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Carlos Escribano: «Quiero dedicar tiempo a escuchar cómo ve la realidad la gente»

Carlos Escribano tiene ADN aragonés. Nació en Galicia, pero, como él mismo dice, fue circunstancial: «Mi padre estaba destinado allí por trabajo». Vivió su infancia en Monzón y cursó Ciencias Empresariales en la Universidad de Zaragoza. No sabía entonces, entre cuentas de pérdidas y ganancias, que la visión estratégica de los negocios le ayudaría a cumplir una misión divina. Pero, al mirar por el retrovisor, lo tiene claro: «Providencia». Dios le llamó para ser sacerdote cuando ya estaba trabajando. Dejó todo, a los 25 años, y se puso a estudiar Teología. Ahora vuelve a casa como arzobispo, con su humildad característica y muchas ganas de escuchar. «El reto es iluminar la sociedad con la luz del Evangelio, bajo la intercesión de la Virgen del Pilar», subraya un prelado al que le gusta desconectar «con un buen partido de fútbol» y al que se le verá en el transporte público o peregrinar con su saco de dormir para «estar cerca de la gente».

—Veintiuno de noviembre, toma de posesión. ¿Cómo ha sido este mes y medio desde que se anunció su nombramiento?
La designación surge por iniciativa del Santo Padre, por lo que no es una cosa esperada. Quedan capítulos pendientes que hay que cerrar de la mejor manera posible. Y eso es lo que he tratado de hacer durante estas últimas semanas en La Rioja, junto al trabajo extraordinario que supone levantar la casa para el traslado. También he acudido a algunas parroquias para despedirme con la celebración eucarística. No ha podido haber aperitivo después, ni espacios para compartir, pero, gracias a Dios, hemos celebrado la misa.

—Ahora sí, aterriza de nuevo en Zaragoza, donde acumula numerosas vivencias como sacerdote. ¿Qué siente en estos momentos?
Ilusión y responsabilidad. Ilusión de poder encontrarme con viejos amigos, gente que vive con intensidad su fe. Y, también, la responsabilidad que supone volver a tu diócesis de origen como arzobispo.

—Su nombramiento ha despertado mucho entusiasmo en laicos, religiosas y sacerdotes que ya saben lo que es trabajar con usted…
Con muchos de ellos pude compartir camino durante mis 14 años de ministerio sacerdotal en Zaragoza. Desarrollamos numerosos proyectos y aprendí mucho. Pero es cierto que ha pasado una década, lo que supone un tiempo razonable. Uno, aunque vuelva a casa, tiene que observar la realidad e intentar cogerle el pulso. Ver cómo está la situación y, a partir de ahí, ir creando equipos e iniciativas que permitan hacer presente a Dios en medio del mundo.

—Quiere ser un pastor «según el corazón de Cristo». ¿Cómo afronta este desafío?
Esa frase marca la intención que habita en lo más profundo de mi ser. El corazón de Cristo es un corazón abierto, de entrega constante al servicio de los demás. Ojalá yo sepa vivir así mi ministerio episcopal en Zaragoza. La diócesis está en marcha y me consta que se están haciendo muchas cosas. Yo quiero construir a partir de la realidad que existe, con los que ya están, en un clima de sinodalidad permanente. Deseo una alianza apostólica en la que unos y otros podamos llegar al último rincón de la sociedad zaragozana.

—En su saludo a la archidiócesis, hablaba de ser una Iglesia en “estado de misión permanente”. ¿Cómo ser, hoy, testigos del amor y la misericordia de Dios?
Se trata de uno de los grandes retos que tiene la Iglesia y que estamos intentando abordar en todas las diócesis. ¿Cómo entrar en diálogo con el mundo para transmitir el Evangelio? El papa Francisco, en la exhortación Evangelii gaudium, retoma el planteamiento de pontífices anteriores y plantea tres escenarios: presentes, alejados y ausentes.

—¿Es posible llegar a todos?
A la hora de evangelizar, hay que contemplar esas tres realidades. Normalmente, en las parroquias  se  atiende  bien  a la primera: gente que está presente con menor o mayor intensidad. También se intenta llegar a quien está alejado aprovechando el acercamiento que propician los sacramentos. Pero para los ausentes (ya no te digo para los beligerantes) necesitamos estrategias pastorales diferenciadas que atiendan a la realidad concreta que se quiera evangelizar.

—Y esto, sin duda, abre nuevos horizontes. Vivimos en una sociedad secularizada y plural. ¿Es necesario un cambio de paradigma para hablar de Dios?
De alguna forma, sí, hace falta un cambio de mentalidad a la hora de configurar la pastoral ordinaria de las parroquias. Habitualmente, nos regimos por la función que cada uno tiene, por grupos, movimientos  o  por  el  servicio  que  se  presta.  Eso  está  bien,  pero  debe ser una consecuencia. No tiene que interesarnos solo lo que la gente puede hacer. Primero hay que fomentar una evangelización que propicie el  encuentro  personal  con  Cristo, para que, fruto de ese proceso, cada persona descubra que está llamada a realizar una acción. En este sentido, sí cabe una renovación de la vida ordinaria de la Iglesia.

