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Carta de Buenafuente del Sistal ante la Cuaresma 2013

En el tiempo de Cuaresma, la Liturgia de la Palabra que nos ofrece la Iglesia se convierte en un verdadero acompañamiento espiritual, que nos invita a iluminar nuestra historia de cara al querer de Dios.

Al observar cómo evolucionan algunos acontecimientos que nos refiere la Biblia, por ejemplo la usurpación de la bendición de Isaac por su hijo Jacob, la venta del pequeño José por sus hermanos a unos traficantes, la deportación del resto de Israel a Babilonia o la historia de la reina Ester, y al iluminar con ellos la historia más personal, llego a intuir algunas constantes que pueden servir, en este tiempo y siempre, de pautas esperanzadoras. Sin olvidar que cada persona es diferente.

 

A partir de los hechos narrados, no se pueden establecer como norma, ni elevar a rango de proyecto de vida los detalles contradictorios y hasta adversos que se dan en muchos relatos emblemáticos, que después se convierten en experiencia de misericordia y en fuente de sabiduría. Porque no se pueden legitimar la debilidad humana, ni el egoísmo, la especulación o la envidia, aunque a través de ellos se alcance, pasando el tiempo, una experiencia  enriquecedora.

 

Sin embargo, se debe reconocer que por haber acontecido esos hechos concretos, envueltos en fragilidad y hasta en pecado, después se ha llegado a sentir más fuertemente cómo todo sirve para el bien para quien sabe leer la historia en una clave providente. Así, la usurpación de la bendición nos convierte en herederos de la promesa; la estancia de José en Egipto se transforma en posibilidad de subsistencia para su familia; la deportación a Babilonia acrisola la fe del resto de Israel…

 

No se puede  afirmar que las cosas deben suceder tal como nos las narran las crónicas para experimentar después algo muy superior y positivo. Los posibles resultados beneficiosos no se deben a un efecto directo de los hechos, sino a una posible reacción humilde, creyente y a apertura al significado de todo como señal providente. Según las Escrituras, cuando en muchos casos ha acontecido lo que no es bueno en sí, como puede ser la desobediencia, la idolatría o la infidelidad, la misericordia de Dios, que nunca se agota, ha concedido la oportunidad de descubrir una posibilidad positiva inesperada, que manifiesta aún más la entrañable compasión divina.

 

Desde esta perspectiva, cabe comprobar cómo las heridas se convierten en luz, la pobreza, en fuente de riqueza, el dolor, en conocimiento y sabiduría, la debilidad, en entrañas de misericordia. Si en el momento presente tan sólo se tiene entre las manos la densidad de la noche, la frontera o el abismo del dolor, desde la referencia bíblica señalada, cabe vislumbrar destellos de luz, y en todo caso afianzar la esperanza, como aconseja el salmista: “Espera en el Señor, sé valiente, espera en el Señor”.

 

No se puede establecer que las cosas sean como son, y elevar a norma lo que puede ser efecto de contingencia, fragilidad o egoísmo. Sin embargo, Dios no abandona nunca la obra de sus manos, y aun en las peores circunstancias, sabe ofrecer al ser humano la posibilidad de encontrar un sentido positivo en su vida.

 

A la hora de hacer un proyecto de vida y de plantear un seguimiento evangélico en este tiempo de Cuaresma, no se debe presuponer la contingencia humana como norma; no obstante, a medida que va desarrollándose el programa, ayuda mucho a tener paciencia y a esperar resultados imprevistos y hasta superiores al deseo contar con que Dios interviene en la historia no de una forma fatal ni manipuladora, sino abriendo todo acontecimiento a una experiencia de gracia. En este caso,la Pascua del Señor será una realidad. Te lo deseo.



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