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Cardenal Omella: «Unas gotas de humanidad pueden despertarnos de nuestra comodidad»

El arzobispo de Barcelona y presidente de la CEE, cardenal Juan José Omella, recorre en su carta dominical las oasis de esperanza que ha descubierto durante el confinamiento por la pandemia. Durante un encuentro virtual con representantes de entidades sociales de su diócesis, escuchó de primera mano diversas historias de esperanza, «unas gotas de humanidad pueden paliar la sed de tantos afectados y, a la vez, despertarnos de nuestra comodidad para movernos a la acción solidaria». Así, en su carta cita a entidades que ayudan a mujeres y a niños víctimas de la Trata de seres humanos, a los voluntarios de nuestras entidades y parroquias que atienden a personas llegadas de otros países, a los centros que atienden a personas sin hogar, a las instituciones que atienden a niños y adolescentes en riesgo de exclusión social, la atención a de muchas familias que se han empobrecido como consecuencia de la pandemia, la situación de presos y marineros…

«Quiero agradecer de corazón la dedicación de los voluntarios y profesionales que se han acercado con amor a las personas que esta terrible pandemia ha dejado desamparadas», indicó, afirmando que «las personas que reciben apoyo y ayuda experimentan la ternura del Padre».

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«Oasis de esperanza»

Hoy celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor, día en el que conmemoramos la vuelta de Jesús al Padre y el momento en el que Cristo nos confía la misión de extender el Reino de Dios. En este contexto, querría compartir con vosotros algunos aspectos de un encuentro virtual que, hace unos días, mantuve con representantes de entidades sociales de nuestra diócesis.

Durante este encuentro, promovido por el Secretariado de Pastoral por los Marginados de nuestra archidiócesis, las entidades que trabajan en favor de las personas más vulnerables explicaron pequeñas historias de esperanza en medio de la crisis actual. Todas ellas son semillas del Reino, que dejan a un lado miedos y prejuicios para construir un mundo más humano.

Las entidades que ayudan a mujeres y a niños víctimas de la trata de seres humanos comentaron las dificultades que tenían para atenderlas. De todo lo que nos relataron me conmovió un detalle: muchas mujeres que son acogidas en estos centros también quieren ayudar a los demás y lo hacen confeccionando mascarillas y batas para los centros sanitarios.

Los voluntarios de nuestras entidades y parroquias que atienden a personas llegadas de otros países han intensificado su labor durante estos días. Muchos de ellos han colaborado como traductores en hospitales o han ayudado a estas personas a encontrar una vivienda digna.

Los centros que atienden a personas sin hogar han intentado mantenerse abiertos día y noche para acoger al mayor número de personas posible. Los colaboradores también han llevado comida y productos de higiene a los que viven en la calle.

Las instituciones que atienden a niños y adolescentes en riesgo de exclusión social destacaron el enorme esfuerzo que han realizado los voluntarios y educadores para continuar con su labor.

Otro ámbito de actuación especialmente crítico estos días es la atención a muchas familias que se han empobrecido como consecuencia de la pandemia. El creciente deterioro económico nos pide soluciones creativas y una mayor coordinación con los gobiernos.

También es crítica la situación de presos y marineros. Los primeros han perdido el contacto con familiares y voluntarios. Los segundos han quedado en muchos casos atrapados en sus barcos sin saber cuándo podrán desembarcar. El esfuerzo que han realizado nuestras entidades para romper el aislamiento de estos colectivos es digno de admiración.

Quiero agradecer de corazón la dedicación de los voluntarios y profesionales que se han acercado con amor a las personas que esta terrible pandemia ha dejado desamparadas.

Estas iniciativas son un oasis en medio de un desierto en el cual vemos como unas gotas de humanidad pueden paliar la sed de tantos afectados y, a la vez, despertarnos de nuestra comodidad para movernos a la acción solidaria. Las personas que reciben apoyo y ayuda experimentan la ternura del Padre. Señor, ojalá que los hermanos que estos días acudan a nosotros encuentren una mano solidaria, compañía o un gesto de afecto.

Queridos hermanos y hermanas, gracias al testimonio de Cristo resucitado que sube a los cielos, sabemos que el abandono, la soledad, el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra. Cristo resucitado que vuelve al Padre nos abre las puertas a una nueva existencia donde el amor, la alegría y la paz triunfarán.

† Card. Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona

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