—Zaragoza es una de las principales diócesis de España. ¿Ha tenido la oportunidad de preparar la transición con don Vicente?
He tenido la oportunidad de hablar con don Vicente y de contemplar la programación pastoral de los últimos años. No obstante, es tras la toma de posesión, en las primeras semanas, cuando tienes contacto real con la diócesis. Es muy importante este aterrizaje, porque la transición no es solo de obispo a obispo, sino con los sacerdotes, laicos, religiosas, órganos consultivos…

—Ver qué puede aportar cada persona, conocer sus anhelos e identificar debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades. Se trata de mantener lo que funciona y reforzar lo que tenga margen de mejora.
Para ello, quiere escuchar mucho… Sí, es el primer paso. Quiero dedicar tiempo a escuchar cómo ve la realidad la gente, qué es lo que está viviendo y protagonizando. Sus proyectos, sueños e ilusiones. Conocer qué es lo que tienen en el corazón. La escucha no es pérdida de tiempo, sino una inversión, porque te permite conocer muy bien el horizonte en el que las personas se están moviendo. Las respuestas parten de la escucha.

—¿Va a limitar la pandemia su acción pastoral?
La pandemia seguro que nos condiciona, pero también puede ser una fuente de oportunidad. ¿Por qué no generar otros modos de hacer pastoral y dar pasos que, en circunstancias normales, costarían mucho más? La providencia suele descubrirse cuando pasa el tiempo y tienes perspectiva. Seguro que Dios tiene un plan para nosotros. Yo invito a que, de esta situación tan compleja y dolorosa, seamos capaces de sacar el mayor bien posible.

—El plan pastoral de este curso busca ser, precisamente, “una Iglesia con corazón en tiempos de pandemia”.
Debemos salir al encuentro del necesitado como Iglesia viva que somos, con esperanza cristiana. La pandemia ha generado mucho sufrimiento en ancianos, enfermos, en los trabajadores que la combaten e, incluso, en familias enteras. Las noticias que están llegando sobre las posibles vacunas son muy positivas, pero no podemos bajar la guardia. Las consecuencias sanitarias, sociales, económicas y laborales del Covid-19 son grandes y Cáritas está intentando dar respuesta a todo ello. No es fácil, pero debemos esforzarnos para que nadie quede desatendido.

—Como arzobispo, le toca pilotar la Provincia Eclesiástica, un territorio que conoce muy bien. ¿Puede el trabajo común dar respuesta a los problemas derivados de la despoblación o la falta de recursos?
Sin duda. Cuando era sacerdote en Zaragoza, que tiene una pastoral urbana consolidada, pero no única, estaba inmerso en la vida de una gran ciudad. Luego tuve la oportunidad de ser seis años obispo de Teruel y Albarracín, lo que me permitió ver la pastoral de Aragón desde la perspectiva de una diócesis rural, con un índice de despoblación muy alto. Todas esas experiencias me pueden ayudar bien a entender a mis hermanos en el episcopado, para encontrar soluciones comunes que den respuestas e iluminen. Voy a sumarme al trabajo conjunto que ya están impulsando y desarrollando las diócesis sufragáneas, como refleja, por ejemplo, la carta pastoral ‘Nazaret era un pueblo pequeño”, sobre la Iglesia en Aragón al servicio del mundo rural.

—¿Pedirá la intercesión de la Virgen del Pilar?
Mi devoción a la madre de Dios es profunda. Me siento muy acompañado y cerca de ella. A la Virgen del Pilar la he tenido siempre muy presente. Durante mis años de sacerdote, solía acudir a la ‘Misa de la Venida’, que en la medianoche del 1 al 2 de enero conmemora el aniversario de la Venida de la Virgen María en carne mortal a Zaragoza. También participaba en la ‘Misa de Infantes’, en la madrugada del 12 de octubre. Recuerdo la devoción de la gente, que en muchos casos venía caminando desde los pueblos.

—Irá, pues, a ver a la Virgen…
Le voy a pedir que nos ayude como siempre ha hecho. La verdad es que ya nos sentimos protegidos bajo su manto. Pienso hacer realidad esa expresión tan zaragozana de “ir a ver la Virgen”, que nunca me ha abandonado. Incluso en la última década que he vivido fuera, ha estado presente tanto en mi capilla de Teruel como en la de Logroño. A ella encomendaré mi ministerio, pero también la vida y las intenciones de todos los ciudadanos. La Virgen del Pilar es determinante para cualquier aragonés.

José María Albalad
Director de la Oficina de Comunicación de la Iglesia en Aragón (OFICIA)
Entrevista publicada en Iglesia en Zaragoza

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