Iglesia en España Última hora

Carlos Escribano: «Es bueno que en la banda sonora de nuestra vida esté Dios»

Con el Congreso Nacional de Laicos de febrero como telón de fondo, el 27 de junio se celebró el VI Encuentro de Músicos Católicos Contemporáneos. El presidente de la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida, Carlos Escribano, obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño, se unió para invitar a los artistas participantes a tomar conciencia de su misión, no solo como compositores, sino también como intérpretes del mensaje del Evangelio a través de la música. Una manera de poner «banda sonora en la vida de la gente» que en momentos de pandemia y confinamiento ha sido fundamental para aliviar la soledad de muchas personas que han sufrido tanto a causa de la pandemia del COVID-19. Por eso, este encuentro celebrado de forma excepcional, «pone las notas necesarias» para que dentro del dolor, esta crisis «suene algo mejor» y descubrir «cuál es la melodía que Dios quiere transmitir al mundo a través de nuestra vida».

—¿Ha sido la música, a través de tantas iniciativas, una de las caricias en medio del dolor de esta pandemia?
—La iniciativa que han tomado los artistas en general y los católicos en particular es muy de agradecer. Al final, se han convertido de manera intencional en sembradores de esperanza y nos han ayudado a vivir de una manera menos dura el confinamiento, nos han abierto espacio para, de alguna manera, ser capaces también de interiorizar lo que estaba pasando, para reflexionar. En definitiva, entretenernos con la música con valores que nos trae el mensaje de Cristo. Han hecho una estupenda labor.

—Además, se ha utilizado, la música como herramienta pedagógica y pastoral…
—Los músicos católicos han puesto al servicio de todos el don que han recibido, sobre todo al servicio de la Iglesia, y cuando somos capaces de acogerlo, nos edifica muchísimo. Es lo que ha pasado estos días, estas semanas. Era necesario que ese servicio estuviera presente y nos ayudara a sobrellevar lo que estaba pasando a través de la trascendencia. Dios no desapareció del horizonte. Dios estaba presente y muchas veces la música nos recordaba esa presencia también en la adversidad. La Iglesia siempre ha tenido una relación muy estrecha con el mundo del arte y en concreto con la música. Solo hay que pensar en las grandes composiciones litúrgicas de la historia, todo lo que es el patrimonio musical de la Iglesia, el canto litúrgico y la música sacra han elevado el corazón de los hombres a Dios por la belleza de las composiciones. Pero ahora estamos en un momento evangelizador distinto. La música sacra sigue teniendo pleno sentido, pero es muy interesante adentrarse en los nuevos caminos evangelizadores que se abren, el papel que pueden jugar los músicos católicos. Tanto san Pablo VI, como san Juan Pablo II y ahora el Papa Francisco han hecho propuestas para contemplar los tres escenarios; los presentes, los alejados y los ausentes. Hay músicas que van más dirigidas a la celebración, a una dimensión solemne. Pero hay experiencias muy interesantes en el panorama de los músicos católicos que seas capaces de hacer composiciones con valores, que vayan más allá y que hagan que el receptor pueda reflexionar con intensidad.

—¿Y cómo llegar a los otros dos escenarios?
—Contando con ellos. Tenemos que tenerlos en cuenta para el entramado de la evangelización. Hay que contar con ellos. Pienso, sobre todo, en los jóvenes. Ellos están inmersos en el mundo de la música. Todos tenemos la banda sonora de nuestra vida: hay una serie de canciones que nos ayudan a componer nuestra propia existencia. Pues en esa banda sonora hay que introducir elementos que hablen de Dios. Y yo creo que ese es uno de los retos que tiene la Iglesia. Si no, al final, ese espacio de la realidad musical pueden coparlo otros y los elementos que pudieran abrir el corazón al Evangelio se perderían. Así, si la música se hace presente en esos corazones con la mayor calidad posible, llegaremos a mucha más gente. Es la mejor herramienta pedagógica y práctica con los jóvenes.
Para eso hay que crear espacios y apostar por nuevos espacios de evangelización, algo que se nos ha abierto de golpe con la pandemia.
Así es. Además, las iniciativas, como este encuentro que hemos tenido, son una apuesta dilatada en el tiempo para crear un espacio de comunión que debe convertirse en complementariedad, los músicos dirigen los temas a distintos escenarios y es muy importante gestionarlo a nivel Iglesia en España. Durante este encuentro han particioado más de cien artistas. Esto exige complementariedad de carismas, comunión y sinodalidad. Además de abrirse a todos los ámbitos de actuación posibles, desde la música litúrgica a la espiritual.

