Carta del Obispo Iglesia en España

Carta de Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza para el Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica

pentecostes

Carta de Manuel Ureña Pastor, arzobispo de Zaragoza para el Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica

Un año más la Iglesia nos sitúa, tras el domingo de la Ascensión, ante la solemnidad de la Venida del Espíritu Santo. Conocida como solemnidad de Pentecostés, esta celebración litúrgica anual constituye la memoria eficaz de la cima del misterio de la redención y de la salvación. 

Tal misterio es obra de las tres personas divinas: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Pero, siendo su sujeto agente el Padre y su causa mediadora el Hijo, el Espíritu Santo es quien comunica y quien hace operante en la historia, en la objetividad sacramental de la Iglesia y en nosotros los hombres toda la obra salvífica realizada por el Dios uno en naturaleza y trino en personas, por el Dios único y verdadero de los cristianos.

Por eso, ya en el Antiguo Testamento el profeta Ezequiel señala como gran signo escatológico, como anuncio de la llegada de la salvación, la efusión del Espíritu Santo sobre toda carne. “Os recogeré de entre las naciones – dice Dios por labios del Profeta -, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar, y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios” (Ez 36, 24-28).

 

Ahora bien, ¿cuándo derrama el Padre el Espíritu Santo en el mundo, en la Iglesia y en nuestros corazones? Como fácilmente se ve en las dos grandes tradiciones relativas a la promesa y al don del Espíritu, la joánea y la lucana, el don del Espíritu es otorgado por el Padre como fruto de la Pascua, es decir, como fruto de la muerte y de la resurrección de Jesucristo. De este modo, Pentecostés tiene como contenido el misterio pascual del Señor, pero en cuanto revelado y comunicado plenamente en el Espíritu. Dicho de otro modo, la redención es una obra única con dos tiempos

de realización: un tiempo cristológico, el del único y pleno sacrificio redentor de Cristo, y un tiempo pneumatológico, que consiste en la aplicación a nosotros de la vitalidad de este sacrificio.

Como tan bien dijo una vez el P. Yves de Congar, “la obra del Espíritu Santo consiste en realizar, actualizar e interiorizar en nosotros, a través del tiempo, lo que Cristo hizo e instituyó para nosotros una sola vez en el momento de su Encarnación”.

Esto supuesto, la apropiación e interiorización de la obra redentora de la Trinidad se hace acto en nuestro ser merced a la acción del Espíritu Santo. En efecto, es el Espíritu quien crea en el hombre las condiciones de posibilidad de la escucha de la palabra de Dios. Por eso, sin la acción interior del Espíritu no es posible la fe (fides qua). Sin el Espíritu las acciones sacramentales no serían eficaces, esto es, no darían la gracia que significan, y sin la epíclesis consecratoria, las especies del pan y del vino no conocerían la transubstanciación, es decir, no se convertirían en el cuerpo y en la sangre de Cristo. Sin el Espíritu no sería posible la santidad, esto es,

la transformación y la renovación del hombre pecador. Gracias al Espíritu recibimos el perdón de nuestros pecados por medio de su confesión y de la absolución sacramental. Y, gracias al Espíritu recibido en el bautismo y en la confirmación, todos en la Iglesia llegamos a ser sacerdocio real, nación consagrada, pueblo escogido para anunciar las maravillas de aquel que nos sacó de las tinieblas y nos lleva al reino de su luz admirable.

Tal es el contenido ontológico del kairós de Pentecostés, ocurrido a los cincuenta días del hecho de la resurrección y que justo hoy conmemoramos en la Iglesia. Aquel viento que comenzó a soplar fuertemente y aquellas lenguas, como llamaradas, que se posaron sobre los presentes, hicieron que se llenaran todos del Espíritu Santo y que comenzaran a hablar en otras lenguas, hasta el punto de que los forasteros llegados a Jerusalén les oían hablar cada uno de ellos en su propia lengua (cf Act 2, 1 ss). De ahí que, a partir de aquel momento ya nada fuera como antes. “Aquellos que habían acompañado a Jesús – escriben nuestros obispos de la CEAS – se convirtieron desde entonces en verdaderos Apóstoles, en audaces testigos de la Palabra y de la Resurrección de Jesús. Y la fe comenzó a difundirse e irradiarse a través de hombres y de mujeres que actuaban bajo la acción del Espíritu Santo”.

Con sobrada razón, pues, celebramos hoy en la Iglesia el día del Apostolado Seglar y de las distintas formas de este apostolado, individuales y asociadas, entre las que sobresalen estas últimas y, de modo particular, la Acción Católica. Con sus cuatro notas peculiares, los Sumos Pontífices y muchos obispos la definieron de ordinario como la cooperación de los seglares en el apostolado jerárquico (cf AA 20).

Por último, la solemnidad de Pentecostés tiene este año un significado especial. Celebramos el 25 aniversario de la publicación por el papa san Juan-Pablo II de la exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici, sobre la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. Y tal exhortación la releemos ahora a la luz de la reciente exhortación apostólica del papa Francisco, Evangelii gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. No olvidemos estudiar a conciencia el capitulo V de este gran texto del Papa, titulado “Evangelizadores con Espíritu”. Porque, a decir verdad, ¿dónde sino en el Espíritu Santo vamos a encontrar la fuerza necesaria para anunciar la novedad del Evangelio con parresía, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente? (cf EG 259). Tengamos muy presente que ninguna motivación será suficiente para el anuncio del Evangelio si no arde en nuestros corazones el fuego del Espíritu (cf EG 261).

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