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Cardenal Omella, sobre el Espíritu Santo: «Es un vendaval de amor que nos eleva»

El cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y presidente de la Conferencia Episcopal Española, se ha dirigido a los fieles este domingo, solemnidad de Pentecostés, con una serie de claves que nos invitan a la meditación sosegada sobre la actuación del Espíritu Santo en nuestras vidas.

Su carta dominical abría con un ejercicio: pensar y sentir el viento. Con una hermosa imagen, Omella nos deja la siguiente reflexión: «Nadie duda de su existencia, ya que lo sentimos en el cuerpo, lo oímos silbar y notamos sus efectos. Nos percatamos de su presencia cuando mueve lo que está a su alrededor y, aunque a veces parece que no exista, nos puede sorprender con una ráfaga repentina».

Haciendo este paralelismo, el cardenal Omella referencia a Juan 3,8: «El Espíritu Santo es como el viento, “[…] oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va”. En hebreo se dice Ruah, es el viento original y misterioso, imprevisible, omnipresente; es la realidad fundante, divina y numinosa. Es una realidad espiritual, una fuerza arrolladora que recibimos en el bautismo y en la confirmación, que se ofrece para acompañarnos y guiarnos».

¿Y qué debemos hacer para sentirlo? Pedirlo y desearlo, nos dice el arzobispo de Barcelona, «abriendo de par en par las puertas de nuestro corazón».

El Espíritu Santo, continúa Omella, es el «aliento de Dios. Es la fuerza divina que nos arrastra, nos impulsa para avanzar y nos orienta en el camino. Es el fuego que nos llena de fortaleza. Es el amor misericordioso que nos revela el mensaje vivo de Jesús. Es el viento que aviva el fuego de la fe y nos ilumina para comprender las verdades de Dios. Es el viento que siempre va a nuestro favor, especialmente cuando creemos que todo nos va en contra. Es un viento que puede ser ligero como la brisa, pero tan fuerte como un huracán, capaz de derribar muros que impiden que avancemos. En definitiva, es un vendaval de amor que se cuela por todas partes y nos eleva».

«Con el Espíritu Santo todo se ilumina y adquiere sentido»

En el año 1968, dice el arzobispo de Barcelona, Ignacio IV Hazim, en el discurso de la Conferencia Ecuménica de Upsala, pedía que el Espíritu Santo arraigara en nuestros corazones, porque decía que sin él Dios estaba lejos y Cristo quedaba en el pasado. Con su ausencia, prosigue el cardenal Omella, las Sagradas Escrituras no serían más que letra muerta y la Iglesia se convertiría en una simple organización cuya autoridad se transformaría en dominio y su misión en propaganda. Sin embargo, añadía que con el Espíritu Santo y en permanente comunión con Él, Cristo Resucitado está aquí, el Evangelio es fuerza de vida y la Iglesia es una comunión trinitaria, cuya misión es un nuevo Pentecostés. «Sí, con el Espíritu Santo todo se ilumina y adquiere sentido».

Confiar en el Espíritu Santo es confiar en Dios, concluye Omella su carta dominical, aludiendo a que esa confianza es la que manifestaron los apóstoles en Pentecostés: «De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados» (Hch 2,2). Queridos hermanos y hermanas, dejémonos llenar por el Espíritu Santo. Digamos desde el fondo de nuestro corazón: «Ven, Espíritu Santo, enciende en nosotros el fuego de tu amor. Ven y renueva la faz de la tierra».



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