—En el mes de febrero se celebraba en Madrid uno de los grandes hitos eclesiales del año: el Congreso de Laicos. Sin embargo, esta ilusión se vio paralizada un mes después por la crisis del coronavirus. Iglesia en Salida que se vio confinada. ¿Cómo concretar el mensaje desde este momento que nos ha tocado vivir?
—Realmente lo que ha pasado, lo que está pasando, va a tener sus consecuencias en los próximos meses y años. Por ello, todo lo que hemos vivido hay que incorporarlo a nuestra reflexión, es necesario hacerlo. Todo esto tendrá un trasfondo de sentido y es lo que tenemos que tratar de interpretar. El dolor, la frustración, la vulnerabilidad, pero también la solidaridad, el compromiso, el comportamiento heroico de mucha gente… tiene un gran poso de sabiduría que la Iglesia tiene que saber interpretar para ofrecerlo a la sociedad. Es un poso que nos puede ayudar para seguir trabajando en el Congreso. No se han parado los trabajos. Es cierto que nos hubiera gustado continuar con la programación, realizar jornadas diocesanas donde analizar el documento final…. Todo eso ha habido que aplazarlo pero habrá momento de volver a coger la estela de aquella propuesta y seguir ilusionándonos. A su vez, los órganos del Congreso han seguido trabajando. Lo que se propuso allí fue muy grande, hubo muchas aportaciones y ha habido que elaborarlas. Estos meses de confinamiento han servido también para ir asentando todo aquello, reposándolo para después marcar el trabajo en los próximos meses en diócesis, asociaciones, congregaciones, movimientos… para seguir trabajando con el laicado en España y como Iglesia en Salida, que es el gran reto ahora mismo.

—Usted ha dicho del laicado que «es un gigante que estaba dormido y poco a poco va despertando». Ha habido que adaptarse a las circunstancias, pero realmente «no se ha parado» y se sigue trabajando.
—Podemos tomar el pulso en la realidad cotidiana de nuestras diócesis y en las iniciativas que se están proponiendo. El papel del laicado es fundamental cuando se trabaja en una dinámica de Iglesia en Salida. Tenemos que entrar en un diálogo abierto con el mundo y es el laico el que puede contextualizar el mensaje porque está inserto en esta sociedad. Los hombres y mujeres que están viviendo su realidad de creyentes en el contexto profesional, cultural y social. La gran tarea de la Iglesia es terminar de implicar a estos laicos a tomar conciencia de que por ser bautizados son evangelizadores. Por eso, es un gigante que puede aportar tantísimo y es muy importante trabajar en aras a que se sienta incentivado, corresponsable de esta tarea, ofrecerle formación, darle un acompañamiento desde la estructura eclesial y diocesana para dar los pasos necesarios.
Nosotros estamos acostumbrados a hacer una pastoral con el primer escenario del que hablábamos al principio, los presentes. Ahí nos movemos con más soltura. Es nuestra gente de parroquias y movimientos con quienes estructuramos muy bien nuestra pastoral. Pero tenemos que salir a los escenarios que nos resultan más difíciles donde el laico puede moverse mejor porque ya está ahí. Ese compromiso se va a convertir en una fuerza evangelizadora enorme.

—¿Y cómo podemos aterrizar estas propuestas?
—En nuestra diócesis, tenemos en marcha una misión de incorporar a jóvenes que no están inmersos en la actividad parroquial, pero que son creyentes y tienen una síntesis personal que cuando dialogas con ellos entienden esa misión evangelizadora. Además, nos aportan muchas ideas de cómo tiene que ser esa tarea de evangelización en un contexto como el que estamos viviendo. Es caminar en un proceso sinodal en el que somos Pueblo de Dios, donde cada uno aporta los dones que ha recibido del Bautismo desde su experiencia creyente y que cumplen los tres elementos que configuran el don bautismal que son: ser como Jesucristo; sacerdotes, profetas y reyes. Es decir, tener esa dimensión orante y celebrativa, apostólica y evangelizadora y la de servicio hacia los más pobres.

—La Comisión Episcopal de Apostolado Seglar se denomina, desde marzo de 2020, Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida. Usted fue elegido presidente de la misma unos días antes de la declaración del estado de alarma. ¿Qué retos se planeta la comisión a la luz de la situación vivida estas últimas semanas?
—Uno de los retos es el recorrido del Congreso y el desarrollo de su contenido a través de los cuatro itinerarios que tanto trabajamos. Esto tiene que marcar el horizonte próximo en una sociedad mutada por el COVID. Pero cuidado, esta sociedad ya había cambiado antes y ahora la Iglesia tiene que acoger esos nuevos elementos para «salir». El primer anuncio en la sociedad post-COVID es muy necesario para que la gente sepa que Dios le ama. El dinamismo del acompañamiento en los procesos es muy interesante a partir de ahora. Gente que ha sufrido, que ha tenido pérdidas importantes, tiene que saber que Dios actúa también en su vida, y a veces es necesario que haya alguien, o un grupo, que nos ayude a vislumbrar esa presencia para poder asimilarla y acoger lo que el Señor nos propone, y a su vez proponerlo nosotros a los demás. Por otro lado, todo lo que tiene que ver con los procesos formativos es fundamental para poder dar razones de nuestra esperanza. Por eso, la presencia de los católicos en la realidad social tiene que dar respuesta al momento histórico que ahora mismo nos exige la fe encarnada, ser verdaderos motivadores de esperanza.
Por último, como testimonio esperanzador no podemos perder de vista a las familias, que han sido uno de los elementos más positivos del confinamiento. Hemos estado encerrados con nuestras familias recuperando la convivencia familiar que algunos hacía tiempo que habían perdido. A mí mismo me ha pasado que he estado confinado con mi madre. Yo que siempre estoy de un lado a otro, he pasado tres meses muy cerca de ella, acompañándonos mutuamente. Esta situación ha convertido a las familias en Iglesias domésticas, viviendo la Cuaresma, la Semana Santa y la Pascua todos juntos, pero encerrados. Esto ha propiciado momentos de oración, de servicio compartido y de evangelización. Hay que valorar el esfuerzo de las familias como signo de la presencia de Dios en la sociedad.

Print Friendly, PDF & Email