Nacimiento de Jesús
Nacimiento de Jesús
Iglesia en España

Carta de las Monjas Cistercienses de Buenafuente del Sistal para enero 2013

Qué gozo compartir esta tarde de encuentro y oración con vosotros, siendo aún Navidad, la fiesta que nos ha abierto la puerta de la redención. Hoy sentimos un profundo agradecimiento porque Dios se nos ha manifestado, a nosotros, a los gentiles.

En las vigilias de la Epifanía, decíamos con toda la Iglesia: “Hoy la Virgen Madre ha dado al mundo al Dios del cielo, a quien adoran los magos ofreciéndole sus dones; doblemos también nosotros nuestras rodillas ante aquel que viene a redimirnos”. Cuando se puede, es saludable hacerlo, pero lo necesario es arrodillar nuestro corazón, doblegar nuestra cerviz. Desde nuestras alturas, no podemos contemplar a Jesús en el pesebre, desde nuestro “yo”, ni siquiera podemos encontrarlo.

 

Seguramente, en nuestros buenísimos propósitos de inicio de año y en nuestros mejores deseos para todos los que queremos, en alguna ocasión, hemos pedido que cada día, de este nuevo año, sea Navidad. Nada mejor entonces, que recordar la recomendación del ángel a los pastores en el Evangelio de la Misa del Gallo: “Y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12). No parecen pistas geniales, y sin embargo, lo son. Pañales y pesebre son dos signos inequívocos de pobreza. Nuestra Comunidad, gracias a Dios, podría citar muchos rasgos que revelan su pobreza, baste decir que históricamente somos una Comunidad pobre. Sin embargo, en el momento que vive nuestro mundo y España en particular, damos también muchas gracias a Dios por los inmerecidos y extraordinarios dones con los que nuestro Señor nos bendice; baste pensar en la gran familia de Amigos del Monasterio. Nos sabemos privilegiadas y  del mismo modo, llamadas a seguir a Cristo, a Jesús, que ha nacido en un pesebre y que nuestra Madre, la Virgen María, ha envuelto en pañales.

 

Todos sabemos que no hablamos solamente de medios materiales, pero cuando abundamos en lo material, no podemos ser pobres. Entre estos pensamientos, nuestra mirada se va al pobre de Asís, que nos dice: “Ser pobre es reconocer y aceptar la realidad humana y divina en todas sus dimensiones”; y resuena en nuestrol corazón la predicación de san Pablo: “Para que ya no vivan para sí los que viven, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos” (2Co 5, 15). Si, también las monjas de un monasterio pobre, necesitamos desprendernos de nuestras seguridades y vivir solo para Cristo. A ciencia cierta, que esta coyuntura ha de ser una providencia de Dios, que viene en nuestra ayuda para liberarnos de nuestras esclavitudes, para que vivamos como hijos de Dios que somos y  podamos entregar, sin reservarnos,  nuestra pobre y pequeña vida a nuestros hermanos, a toda la humanidad, dándole a Jesús la posibilidad de continuar  haciendo prodigios en medio de nosotros, de convertir nuestra agua en vino nuevo ……….

 

Señor, Tú nos darás la Paz, si dejamos que todas nuestras empresas nos las realices Tú (Cf. Is 26, 12)

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