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Carlos Esteban: «Una asignatura de Religión autorreferencial deja de ser luz»

Este martes 2 de marzo, la segunda sesión del Foro «Hacia un nuevo Currículo de Religión Católica», ha comenzado con la ponencia marco Carlos Esteban, director del Observatorio de la Religión en la Escuela, que ha agradecido a «la Comisión Episcopal para la Educación y la Cultura esta iniciativa. Felicidades por haber promovido esta propuesta y por su impecable organización».

Esteban, ha asegurado que en el marco de una Iglesia en salida que marca el Papa Francisco, «la respuesta debe ser proponer una clase de Religión en salida como desafío de la escuela y a la sociedad del siglo XXI». Para ello, hay que comprender que «una clase de Religión que no sale de sí misma, que es autorreferencial… es una clase de Religión enferma, y su luz deja de ser luz». Sin embargo, ha explicado «nosotros estamos llamados a no apagar su luz, a nutrir esa luz para alumbrar a las naciones».

Abriéndose a las periferias, «la Iglesia no ha dejado de ser ella misma, esta salida ha sido, más bien, una vuelta a su esencia: El Evangelio». Porque salir «no es una huida hacia fuera, no es un debilitamiento de identidad, es una renovación interior, una profunda conversión, una renovación de su misión desde las propias raíces que nutren un nuevo encuentro con el mundo».

Un diálogo fecundo

Por lo tanto, un currículo de ERE en salida debe abrirse a un diálogo (que seguro será fecundo) con las competencias clave de la Unión Europea, con las dimensiones de lo que la OCDE ha denominado competencia global, con las insistentes llamadas de la UNESCO para humanizar la educación, y con las demás preocupaciones sociales emergentes a nivel global y local «en las que también apreciaremos una significativa convergencia con la enseñanza social de la Iglesia». Además, será imprescindible «abrir espacios de cooperación entre la ERE y la Agenda 2030 con sus ODS».

Ante este escenario, una ERE en salida debe estar comprometida «con la erradicación de la pobreza, estar sensible al acceso universal a la educación y la creciente brecha digital, implicarse en el cuidado de todas las personas, especialmente las más necesitadas, cultivar el cuidado de la naturaleza». De la misma forma, necesariamente «debe dialogar con la ciudadanía global, con la educación intercultural o con la cultura democrática».
Por todo ello, ha expresado, «la evidente afinidad en el pensamiento social cristiano y estas preocupaciones sociales nutrirá la ERE en la selección de sus aprendizajes esenciales». Y no solo porque aporta valores éticos y cívicos, sobre todo porque «aporta las motivaciones necesarias, es decir, creencias e ideales, esto es lo que permite la realización personal, y no solo automatismos o estructuralismos».

En director del no ha querido concluir sin llamar a la ERE «a decir sí al Pacto Global por la Educación, que propone la centralidad de la persona y alumbrar un nuevo humanismo. Una ERE en salida debe estar en línea con este Pacto Global de la Educación y transformar en pedagógicas las categorías antropológicas y teológicas».

¿Cómo debería ser esta propuesta?

La pregunta clave que se suscita en torno al nuevo currículo de Religión es cómo debería ser su propuesta de aprendizajes. «Nuestra respuesta no será resultado de buscar “fuera o lejos” de la propia enseñanza de la Religión, más bien derivarán de repensar lo más nuclear de su propia identidad y naturaleza, de actualizar su esencia y expresar lo que denominamos sus contribuciones educativas, es decir, sus aportaciones a la educación integral». Por eso, ha insistido, «la enseñanza que proponemos está configurada en torno a tres aportaciones propias claramente alineadas con las finalidades propias de la escuela: aprendizajes culturales, aprendizajes sociales y éticos, y aprendizajes vitales y de sentido».

La enseñanza de la religión no puede permanecer ajena a lo que está aconteciendo, «porque nada de lo humano nos es ajeno». Por eso, «la exigencia de un nuevo currículo nos proporciona la oportunidad de repensar las fuentes curriculares. Tenemos el desafío de afrontar la fragilidad antropológica de estos tiempos líquidos y contribuir a renovar la pasión por la dignidad humana. Así, una enseñanza de la religión en salida, por sus contribuciones educativas, es un bien común».

 

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