Opinión

Carta a un candidato al Seminario

Carta a un candidato al Seminario

Querido  Pedro Manuel:

En el día del seminario, cuando celebramos a San José, uno  la jornada  vocacional a tu persona y a tu fotografía. Me sirves como estampa y oración ante el Padre que sigue llamando en los corazones y nos sigue haciendo testigos de cómo llega a lo entrañable del ser humano, para invitar con la suavidad del que ha creado y cree en la libertad radical del ser humano.

Es cierto que la Iglesia se está preguntando actualmente por muchas cosas, le llega la interpelación de un tiempo y de una cultura nueva que exige una reflexión profunda y un redescubrimiento  del propio ser a la luz del Evangelio de la Vida que siempre permanece. Nuestra iglesia diocesana se siente muy tocada en la reflexión acerca de las vocaciones sacerdotales, últimamente casi como una idea fija.  Las conversaciones se centran mucho en los modos y medios para recuperar lo perdido, lo que antes era: modos de propaganda y captación, la oración, la invitación directa y explícita, el enseñar el seminario… como si se hubiera perdido algo que hay que  recuperar. Humorísticamente me recuerda al chiste del monaguillo que aplaudía gozoso ante la muerte del anciano papa  y cuando le preguntaban por qué lo hacía, respondía: “el escalafón es el escalafón”.

Te digo la verdad, que ese modo de plantearlo no me gusta mucho, como que me recuerda a la mujer de Lot cuando se convirtió en estatua de sal. La mirada al pasado con nostalgia para querer volver a lo mismo, me da la sensación de que no es el horizonte que marca la alegría del evangelio, que es capaz de mirar hacia adelante con nuevos modos, esperanzados, abriéndose al cuidado de un Dios que no deja de abrir caminos y de ser creativo en la historia, como lo fue cuando nacieron los seminarios después del Concilio de Trento. Ahora, por qué  no, también ha de ser tiempo de nacimientos y de creación de realidades nuevas, que abriéndose al presente se gesten con rasgos de autenticidad y originalidad. Dios no salva desde el pasado, sino siempre desde las promesas que abren al futuro. No sé, pero me retumba aquello de que “a vino nuevo, odres nuevos”, y es que me da que los vinos son muy nuevos para querer retenerlos  y devolverlos a odres viejos.

Por eso, me gusta más mirar  tu estampa vocacional. Te conozco de verte ir a la celebración de la eucaristía en algunos días de diario a nuestra parroquia, en silencio y anónimamente. Lo cual me indica que has descubierto a Jesucristo y te gusta encontrarte con él en espacios de intimidad y sencillez. Esa base me parece fundamental, sin ella no seríamos nada, y la vives en medio de la vida ordinaria y normal. A través de facebook, donde hemos intercambiado ideas alguna vez, me han llegado fotos de tu familia trabajadora, normal, tus padres, tu hermano, tus momentos familiares más amplios y celebrativos. Una familia normal  que te quiere y te cuida, la que te acompaña y se alegra contigo en tus pasos y decisiones. Te he descubierto también como estudiante en la universidad, uno entre tantos, pero comprometido e implicado desde el consejo de alumnos, rodeado de compañeros, optando y decidiendo por ti y con los demás para hacer una facultad mejor, más habitable, más fraterna. A la vez, me ha alegrado mucho verte divertido con tu pandilla de amigos, disfrazado en carnavales, bailando y  riendo, con tus gafas de sol y tu coca-cola al vuelo apagando tu sed, lleno de juventud y frescura.  Humano, tremendamente humano: hijo, hermano, sobrino, primo, amigo, estudiante, eucarístico, comunitario, alegre, festivo.  Y, al mismo tiempo, te he descubierto enlazado con los seminaristas actuales, compartiendo con ellos momentos celebrativos y festivos, acercándote a esa realidad por la que te estás preguntando y decidiendo. Y me respondo que esto es lo normal, un chaval joven con proceso normalizado de madurez, equilibrio humano, estudiantil, amicable, parroquial, está abriéndose a la realidad de un ministerio que se hace posible en su vida como marco de realización y vocación, sin estar definido teniéndolo que configurar y descubrir, ayudado por la Iglesia diocesana, pero por ti mismo.  Un proceso vocacional propio de los jóvenes en esta cultura y en este ámbito social que no lo está poniendo fácil a nadie.

Y ahora miro fotos que están en mi despacho y observo algunas que son curiosas, una de ellas un seminarista dando un estirón al aire para parar el balón que pretende entrar en una portería de maderos, lleva puesta la sotana con la que vuela, al fondo todos los que corren -con dificultad- con sus sotanas, con edades de pre-adolescencia. Lo miro con cariño, sin haberlo  vivido yo de esa manera, aunque fui seminarista desde los once años, y  acepto con paz que no se trata de volver a aquel momento, ni aquellos métodos, de aprendices de curas como de carpinteros y otros oficios. La vía de los monaguillos, como una más,  podrá quedar y estar ahí, para por si acaso, pero para los vinos nuevos que pueblan nuestra juventud y nuestra sociedad, y que tanto quiere Dios, hace falta originalidad y creatividad. Las vías tendrán que ser la normalidad de  los jóvenes que se pelean y luchan hoy por ser ellos mismos, de un modo nuevo y creativo. Hoy no necesitamos repetir paradigmas ni modelos ya agotados, hoy necesitamos una visión del ministerio y unos seminaristas que sean nuevos y creativos. Oremos a Dios para que nos ayude a vislumbrar los nuevos odres con esperanza en su promesa profética que permanece en pie: “Os daré pastores según mi corazón”.

Hace unos días he compartido espacio con jóvenes universitarios que han estado haciendo ejercicios espirituales con el tema central de la vocación y la llamada en sus vidas, jóvenes como tú -por eso te invité a compartir espacio con ellos-. Han orado de cómo Dios llama e invita diariamente a sus personas, para ser ellos mismos, para encontrar el sentido de la vida, para ser para los demás, para entregarse, para amar y crecer en su fe… y  comprendo que ese ha de ser el camino. Dios y ellos se las apañarán para sorprendernos y llevarnos mucho más allá de nuestros miedos y controles; miedos revestidos muchas veces de fidelidad a nosotros mismos más que a la novedad de lo divino y su creatividad.

Hoy te felicito por tu inquietud y me alegro de tu proceso. Desde ti, en este día del seminario,  pido al Padre que sepamos en nuestra Iglesia recibir su llamada para ser y saber ofrecer lo que Él quiere y como Él quiere que lo hagamos a los jóvenes de hoy.

Un saludo cordial y… ¡ánimo en tu proceso!

José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

 

 

 

 

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