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Carlos Osoro desea que «las vacunas den pronto frutos y se vacíen los hospitales»

El cardenal Carlos Osoro, vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española y arzobispo de Madrid, apunta a la esperanza para encarar el año 2021: «Esperemos que las vacunas den pronto frutos y se vacíen los hospitales. Esperemos retomar rutinas que ahora parecen lejanas. Esperemos que, con el retorno de la actividad y el empuje de Europa, la recuperación económica sea rápida y nadie quede atrás. Pero sobre todo esperemos que, ante los problemas futuros, seamos muchos, muchísimos los que aparquemos las diferencias y sepamos acercarnos a nuestros hermanos al estilo del Buen Samaritano».

En un artículo publicado en ECCLESIA 4.058, el arzobispo invita a los miembros de la Iglesia («y todos los que tenéis buena voluntad») «a entrar cada día por el camino del Evangelio». Como él dice, «traerá problemas, pero esto es la santidad». «El protocolo para entrar en este camino de la santidad está descrito en el capítulo 25 del Evangelio de san Mateo: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”».

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Motivos para la esperanza

Al meditar el Evangelio en el IV domingo de Adviento sentí un gozo y una luz especial. Las palabras que la Virgen recibió de Dios, «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo», las escuchamos todos hoy. En este tiempo de pandemia, con oscuridades e incertidumbres, lo primero que se nos pide es no perder la alegría. La vida sin alegría se hace difícil y dura. Pero no es cualquier alegría la que se nos llama a vivir: es la alegría que tiene su fundamento en el mismo amor de Dios.

Estamos a punto de despedir 2020, un año marcado por la covid-19 y que ha traído una fuerte crisis sanitaria con graves implicaciones económicas y sociales. Pero como subraya el Papa Francisco en la preciosa encíclica que nos regaló hace unos meses, en Fratelli tutti, «el dolor, la incertidumbre, el temor y la conciencia de los propios límites» que ha despertado la pandemia ha de ser también una invitación a «repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades y sobre todo el sentido de nuestra existencia» (cfr. Fratelli tutti, 33).

Deseemos la alegría a la que nos llama Dios a través de nuestra Madre la Virgen María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». No se trata de una alegría engañosa o turbia, sino que la alegría a la que llama Dios a María —y en Ella, a nosotros— es la que procede de sentirnos amados. Una alegría que no se compra; nos viene dada aun en medio de las dificultades. Ese «alégrate» tan lleno de contenido que María recibe de parte de Dios es para nosotros también aquí y ahora, en este momento que vive la humanidad. Además, el Señor añade otra expresión que da certezas y seguridad: «El Señor está contigo». Es fundamental acoger en nuestra vida esta noticia y hacerla vida en estos momentos. Aquí está el secreto de la Navidad: Dios está con nosotros, nos ama. Somos conscientes de su amor. No nos abandona y podemos vivir en esperanza. Con el sí de María a Dios cambia la historia. Sepa la humanidad que no estamos abandonados a nuestras propias fuerzas, que no vivimos perdidos en medio de este mundo.

Es cierto que en este tiempo de pandemia nuestras calles y nuestros hogares, nuestros pueblos y ciudades, se han llenado de tristeza y sufrimiento. Hemos sido conscientes de la vulnerabilidad, de nuestras falsas seguridades y de nuestra independencia. Hemos cambiando rutinas y hemos echado de menos gestos que dábamos por sentados. Hemos perdido a miles y miles de personas, entre ellas a muchos mayores; personas con nombre y apellido, con sus historias de vida y que a veces ni siquiera han podido despedirse de sus seres queridos. Y en espera de las inminentes vacunas, esta dura batalla contra el virus se sigue lidiando cada día en centros de salud y hospitales.
En medio de este caos en el que nos ha asumido el coronavirus, también ha emergido de nuevo la certeza de que ni la muerte ni el dolor van a tener la última palabra. Hemos apreciado el valor de los seres queridos y la bondad de vecinos hasta no hace mucho desconocidos; hemos redescubierto la importancia de las llamadas para ver «que tal estás» y de los abrazos… Y nos hemos topado con ejemplos permanentes de entrega a los demás; con hombres y mujeres que, a veces sin ser conscientes de ello, hacen verdad el mandato de amarnos los unos a los otros como el Padre nos amó.

