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Carlos Osoro: «A veces nos ponemos de lado y no al lado de los que sufren»

En la tarde del lunes tuvo lugar la presentación del último libro del cardenal Carlos Osoro, «Mi maestro fue un preso».

El evento, retransmitido a través del canal de YouTube del Grupo de Comunicación Loyola —responsables de la edición de esta recopilación de reflexiones y testimonios de presos—, lo condujo el jesuita José María Rodríguez Olaizola.

A pesar de las complicaciones técnicas durante los primeros minutos,  el resto de la sesión transcurrió en óptimas condiciones y pudimos conocer una faceta no tan resaltada en los medios de comunicación de Carlos Osoro: su cercanía con aquellos que se han visto privados de libertad.

«El título del libro es un homenaje a muchos presos que han reconstruido sus vidas en la cárcel», dijo en un momento de su intervención.

«Soy un preso, sí. Y Jesús de Nazaret camina conmigo»

Este ha sido uno de los testimonios que han resonado durante la presentación, recogidos en el libro, y que Olaizola utilizó para preguntarle al arzobispo de Madrid qué le han enseñado los presos en sus visitas a la prisión de Soto del Real.

En ese momento, el cardenal ha recordado que «cada Eucaristía allí es algo diferente» y ha destacado un Jueves Santo en particular, donde, durante el lavatorio de pies se sintió como Cristo, limpiando y siendo limpiado. «Jesús besa lo más sucio de la vida, perdona y reconstruye la vida. Ése es mi maestro».

Minutos más tarde, incorporaron a la presentación las palabras de Paco, quien estuvo cumpliendo pena en  el centro penitenciario madrileño, que manifestó con sencillez y claridad su profundo agradecimiento a los encuentros del cardenal Osoro con los internos como él.

No deje de visitar a los presos nunca.

«Cuando uno está en una celda tiene una sensación de derrota total. Te haces pequeñito ante el resto de las personas. Notas en las expresiones de los otros que no te quieren, que eres un malvado, que no eres de fiar». Sin embargo —prosigue Paco— «cuando en ese contexto aparece alguien que no juzga y que viene a dar y no a pedir, notas ese abrazo —dijo al tiempo que mostraba una imagen de una persona que se ha zafado de las cuerdas que le amordazan—. Quizá no sea consciente de cuánto ayuda  su presencia en esta transformación».

Para finalizar su testimonio, Paco le dejó un reclamo a Osoro: «No deje de visitar a los presos nunca».

«Solo puede ser justo quien es capaz de ponerse en el lugar del otro»

Esta sentencia dio pie para preguntarle al que también es vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española por el rostro de Jesús en los que están en la cárcel.

«Veo el rostro de tanta y tanta gente que hay en el mundo, que incluso están libres pero están atados a tantas cosas… pero veo sobre todo a muchos que no se han enterado de que Dios los ama. De que no hay nadie en la vida, haga lo que haga, que no sea amado por nuestro Señor. Yo no me puedo sentir extraño porque Él me ha mandado que haga lo que Él mismo ya hizo;  acercarme a todas las realidades de los hombres».

En este punto ha hablado de cómo «Jesús ha pasado por todas las situaciones humanas. De no ser entendido, de ser juzgado en la mentira…» y ha recordado el Evangelio de Mateo, que «no es un cuento sino la palabra del Señor», y el llamado de todo cristiano a cumplir la obra de Dios en los pobres, en los presos, en los desvalidos. «A veces nos ponemos de lado y no al lado de los que sufren».

A propósito de esos rostros con los que se encuentra entre rejas, Osoro nos habla de una profunda hondura humana, de necesidad de calor y escucha.

«No soy distinto de los que están en prisión. Si yo hubiera vivido lo que ellos han vivido, ¿qué sería de mí?»

Con una mirada de misericordia, constante en toda la conversación, Osoro, siguiendo la estela del Papa Francisco, ha querido incidir en la necesidad de ponernos en camino en el cumplimiento de la misión que el Señor ha dado a cada quien «por donde van todos los hombres, sin ensuciar más sino dando la luz que tenemos que dar».

Después ha rememorado las enseñanzas que recibió de su padre, en casa, donde desde el sentido común, les hablaba de las distintas realidades que confluyen y que lo que muchas veces enarbolamos como prejuicios para protegernos de los demás son en realidad perspectivas opacas sin un fundamento verdaderamente cristiano.  «He aprendido en mi casa que un ser humano es sagrado, sea cual sea su condición o estado». «O el cristiano se identifica con Jesús en todos los caminos de la vida, o no somos cristianos. Jesús quiere entrar en todos, llegar a todos y no se puede excluir a absolutamente a nadie. A nadie».

Escucha, atención personal y un diálogo sincero.

En ese momento intervino Paulino, capellán de Soto del Real, al que Osoro le ha rendido su más sincera admiración por su trabajo diario. Paulino, en la misma línea que nos marcaba en ECCLESIA Florencio Roselló, director del departamento de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Española, de potenciar «la escucha, la atención personal y el diálogo sincero; además del cuidado espiritual mediante los sacramentos».

«Un discípulo de Jesús, si es discípulo de Jesús, no puede tener prejuicios»

A la pregunta de Olaizola de cómo ayudar en la sociedad a divulgar que la Iglesia tiene una Buena Noticia, Osoro se ha mostrado contundente. «Debemos situarnos en la vida sin prejuicios de ningún tipo.  Vamos con muchos juicios de situaciones y personas. Jesús, mientras estuvo en este mundo, no hizo juicios. Se acercaba a las personas. La Iglesia tiene que acercarse a este mundo. El Papa Francisco nos enseña a no situarnos al margen de ninguna situación humana. No se trata de imponer nada, solamente de acercarnos».
Por último, agradeciendo al jesuita su ayuda en todo momento para dar forma a «Mi maestro fue un preso», a la cuestión de qué es los más difícil de ir a una presión, el arzobispo de Madrid dijo:
«Yo es que voy con muchísimo gusto. Mi gran deseo siempre ha sido encontrarme con la persona. Yo no voy a investigar a nadie, voy a encontrarme, de regalar lo que en mi vida me ha hecho más feliz y me ha hecho salir de mí mismo. No me cuesta. Yo en un sitio donde me dejen entrar, entro».


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