Carlos Gomez-Vírseda, el día de su ordenación sacerdotal. (Silvia Rozas)
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Carlos Gómez-Vírseda: «Hoy, la promoción vocacional necesitaría más explicitación religiosa»

Su intención este verano era viajar hasta Chad para dar clases en el «Proyecto Buen Samaritano» de atención sanitaria, formando médicos. Carlos Gómez-Vírseda Martínez SJ (Madrid, 1985) acaba de ser nombrado como uno de los promotores vocacionales de la Compañía de Jesús en España. Médico, misionero y sacerdote, ha llegado hace un mes de Bélgica, donde ha pasado los dos últimos años de su vida especializándose en bioética, a lo que esperaba dedicarse. Sin embargo, su congregación le ha pedido este servicio que ahora empieza a afrontar.

—Hablando de vocación… ¿cómo conviven las tres vocaciones de médico, jesuita y promotor?
—En el nivel profundo, es lo mismo, la convicción de que cada uno tiene una llamada personal de Dios. En el fondo, encuentro similitudes en la intuición con la que un chaval de 18 años quiere ser médico y no sabe muy bien qué significa. Luego se plantea dejarlo todo y hacerse jesuita. Y ahora se traduce en una tarea concreta, como la de ser promotor vocacional. Es el mismo Dios que se va desplegando, hablando en lo pequeño, en lo que tienes que fiarte.

—Como promotor vocacional, ¿qué atractivo puede ofrecer a los jóvenes la vida religiosa?
—Afortunadamente, hemos abandonado el lenguaje de «perfección» que se usaba antes para hablar de la vida religiosa… pero, lo cierto es que ahora nos cuesta más encontrar cuál es la diferencia entre un laico comprometido y un religioso. Eso conlleva que a veces nos es difícil definir nuestra identidad… Creo que los religiosos tenemos que buscar esa definición en la radicalidad unida a los votos. Es ahí donde podemos encontrar nuestra identidad más profunda.

—¿Cómo vive los votos de castidad, pobreza y obediencia?
—Desde la libertad, más que desde la renuncia, como la gente en general los tiende a pensar. Vivo más la parte que tienen de opción en positivo. Me dan una gran libertad que me permite sentirme feliz en Chad o en Europa, ya viva en uno de los lugares más pobres o más ricos del mundo. Esto es posible si se viven como voluntad de Dios.

—¿Qué cree que puede faltar para que la generación joven se interese por ese estilo de vida?
—Nuestra mirada sobre esta generación debe ser la de descubrir cómo Dios habla en ella y ver qué se puede cultivar ahí. Por ejemplo, hoy la promoción vocacional necesitaría más explicitación religiosa, más silencio y profundidad, ofrecer una identidad sólida, aprovechar la belleza de la liturgia. Y esto no debería ser visto como un paso atrás, sino como un paso adelante. Es una respuesta a lo que piden hoy de forma abierta muchos jóvenes.

—¿Ahora, se atrae más de esta manera?
—Eso me parece descubrir. Sinceramente, no es algo que ha partido de mí, sino que he empezado a aprender de los jóvenes. De repente, descubro que hay una sensibilidad especial por la belleza, por la música, por la naturaleza y la Creación.

—Eso se podría conectar con la ecología integral y Laudato Si’.
—Sí, creo que es una encíclica profética en la que el Papa se nos ha adelantado a muchos. La conversión a la que nos llama no apunta simplemente a reciclar o comer tal cosa. Es algo mucho más profundo. Es vivir a un ritmo de vida más pausado y respetuoso. ¿Cómo consumo, cómo rezo, cómo miro al pobre? A veces percibo resistencia a Laudato Si’ porque se piensa que le hacemos el trabajo a Greenpeace… pero lo que pide la Iglesia es algo mucho más profundo: un cambio de vida sin el cual el ecologismo se convierte -paradójicamente- en una moda más de consumo.

Carlos Gómez-Vírseda, impartiendo clase de medicina en Chad.

«Que muera alguien en soledad es duro siempre»

—Acaba de llegar a España, hace un mes. Antes estaba en Bélgica. ¿Cómo se ve la pandemia desde allí? ¿De verdad somos tan malos en España?
—Existe el estereotipo de que a los españoles nos cuesta cumplir las normas… y sí es cierto que en el norte de Europa son más estrictos. En cualquier caso, creo que parte de la diferencia es que el coronavirus llegó antes a Italia y España, mientras que otros países tuvieron unas semanas más para prepararse. Otra diferencia es que en España tenemos menos confianza en las instituciones. Por ejemplo, los datos oficiales, siempre difíciles de comparar, dicen que la tasa de mortalidad en Bélgica es de las más altas del mundo, y sin embargo, percibo menos tensión social que en España.

—Precisamente, la política en Bélgica está casi más dividida que en España por las diferencias entre valones y flamencos…
—Puede ser… Yo estaba en Lovaina y allí nadie habla francés por una cuestión de nacionalismo. Aun así, no percibía tanta polarización en este tema ni respecto a la pandemia.

—Siendo médico, ¿ha tratado pacientes con COVID?
—Durante la pandemia, trabajé como capellán en un hospital con un permiso especial para visitar todos los servicios por ser médico. Ha sido muy duro, sobre todo que la gente muera en soledad, sea por COVID, por cáncer, o por lo que sea. La muerte, el final de la vida, requiere el mismo respeto y cuidado sea la enfermedad que sea. Tendremos que adaptarnos a vivir con esto.

—Como médico, ¿hasta qué punto le sorprendió la pandemia?
—Por un lado, las dimensiones que ha cobrado sí me han pillado por sorpresa. Pero, a otro nivel, era algo esperable. Trabajando en África, he lidiado con otras enfermedades infecciosas que se intentaban contener en estos países: ébola, tuberculosis… Pero lo cierto es que con la movilidad humana actual, la sanidad sólo puede ser global. Estamos  todos conectados y debemos apostar por una mayor solidaridad. No podemos conformarnos con que en Europa la esperanza de vida sea de 80 años y en Chad no llegue a 50. Así, vuelvo al inicio: médico, jesuita o promotor vocacional… Todo suena a lo mismo. Necesitamos compañeros que comprometan su vida en esta misión.

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