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Cardenal Omella: «La Iglesia que peregrina en España hace suyo el dolor y pide por todos los fallecidos»

«Dios nunca abandona a sus hijos». Son palabras del presidente de la CEE, cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, durante el funeral organizado en la Almudena esta misma noche. «La Iglesia que peregrina en España hace suyo el dolor, el sufrimiento de los familiares de los difuntos y quiere, a través de la Comisión Permanente, ya que la Asamblea Plenaria no se reunirá  hasta el mes de noviembre, pedir al Dios y Padre de la misericordia, por todos los fallecidos, no solo por el coronavirus  sino también  por los que han fallecido por otras causas y que, durante el tiempo de confinamiento, no han podido recibir la despedida merecida». Así comenzaba el cardenal su alocución al comenzar la Eucaristía y tras el saludo del cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro.

El presidente de la CEE recordó que «la solidaridad de tantas personas implicadas en ayudar a las víctimas de la pandemia es el signo sencillo y palpable de la cercanía de Dios. Damos gracias porque hay en nuestra sociedad una gran reserva de humanidad y de caridad, de acción solidaria». Ahora, ofreciéndoles la oración y la acción de gracias, el cardenal pidió que «esta experiencia vivida sea también una oportunidad para avanzar en el camino espiritual. Que todo lo vivido y sufrido sea acogido como una llamada a volver nuestra mirada y nuestra existencia hacia Jesucristo». Y terminó con un poema de Calderón de la Barca.

Palabras de cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y presidente de la CEE

Majestades, Autoridades
Hermanos obispos y sacerdotes Hermanos todos en el Señor

A consecuencia de la grave crisis sanitaria de la COVID-19 muchas personas han padecido esta enfermedad y desgraciadamente demasiadas han fallecido. La Iglesia que peregrina en España hace suyo el dolor, el sufrimiento de los familiares de los difuntos y quiere, a través de la Comisión Permanente, ya que la Asamblea Plenaria no se reunirá  hasta el mes de noviembre, pedir al Dios y Padre de la misericordia, por todos los fallecidos, no solo por el coronavirus  sino también  por los que han fallecido por otras causas y que, durante el tiempo de confinamiento, no han podido recibir la despedida merecida.

Es profundo el dolor que ha provocado en nosotros no solo su muerte sino también las condiciones de su partida, lejos del contacto de sus familiares y amigos, sin poder cruzar palabra, sin poder despedirnos de ellos. Rezamos por todos ellos y por sus familiares.

Sin embargo, Dios nunca abandona a sus hijos. La solidaridad de tantas personas implicadas en ayudar a las víctimas de la pandemia es el signo sencillo y palpable de la cercanía de Dios. Damos gracias porque hay en nuestra sociedad una gran reserva de humanidad y de caridad, de acción solidaria

Ahora, estamos ofreciéndoles el mejor regalo que podrían recibir: nuestra oración y acción de gracias por todos y cada uno de ellos.  Es precisamente en la celebración de la Eucaristía por su eterno descanso cuando oramos por ellos a Dios para  que  los acoja en su Reino, pedimos también perdón por sus fragilidades y pecados, y damos gracias a Dios por sus vidas y por su Misericordia y Bondad para con ellos.

¿Qué será de nuestros familiares y amigos que han sufrido una muerte injusta y en soledad? ¿Se ha acabado todo para ellos? Hemos experimentado cómo el anuncio de esperanza en la vida eterna lanzado por Jesucristo coincide con el deseo más profundo de nuestro corazón. La muerte es el paso desconocido que hemos de cruzar para pasar a la vida plena en Dios y el tránsito para el reencuentro con nuestros hermanos que nos han precedido.

Ojalá, hermanos y hermanas, que esta experiencia vivida sea también una oportunidad para avanzar en el camino espiritual. Que todo lo vivido y sufrido sea acogido como una llamada a volver nuestra mirada y nuestra existencia hacia Jesucristo. Que podamos hacer nuestras estas bellas palabras del poeta:

¿Qué quiero mi Jesús?…
Quiero quererte, quiero cuanto hay en mí
del todo darte, sin tener más placer que el agradarte,
sin tener más temor que el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte,
quiero dejarlo todo por buscarte,
quiero perderlo todo por hallarte,
quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable Jesús,
abismarme en ese dulce hueco de tu herida,
y en sus divinas llamas abrasarme.

Quiero por fin, en Ti transfigurarme,
morir a mí, para vivir Tu vida,
perderme en Ti, Jesús, y no encontrarme.
[Calderón de la Barca (1600-1681]

Que esta Eucaristía nos ayude a meditar lo sucedido a la luz del Evangelio y bajo la acción del Espíritu de Dios, de modo que se pueda obrar en nosotros una transformación interior que se concrete en una mayor implicación por la construcción de un mundo más humano, más justo, más fraterno y más abierto a Dios.

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