos, por eso has de insistir más en el silencio interior y exterior, pues gracias a él conseguirás distanciarte de esas realidades que te rodean, para que puedas verlas con más objetividad. El silencio que has de observar, te conducirá a la plenitud. El silencio te permitirá oír la Palabra de Dios, que constituye el hilo conductor de todos los Ejercicios. “Cuando has hecho silencio dentro de ti, has hecho algo importante y de ahí brota la sabiduría. Al entrar en el silencio llegas a aceptarte a ti mismo y llegas a amarte más. El silencio te revelará la verdad de tu ser: que eres bueno” (Maestro oriental).

Termino esta carta, pero antes, permíteme recordarte otras dos cosas, que creo que te pueden venir bien para esos días “grises” que a todos nos toca vivir: la primera es que el amor debe ser manifestado “más con obras que con palabras”, o si quieres, que el amor de Cristo, derramado en tu corazón, te impulsará a servir a tus hermanos; y la segunda, es no olvidar que el amor consiste en un intercambio entre dos corazones: tu corazón, lleno de su amor, dará a Cristo todo lo que eres, tienes o puedes tener. Así, nunca acabará ese intercambio de amor entre dos corazones que se quieren: el tuyo y el suyo.

Espero que lectura de esta carta te haya resultado provechosa y que quieras ser contado entre los “amigos de Jesús”. Nosotros, los primeros que hicimos esta experiencia, tenemos a gala sabernos de la “compañía de Jesús”. Luego, muchos seglares, también quisieron vivir este mismo espíritu… y así hasta el día de hoy.

Como acaba de señalar san Ignacio en su carta, estando en Manresa recibió la gracia de escribir lo que posteriormente se conocería con el nombre de Ejercicios Espirituales (EE). La mejor definición de EE nos la ha dejado san Ignacio de su puño y letra: “Se entiende por Ejercicios todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar… para quitar de sí todas las afecciones desordenadas, y después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad de Dios en la disposición de mi persona” [1].

Juan Carlos Mateos González

Director del Secretariado de la Comisión para el Clero y Seminarios.

[1] Presentamos una supuesta ‘carta’ que san Ignacio escribe a un lector de Ecclesia que quiere conocer qué le paso a Iñigo por dentro durante su convalecencia en Loyola (1521) y la experiencia espiritual que marcó el resto de su vida.



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