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Carta de Julián Barrio Barrio, por la XX Jornada Interparroquial de solidaridad con los Parados

Carta de Julián Barrio Barrio, arzobispo de Santiago de Compostela por la XX Jornada Interparroquial de solidaridad con los Parados

El agobio social del paro

Queridos diocesanos: Antes de ofrecer una sencilla reflexión sobre el objetivo de esta carta pastoral, me parece de justicia subrayar con agradecimiento que esta es la vigésima Jornada de solidaridad con los Parados que estamos celebrando en Caritas Interparroquial de Santiago. Veinte años de manifestar inquietudes y preocupaciones en relación con las personas que se encuentran sin un trabajo que permite a la persona realizarse material y espiritualmente, y ofrecer un servicio a la sociedad.

La situación de paro laboral de una parte cada vez más significativa de la población activa en un contexto de crisis económica es un gravísimo problema social que está afectando al conjunto de nuestra sociedad. “El desempleo, e incluso el subempleo, constituyen un mal, y muchas veces una verdadera calamidad social”[1]. El paro provoca situaciones dramáticas: dramas económicos por la dificultad de sacar adelante la familia, dramas morales y psicológicos por la frustración y la dependencia que generan en el desocupado la sensación de inutilidad, la pérdida de autoestima y la percepción de los familiares que tal vez atribuyen esa circunstancia a la incapacidad y a la falta de iniciativa del que está en paro, estableciendo comparaciones con otros. Frente a una sociedad fragmentada es oportuno contar con personas que piensen que las cosas pueden mejorarse.

Nos decía Benedicto XVI en Santiago que hemos de edificar el presente y  proyectar el futuro desde la verdad auténtica del hombre, desde la libertad que respeta esa verdad y nunca la hiere, y desde la justicia para todos, comenzando por los más pobres y desvalidos. No es correcta una concepción de la libertad separada de la verdad y del bien, y desfigurada por el individualismo, y el materialismo práctico que ve en la vida solamente una realidad productiva y agradable, y que considera inútil el sufrimiento e injustificado el sacrificio por los demás.

Vemos que acceder a un puesto de trabajo cada vez está resultando más difícil por la falta de preparación, por la mutación laboral a la que nos enfrentamos y por las tendencias actuales hacia una economía de corto o de muy breve plazo. Esto exige una reflexión serena y audaz sobre el sentido y los fines de la economía. La doctrina social de la Iglesia ofrece especialmente en esto su dimensión sapiencial, indicando que la sabiduría, el pensamiento y la reflexión son capaces de descubrir nuevas perspectivas. En la situación en que nos encontramos, es necesario dar respuestas solidarias desde los diferentes ámbitos de la sociedad, saliendo de caminos trillados para transitar por otros nuevos cuyos únicos márgenes son la justicia, la solidaridad y el respeto a la dignidad de la persona humana. En este sentido, el objetivo de esta Jornada es motivar actuaciones formativo-ocupacionales que eviten las situaciones de exclusión social, subrayando a la vez la necesidad de políticas sociales necesarias  para garantizar unos ingresos mínimos a todas las personas. De lo contrario, corremos el riesgo de definir nuestra sociedad entre incluidos y excluidos, acostumbrándonos a ver personas como si fueran de desecho. Una globalización que no es humana en las diferentes dimensiones de la vida religiosa, cultural, social, laboral y económica, esclaviza. “La dignidad de la persona y las exigencias de la justicia requieren, sobre todo hoy, que las opciones económicas no hagan aumentar de manera excesiva y moralmente inaceptable las desigualdades y que se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos, o lo mantengan”[2].

Ante esto el cristiano ha de desarrollar un gran sentido de la responsabilidad y de solidaridad: solicitar y apoyar reformas, ser solidario con iniciativas  concretas y favorables a los que están en paro. Con el propósito de colaborar a construir una sociedad más justa y más digna del hombre no podemos olvidar los valores del Evangelio y la participación en la Eucaristía “en la que como decía Benedicto XVI, Cristo se hace presente en su acto supremo de amor por todos nosotros, aprendemos a vivir como cristianos en la sociedad, para hacerla más acogedora, más solidaria, más atenta a las necesidades de todos, especialmente de los más débiles, más rica en amor”.

Comparto los sentimientos de tantas familias cuyos miembros están en paro. Os saluda y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,

Arzobispo de Santiago de Compostela.


[1] JUAN PABLO II, Laborem exercens, nº 18.

[2] BENEDICTO XVI,  Caritas in veritate, nº32.



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