Carta del Obispo Iglesia en España

Carta de Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia, ante el DOMUND 2015

Carta de Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia, ante el DOMUND 2015

   Misioneros de la Misericordia

Queridos diocesanos:

“Misioneros de la misericordia”, el lema elegido para el Domund 2015, no puede ser más oportuno, si tenemos en cuenta que en los próximos meses nada en la Iglesia se va a hacer sin una mención al Año Jubilar convocado por el Papa Francisco. Pero no es solamente la sintonía oportuna lo que le da significado y valor al lema escogido; en realidad, decir misioneros de la misericordia es definirlos en su misión y situarlos en el corazón mismo de Dios, que es compasivo y misericordioso, y en el corazón de la Iglesia, que tiene en la misericordia “su viga maestra”. ¿Qué mueve el corazón de un misionero? ¿Qué le lleva a salir en la misión ad gentes, si no es ofrecer la misericordia salvadora de Dios a todos los hombres? Cuando Jesucristo envía a ir al mundo entero, envía a anunciar la misericordia del Padre.

En la rica y bella actividad de un misionero todo es expresión de la misericordia misma de Cristo: la Palabra que anuncian y las obras que realizan son el reflejo del amor predilecto por los más pobres de Aquel que los ha enviado. Por eso, el misionero ha de ser un apasionado en el amor por Jesús y en el amor al pueblo; así lo ha recordado el Papa Francisco en su mensaje para el DOMUND. El misionero sabe que todo lo que es y hace lo ha de pasar siempre por el corazón traspasado de Jesucristo, expresión del infinito amor de Dios por el hombre. Se puede decir que la pasión del misionero es el Evangelio dicho y hecho; es decir, ofrecido como don con palabras y obras.

Es verdad que lo que acabo de decir nos identifica a todos en nuestra misión en la Iglesia, especialmente ahora que todos estamos llamados a ser una Iglesia en salida hacia las periferias dolientes, de cualquier lugar del mundo. Sin embargo en esta Jornada Misionera del Domund se nos invita a fijarnos en los que dejan casa, familia, entorno, país, para llevar la buena noticia del Evangelio a donde aún no ha llegado o, si ha llegado, a donde aún no ha dejado una huella permanente. A quienes recordamos son a los misioneros y misioneras que andan repartidos por el mundo para llevar la alegría del Evangelio de Jesucristo. Recordamos a aquellos que el Concilio Vaticano II, en el Decreto Ad Gentes, del que ahora celebramos el 50 aniversario de su aprobación, definía de este modo: “La misión, pues, de la Iglesia se realiza mediante la actividad por la cual, obediente al mandato de Cristo y movida por la caridad del Espíritu Santo, se hace plena y actualmente presente a todos los hombres y pueblos para conducirlos a la fe, la libertad y a la paz de Cristo por el ejemplo de la vida y de la predicación, por los sacramentos y demás medios de la gracia, de forma que se les descubra el camino libre y seguro para la plena participación del misterio de Cristo” (Ad Gentes, 5).

Como sabéis muy bien, esa Iglesia misionera la encarnan una multitud de hombres y mujeres – sacerdotes, consagrados y consagradas y laicos -, que llevan por el mundo el rostro misericordioso de Cristo. Lo hacen porque su generosidad está marcada por el corazón mismo de Hijo de Dios, al que aman y al que anuncian para que sea amado como fuente de salvación. Pero también lo hacen porque llevan la compasión misericordiosa a flor de piel ante tanta fragilidad y miseria. Los misioneros y misioneras son el modelo auténtico de un deseo que el Papa Francisco tiene para todos los cristianos: ¡”Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa” ((EG 261).

Por gratitud y también por un profundo sentido de comunión, todos deberíamos de sostener sus vidas, su misión, sus obras. Os propongo, pues, una vez más que mantengáis vivo el apoyo a las misiones, en las personas que, como decía hace unos días un misionero, son cauce de la misericordia de Dios. Os animo, entonces, a aumentar nuestra ayuda solidaria a través de esta campaña anual del Domund, que coordina Roma por las Obras Misionales Pontificias. Sigamos valorando y proponiendo la vocación misionera y sostengámosla con nuestra oración y nuestros sacrificios y, sobre todo, subamos el listón de nuestra generosidad con el apoyo económico.

Termino esta llamada misionera dando una buena noticia: este año tendré la oportunidad, Dios mediante, de celebrar el envío de un sacerdote de nuestra Diócesis de Plasencia. Se trata de Julián Martín Paniagua, que ya tiene su destino en una zona de Brasil, a donde irá con un equipo misionero del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME). Rezad por él y por todos los misioneros y misioneras diocesanos.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia

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