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Carta de Pascua de las Monjas Cistercienses de Buenafuente del Sistal

Carta de Pascua de las Monjas Cistercienses de Buenafuente del Sistal

Hermanos muy estimados en el Señor, en esta tarde del martes de la octava Pascual, os saludamos con las palabras del santo Padre Francisco: “Pascua es Cristo Vivo”. Porque, como dice san Pablo: “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; estáis todavía en vuestros pecados” (1ª Co 15, 17). Y ciertamente así es, a menudo vivimos agachados, aplastados por las circunstancias de la vida, sin esperanza, a oscuras, en nuestros pecados, incapaces de reconocer a Cristo en nuestros hermanos. Sin embargo, Dios, nuestro Padre y Creador, anhela hacernos partícipes de Su Vida, la vida que no se acaba.

 

En la Solemne Vigilia Pascual, esto es lo que hemos vivido y celebrado, el paso de la muerte a la vida. Cristo, que es la Luz, ilumina nuestros temores y miedos: “La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu”, nos dijo el sacerdote al encender el cirio pascual. En el pregón pascual escuchamos: “Alégrese la tierra inundada por la nueva Luz”. Y continuamos lo largo de toda la noche con innumerables referencias, signos e imágenes de vida, para ayudarnos a abrir nuestro corazón endurecido a la Salvación. No se trata de energía eléctrica que hemos de comprar y pagar, de consumir, que nos gusta tanto y lo hacemos tan bien. Es el misterio de nuestra salvación, el misterio del amor misericordioso de Dios: “¡Oh incomparable ternura y caridad! Por rescatar al esclavo has sacrificado al Hijo” (Pregón pascual).

 

Por todo esto, esta tarde de este día sin fin, porque Cristo es la Luz que no conoce el ocaso, sobran nuestras palabras, nuestras ideas o pensamientos y hasta nuestras buenas intenciones; basta estar en camino, como el pueblo hebreo, reconocer que somos esclavos, que estamos en el Egipto de nuestra existencia,  para contemplar “Tu diestra, Señor, tritura al enemigo” (Ex 15, 6).

 

Unamos hoy nuestras plegarias para que el Señor nos muestre nuestras zonas de sombra, nuestras esclavitudes, nuestra personal necesidad de salvación. Para que al igual que el pueblo judío, en la celebración de la Pascua exultemos de alegría porque Cristo ha vencido nuestra muerte, nos ha rescatado de nuestra esclavitud concreta a cada uno. Y cuando recaigamos en nuestros pecados, sin escandalizarnos de nuestras miserias, pidamos perdón, nos levantemos y continuemos nuestra peregrinación en esta tierra, hacia el cielo, con la certeza de que la batalla final está ganada.

 

 

Un fraternal abrazo y Feliz Pascua



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