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Firma del cardenal Omella: Una experiencia que debería cambiarnos

Sin bajar la guardia, y con el recuerdo vivo de la crisis sanitaria provocada por la pandemia de la COVID-19, hemos culminado las fases de desconfinamiento para entrar en una nueva etapa que estará marcada por la crisis social derivada del parón económico provocado por el confinamiento mundial.

A consecuencia de esta grave crisis sanitaria muchas personas han padecido esta enfermedad y desgraciadamente demasiadas han fallecido. Algunos familiares y amigos nos han dejado y, ahora, con la superación del confinamiento, lo primero que estamos haciendo es confiar nuestros difuntos a las manos misericordiosas de Dios. Son muchos los funerales que estos días estamos celebrando por todas las víctimas del coronavirus y por todos los fallecidos por otras causas que durante el tiempo de confinamiento no han podido recibir la despedida merecida. Es profundo el dolor que ha provocado en nosotros no solo su muerte sino también las condiciones de su partida, lejos del contacto de sus familiares y amigos, sin poder cruzar palabra, sin poder despedirnos de ellos.

Sin embargo, Dios nunca abandona a sus hijos. Siempre me ha colmado de paz la esperanza con la que es abordada la muerte de los buenos y los justos en el Libro de la Sabiduría. Es impresionante la claridad de la Palabra de Dios en un texto datado pocas décadas antes del nacimiento de Cristo:

«Las almas de los buenos están en manos de Dios… Los insensatos… consideran su muerte como una desgracia… pero los buenos están en paz. Aunque a los ojos de los hombres parecían castigados, abrigaban la esperanza de su inmortalidad. Después de corregirlos con moderación, recibirán grandes beneficios, porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de Él» (Sb 3, 1-9). «Dios no hizo la muerte ni se alegra destruyendo a los seres vivientes. Todo lo creó para que existiera; … la muerte no reina en la tierra, porque el justo es inmortal» (Sb 1, 13-15).

Estoy convencido de que nuestros hermanos y hermanas difuntos han percibido la compañía de Dios Padre ya sea directamente o por la mediación del personal sanitario y de tantos sacerdotes que han podido acompañarlos. De hecho, son varios los enfermos que han estado ingresados al borde de la muerte, que, en la soledad e incertidumbre de una habitación de hospital, me han confiado que experimentaron la compañía y la cercanía pacificadora de Dios.

Ahora, estamos ofreciéndoles el mejor regalo que podrían recibir: nuestra oración y acción de gracias por todos y cada uno de ellos. Los difuntos ya no pueden interceder por ellos mismos, por ello es tan importante nuestra oración por cada uno de ellos. Es precisamente en la celebración de la Eucaristía por su eterno descanso cuando oramos por ellos a Dios para que los acoja en su Reino, pedimos perdón por sus fragilidades y pecados, y damos gracias a Dios por sus vidas y por su Misericordia y Bondad para con ellos.

Pero a pesar del dolor y del sufrimiento, hay motivos para la esperanza. Para ello es necesario que acojamos la experiencia vivida como «un signo de los tiempos» que nos ayude a revisar y a purificar nuestras actitudes, potenciando aquellas que nos hacen más humanos y nos abren al encuentro con Dios. Si realmente hay una conversión interior que se traduce en un cambio de actitudes ante la vida, entonces será realmente posible el cambio hacia una sociedad más justa, humana y fraterna.

Reconocer los errores y aprender humildemente de ellos. Aunque digan que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, sabemos que, precisamente, la humanidad avanza gracias a su capacidad para aprender de los errores. Ahora es el momento de aprender de algunos de los errores cometidos durante esta pandemia, sin echarnos los trastos a la cabeza. La sociedad empieza a estar cansada de que nos limitemos a culparnos mutuamente sin reconocer los errores. Ojalá esta experiencia nos ayude a vencer la tentación a vivir en una eterna adolescencia. Sí, debemos seguir el camino ya iniciado de reconocer, poco a poco, nuestros fallos para aprender de ellos y evitar que vuelvan a repetirse. Este momento es una gran oportunidad para todos los que ejercen una responsabilidad política y de gestión, es el momento de colaborar con su entrega y servicio al bien común trabajando con honradez y realismo, dejando a un lado las medidas populistas y los intereses particulares. Es toda nuestra sociedad la que necesita superar esta situación. No es el momento de ideologías o visiones sectarias, sino de trabajo conjunto, responsable y eficaz. Como nos repite el Papa Francisco: si uno se equivoca, lo reconoce, pide perdón y vuelve a empezar.

