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Carta de monseñor Ginés García, obispo de Guadix, por la Cuaresma

 

 

Carta de monseñor Ginés García, obispo de Guadix, por la Cuaresma

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La cuaresma es un camino, el camino que cada año realizamos los cristianos, y que nos lleva hasta la cima de los misterios de la fe: la Pascua del Señor.

Cuarenta días que son oportunidad para el encuentro con el Señor, para la revisión de la propia vida a la luz de la Palabra de Dios, además de ayudarnos a preparar la renovación de nuestro bautismo que haremos en la Vigilia Pascual.

Al empezar este tiempo de gracia, quiero dirigirme a vosotros para animaros a tomar en serio este regalo que nos concede nuestro Dios cada año. Con San Pablo, os exhorto a “no echar en saco roto la gracia de Dios” (2Cor 6,1). Es este un tiempo de gracia, un tiempo de salvación.

La Cuaresma es la experiencia de la salida al desierto, como la que vivió el pueblo de Israel y el mismo Jesús. El desierto es el lugar de la prueba pero también del encuentro con Dios, en la soledad, el silencio y el despojo de las seguridades humanas. En definitiva, el desierto, como la cuaresma, son una experiencia y oportunidad para la fe. Es bueno salir de la vida de comodidad que tantas veces nos hemos creado, una vida basada más en la falsedad de lo que tengo que en la verdad de lo que soy. Salir de nosotros para mirar a Dios cara a cara y para mirarnos a nosotros mismos, descubriendo lo que nos ayuda y lo que no nos ayuda para alcanzar el fin al que quiero llegar.

Cuaresma es el momento de mirar a la cruz del Señor y, desde el Calvario, descubrir el horizonte de su victoria sobre el mal y la muerte. Esa es nuestra meta, y no sólo la de la cuaresma, sino la de nuestra vida. Estamos invitados a despojarnos del hombre viejo para ponernos el vestido de fiesta del hombre nuevo, del hombre resucitado.

 

Cuaresma es:

 

  • Tiempo para volverse a Dios. Que realmente Dios sea el centro de tu vida. Poner a Dios en el centro significa vivir en Él y por Él. La vida de cada uno de nosotros necesita un centro. No es bueno, ni tiene buenas consecuencias, vivir descentrados o poner el centro en lo que no es importante. El centro de la vida marca lo que eres, lo que piensas, lo que sientes y lo que haces. Y, lo más importante, el centro revela lo que amas. Lo dice el Señor en el Evangelio: “porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,21). La vida nos va descentrando, aunque no nos demos cuenta, y vamos desplazando a Dios para ponernos nosotros, o poner otras cosas. Ahora es momento para centrarnos y volver a poner a Dios en el centro de la vida.

La oración humilde y perseverante, la participación en la Misa, la confesión de nuestros pecados, el despojarnos de lo que nos esclaviza, la cercanía a los hermanos más pobres, son un buen camino para volver a Dios.

Sólo vuelve  a Dios quien confía en su amor, quien lo reconoce como Padre y se reconoce a sí mismo como hijo, aunque hijo pródigo. Volver a Dios nos da la oportunidad de sentir su abrazo, de compartir la alegría, de experimentar la misericordia que nos hace hombres y mujeres nuevos.

 

  • Tiempo de revisar nuestra vida para cambiarla. El hombre de hoy tiene miedo de sí mismo. Pensemos un instante. Cómo nos asusta la soledad, el rechazo, el silencio; en definitiva, todo lo que nos hace encontrarnos con nosotros mismos. Es muy bueno dedicar tiempo para encontrarnos con nosotros mismos; detenernos, hacer silencio, confrontarnos como el que se mira a un espejo. En el lenguaje cristiano a este ejercicio le llamamos: “examen de conciencia”. Pues os invito en esta cuaresma a hacer examen de conciencia. Tomaré la imagen del espejo. Se trata de ponerse delante del espejo, y el espejo, en el examen de conciencia, es la Palabra de Dios. Lo podemos hacer cada día. Tomar el evangelio del día, u otro texto de la Palabra de Dios, y confrontarme con él. Se trata de revisar mi vida y dejar que Dios diga algo. Es escuchar para dejarse transformar. No soy yo el que cambio, es Dios quien me cambia. Esto es la conversión. Sólo aquel que se confronta con la Palabra de Dios conoce su voluntad sobre la propia vida. Sólo el cumplimiento de la voluntad de Dios es causa de felicidad para el hombre.

 

  • Tiempo de preparación para la renovación de nuestro Bautismo. La cuaresma ha sido siempre el tiempo de la preparación inmediata para el bautismo. Nosotros, los bautizados, renovamos nuestro bautismo en la noche de Pascua. Así, la Cuaresma se convierte en un tiempo de preparación y renovación que, como el camino, lo hacemos por etapas marcadas por la Palabra de Dios y la liturgia de los cinco domingos de este tiempo. La liturgia cuaresmal es un verdadero catecumenado que nos lleva a la fuente de la gracia que nos hizo hijos de Dios y coherederos de la vida eterna.

 

Para este camino no estamos solos, el Señor viene con nosotros como los estuvo en el camino de los discípulos, de la samaritana, del ciego de nacimiento o de su amigo  Lázaro. Es Él quien calma nuestra sed, da luz a nuestra existencia o nos rescata de los lazos de la muerte. Es el Señor quien  nos muestra su rostro para que el sufrimiento y las dificultades no nos hagan perecer. Es la fuerza en la tentación y la victoria en medio de los fracasos.

 

Nuestra Madre, la Iglesia, inspirada en las enseñanzas de su Esposo, Jesucristo, nos propone tres medios fundamentales para vivir la cuaresma: Oración, ayuno y limosna. Pues para ayudaros a vivir esta cuaresma y apoyado en estos medios, os propongo un sencillo plan de vida:

 

  1. Dedicar cada día un tiempo a la oración personal, al encuentro cara a cara con el Señor. Podéis orar con un texto de la Palabra de Dios.
  2. Participar en la santa Misa siempre que os sea posible, y no sólo los domingos.
  3. Confesar los pecados en el sacramento de la Penitencia.
  4. Privarme de algo que me gusta (comida, bebida, tabaco, TV, internet, etc.)
  5. Acercarme a los pobres (compartir con ellos los bienes materiales, el tiempo, el afecto).
  6. Hacer buenas lecturas (obras clásicas del pensamiento cristiano, libros de espiritualidad o vidas de santos).
  7.  Vivir una piedad sincera mediante la práctica del Vía Crucis, o el rezo del Santo Rosario, la devoción a la Divina Misericordia, etc.

 

El Papa en su Mensaje para la Cuaresma de este año, nos invita a meditar en las palabras de San Pablo en la segunda carta a los Corintios: “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (8,9). Que sus palabras inspiren también nuestro camino cuaresmal, el que ponemos bajo la protección de María, la Virgen.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés, Obispo de Guadix



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