Rincón Litúrgico

Carta de Adviento 2019

Tiempo de esperanza

Con toda la Iglesia, comenzamos el tiempo nuevo más atractivo del Año Litúrgico, el Adviento, tiempo de esperanza, de promesas y de profecías.

El Dios creador no se queda frustrado por el pecado de Adán y, movido a compasión porque ama al hombre, decide hacerse Él mismo Hombre, para restablecer la armonía de todo el universo, devolviendo a la obra de sus manos el esplendor, la bondad y la belleza con los que la diseñó.

Puede parecernos que son palabras bonitas, cuando la realidad que nos envuelve no deja de tener su sombra. Sin embargo, desde la Encarnación del Verbo de Dios en el seno de María, la joven nazarena, todo ha cambiado.

La materia se diviniza, el ser humano descubre en verdad su semejanza divina, al verse de la misma naturaleza humana que asume el Hijo de Dios en el seno de la mujer bendita. Algunos exegetas ven una concurrencia entre la primera creación y la Encarnación, al comprobar que así como Dios, al principio del tiempo, diseñó un jardín para colocar en él a Adán y a Eva, ahora, en María, nueva Eva, el Creador encuentra el espacio habitable, lleno de belleza y de hermosura donde el nuevo Adán descubre su jardín.

Cada uno de nosotros, contemplando la belleza con la que algunos artistas han plasmado a la Virgen nazarena, como hace Zurbarán al pintar a la Virgen Niña, puede intuir el don precioso que se nos ofrece con el próximo nacimiento del Salvador, al celebrar la transformación de todo lo que existe, gracias al amor divino.

Tú y yo podemos descubrirnos proyecto divino, jardín bendito en el que Dios quiere morar. Y si abrimos la puerta al Redentor, experimentaremos la inmensa alegría de sabernos habitados y, a la manera del paseo que el Creador daba con los primeros padres en el paraíso, vivir, no importa dónde ni como, sumergidos en el abrazo y en el beso del amor más grande, el amor de Dios.

Atrévete a abrir la puerta al Señor, que viene, y gozarás de la verdad que auguran las profecías: “Esto dice el Señor que te hizo, que te formó en el vientre y te auxilia: No temas, siervo mío, Jacob, a quien corrijo, mi elegido; derramaré agua sobre el suelo sediento, arroyos en el páramo; derramaré mi espíritu sobre tu estirpe y mi bendición sobre tus vástagos. Brotarán como en un prado, como sauces a la orilla de los ríos” (Is 44, 2-4).

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