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Iglesia en España

Carta de las Monjas Cistercienses de Buenafuente del Sistal, Abril 2014

Carta de las Monjas Cistercienses de Buenafuente del Sistal, Abril 2014

Muy estimados Amigos en el Señor: La providencia ha puesto en nuestras manos para ilustrar esta carta, un dibujo que expresa lo mismo que la fotografía de nuestro último escrito. Hermanos, nada nos ocurre por casualidad. Tal vez  el Señor quiera reiterarlo para que vivamos con intensidad este itinerario cuaresmal hacia la Pascua. Un camino del que cantamos algunos días en Tercia: ”Entre el dolor y la alegría, con Cristo avanza en su andadura un hombre, un pobre que confía y busca la Ciudad futura”.

 Un hombre pobre, esta es nuestra condición, el regalo que Dios Padre nos ha hecho. En palabras de  san Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confesiones I,1). Un don que nos ayuda a salir de nosotros mismos, aun en momentos de oscuridad, crisis o desaliento. Seguramente nos sucede  como a Abraham, nuestro padre en la fe, que escuchó la llamada cuando ya había salido de su tierra: “Teraj tomó a su hijo Abrán, a su nieto Lot, el hijo de Harán, y a su nuera Saray, la mujer de su hijo Abrán, y salieron juntos de Ur de los caldeos” (Gn 11 31a). Nuestra naturaleza es de nómada, como la de Abel, siempre trashumante porque era ganadero. Posiblemente por esto, cuando nos acomodamos, perdemos el oriente y la Luz, y nos dejamos seducir por el Maligno. Sin darnos cuenta, por las pequeñas dificultades de la vida, nos hacemos sedentarios como Caín. En esta situación es una gran bendición la fidelidad de nuestro Esposo. Él es siempre fiel, no importa lo alejados, perdidos o atrincherados en nuestro “mundillo” que podamos estar nosotros “Los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rm 11, 29). Aprovechemos, hermanos, cada día, para gritar con el profeta Jeremías: “¡Haznos volver a ti, Señor, y volveremos! ¡Haz que nuestra vida sea otra vez lo que antes fue!” (Lm 5, 21). Sólo si hemos muerto con Cristo, resucitaremos con Él. Sin muerte no hay resurrección. Nosotras, tras esta reflexión, queremos  unirnos a la súplica  de Isaac a su padre Abraham: “Átame, átame fuerte, Padre mío, no sea que por el miedo me resista y no sea válido tu sacrificio”. Esta tarde, esta es nuestra oración.

 En medio de este combate cuaresmal, la Iglesia nos ha dado un respiro, la celebración  de dos solemnidades que nos han situado en el inicio de los misterios de nuestra salvación: San José y la Anunciación del Señor. Ambas han sido un estímulo y un gran gozo que nos han llenado de entusiasmo. Además de ser dos hitos importantes  en nuestra historia, llenos de muy buenos recuerdos.

 Sometámonos a Dios y el diablo huirá de nosotros (Cf St 4,7).

Un abrazo desde el Sistal

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