Las personas somos vulnerables y necesitamos una atención humana integral. Un virus tan diminuto ha alterado nuestro modo de vida y nos ha obligado a pararnos. Y todo parón es una oportunidad para repensar nuestra existencia. Nos hemos dado cuenta de que necesitamos los unos de los otros. Hemos redescubierto que la medicina no son solo conocimientos y técnicas, sino que está al servicio de la integralidad de la persona. El ser humano es cuerpo, mente y alma y, por tanto, para sanar el cuerpo hace falta cuidar la mente y también el alma. El alma no la curan los medicamentos sino el contacto con los seres queridos y con Dios. Hemos tomado conciencia de la importancia de humanizar nuestros hospitales, de descubrir nuevas alternativas para que los pacientes graves no tengan que abandonar esta existencia sin la cercanía y el contacto con los suyos. Esta experiencia ha sido también una gran oportunidad para redescubrir el valor de nuestros mayores. No podemos abandonarlos en el momento de la enfermedad, pero tampoco debemos dejarlos solos en residencias sin visitarlos asiduamente, condenándolos al abandono de la soledad. Afortunadamente vamos tomando más conciencia de que tarde o temprano, si la salud lo permite, seremos ancianos y necesitaremos más que nunca del cariño y afecto de nuestros familiares más jóvenes.

Nos hemos preguntado sobre el sentido de la vida y sobre el modo en que la estamos viviendo. Vivíamos sumamente ajetreados, absorbidos por lo urgente y distraídos por cuestiones secundarias. La experiencia de la pandemia y del confinamiento ha servido a muchos para observar sus vidas, para replantearse los criterios que regían sus existencias, para redescubrir lo que realmente importa. El teletrabajo, por poner un ejemplo, ha cambiado de forma acelerada patrones de vida que nos parecían inmodificables. Quizás esta nueva modalidad laboral, junto a otras, permita a muchas personas acceder a una vivienda más digna, alejada del centro de las ciudades, donde los precios son abusivos y las condiciones de vida, en muchas ocasiones, infrahumanas.

Liberarnos del virus de la indiferencia. Hemos descubierto que hay muchos hermanos y hermanas nuestros que viven en condiciones inhumanas y que tras un par de meses sin cobrar el sueldo se han visto impelidos a tener que hacer colas para acceder a alimentos y productos básicos o han tenido que pedir ayuda económica para seguir pagando el alquiler de sus habitaciones. Jesucristo se nos presenta en el rostro y el sufrimiento injusto de estas personas angustiadas por no tener acceso a condiciones de vida básicas que nosotros damos por descontadas.

¿Hay vida más allá de la muerte? Esta pregunta ha vuelto a nuestro interior ante la gran cantidad de fallecidos. La hermana muerte se ha vuelto más cercana y visible, ha dejado por unos meses de ser un tabú o una cuestión íntima en el seno de las familias. ¿Qué será de nuestros familiares y amigos que han sufrido una muerte inesperada y en soledad? ¿Se ha acabado todo para ellos? Hemos experimentado cómo el anuncio de esperanza en la vida eterna lanzado por Jesucristo coincide con el deseo más profundo de nuestro corazón. La muerte es el paso desconocido que hemos de cruzar para pasar a la vida plena en Dios y el tránsito para el reencuentro con nuestros hermanos que nos han precedido.

Ojalá, hermanos y hermanas, que esta experiencia vivida sea también una oportunidad para avanzar en el camino espiritual. Que todo lo vivido y sufrido sea acogido como una llamada a volver nuestra mirada y nuestra existencia hacia Jesucristo. Que podamos hacer nuestras estas bellas palabras del poeta:

¿Qué quiero mi Jesús?…
Quiero quererte,
quiero cuanto hay en mí
del todo darte,
sin tener más placer que
el agradarte,
sin tener más temor que
el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte,
quiero dejarlo todo por buscarte,
quiero perderlo todo por hallarte,
quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable Jesús, abismarme
en ese dulce hueco de tu herida,
y en sus divinas llamas abrasarme.

Quiero por fin, en Ti transfigurarme,
morir a mí, para vivir Tu vida,
perderme en Ti, Jesús,
y no encontrarme.

Calderón de la Barca (1600-1681)

Estas son simplemente algunas reflexiones que pongo sobre el papel, pero es mucho más lo que podemos aprender de la experiencia vivida. No podemos dejar pasar la oportunidad de meditar lo sucedido a la luz del Evangelio y bajo la acción del Espíritu de Dios, de modo que se pueda obrar en nosotros una transformación interior que se concrete en una mayor implicación por la construcción de un mundo más humano, más justo, más fraterno y más abierto a Dios.

Opi_Omella
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