Personalmente me impresiona la cantidad de personas que, fiándose de Dios, tuvieron y tienen el coraje de nuestra Madre cuando escuchó aquellas palabras de Dios por parte del ángel: «No temas». Son muchos los miedos que pueden despertarse en nosotros, pero estos miedos se superan viviendo desde la confianza y desde la luz que Dios nos da para hacer el camino. También en la pandemia, que ha irrumpido con tanta fuerza en nuestra vida, nos hemos encontrado con numerosas personas que saben escuchar: «No temas». Es verdad que la fe en Dios no es una receta mágica para resolver los problemas que llegan cada día a nuestra vida, pero todo es diferente cuando uno vive buscando y teniendo la luz y la fuerza que vienen de Dios.

Como pastor de la Iglesia que peregrina en Madrid me han llegado infinidad de testimonios, más o menos directos, de sanitarios que se desviven por los enfermos y se exponen a lo desconocido. De sacerdotes y diáconos que escuchan y acompañan a quien sufre, recordando a los enfermos en los hospitales que Dios los acompaña, o junto a la gente en sus casas y en sus comunidades. De transportistas, empleados de supermercados, personas de limpieza, miembros de Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, periodistas, docentes y otros tantos profesionales que intentan hacer la vida más fácil a los demás, incluso jugándose la suya. De voluntarios de Caritas y otras organizaciones que siempre están dispuestos a echar una mano. De consagrados y consagradas que gastan la vida con los últimos y pasan horas ante el Señor rezando por el fin de la pandemia. De abuelos y padres entregados a sus familias. De jóvenes que se apuntaron al Plan de Esperanza que les propuse y se animaron a hacer a otros la misma pregunta que Jesús hizo al ciego Bartimeo: «¿Qué quieres que haga por ti?».

Escribo estas líneas, como apuntaba al principio, en el IV Domingo de Adviento, cuando nos estamos preparando para la llegada del Señor, que nació en un humilde pesebre en Belén hace 2.000 años y va a volver a nacer aquí, en nuestras circunstancias, en nuestras calles y hogares, algunos de ellos llenos de tristeza y sufrimiento. Vivamos con esta seguridad. Viene a recordarnos que, aunque algunos alienten divisiones y enfrentamientos, todos somos hijos del mismo Dios y por ello hermanos. Nos recuerda que debemos cuidarnos los unos a los otros como han hecho tantas personas en este tiempo de pandemia.

Con esta convicción hemos de encarar con esperanza el año 2021. Esperemos que las vacunas den pronto frutos y se vacíen los hospitales. Esperemos retomar rutinas que ahora parecen lejanas. Esperemos que, con el retorno de la actividad y el empuje de Europa, la recuperación económica sea rápida y nadie quede atrás. Pero sobre todo esperemos que, ante los problemas futuros, seamos muchos, muchísimos los que aparquemos las diferencias y sepamos acercarnos a nuestros hermanos al estilo del Buen Samaritano.

A quienes creéis en Jesucristo, a quienes sois miembros de la Iglesia, a todos los que tenéis buena voluntad, os invito a entrar cada día por el camino del Evangelio; traerá problemas, pero esto es la santidad. El protocolo para entrar en este camino de la santidad está descrito en el capítulo 25 del Evangelio de san Mateo: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25, 35-36).

En palabras del Papa Francisco, «estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos, que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos» (Fratelli tutti, 77). Y añade que «solo en el cultivo de esta forma de relacionarnos haremos posibles la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos» (cfr. Fratelli tutti, 94). Bonita tarea no ya para el año que comienza sino para toda una vida, ¿no?

Por el cardenal Carlos Osoro

Vicepresidente de la CEE y arzobispo de Madrid



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