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Cardenal Omella: «La Iglesia está llamada a estirarse para llevar compañía, consuelo y ayuda»

Esta noche el cardenal Juan José Omella, presidente de la Conferencia Episcopal Española y arzobispo de Barcelona, ha recordado esta noche que ante la situación de pandemia y el dolor de tantas personas, «la Iglesia está llamada a estirarse hasta el último hogar para llevar compañía, consuelo y ayuda».

En su mensaje de Nochebuena emitido en TRECE esta noche, desde la Capilla de la Sucesión Apostólica de la CEE, el cardenal ha indicado que «aquella primera Navidad que ahora recordamos, el niño nacido en Belén, en un portal, con María y José, nos deja algunas enseñanzas que nos pueden ayudar en este tiempo». Concretamente citó tres: la importancia de la humildad, preguntándose si no deberíamos ponernos a la altura de los más pequeños; la acogida del que viene de lejos, en contraposición con lo que le ocurrió a la familia de Jesús; y la sencillez de los pastores que compartieron lo que tenían.

El dolor de las personas

El presidente hizo un recorrido por lo vivido en este año, que «hemos vivido, y aún sufrimos, una pandemia que ha causado mucho dolor y que se ha llevado la vida de muchas personas». «Estos meses han sido y siguen siendo muy difíciles para todos nosotros. Seguramente, mirando a nuestro alrededor, en este momento, nos damos cuenta de la dureza de lo que nos ha pasado», ha indicado, destacando que «las reuniones en familia tan propias de estos días, no pueden ser como nos habrían gustado. Y echamos de menos a los nuestros que se han tenido que quedar lejos».

Además, ha recordado el dolor de quien siente la ausencia de los fallecidos y de esta manera ha invitado a todos «a poner lo mejor de nosotros mismos para que el que sufre esa tristeza, sienta el calor de nuestra compañía».

«No estáis solos»

Ante las dificultades económicas que se viven, ha deseado que «los responsables políticos y las instituciones públicas y privadas pongan los medios necesarios para que esta nueva crisis social y económica pase cuanto antes. En eso se concreta ahora su vocación de servicio al bien común, sin el cual no existe una verdadera caridad política».

«No estáis solos. Con Él os acompaña además toda la Iglesia que está llamada, en este tiempo, a estirarse hasta el último hogar para llevar compañía, consuelo y ayuda», ha dicho en su mensaje desde la Capilla de la Sucesión Apostólica de la Conferencia Episcopal Española.

Luces de esperanza

Pero el cardenal también ha resaltado las luces que han permitido mantener la esperanza en este tiempo: «Han sido lo sanitarios, los médicos, los sacerdotes en los hospitales, los militares en las residencias de ancianos, los responsables de logística, de limpieza, de los servicios básicos, los trabajadores en los supermercados, en los colegios. Tantas y tantas personas e instituciones sociales…».

Dirigiéndose a quienes tienen «el don de la fe», el arzobispo de Barcelona les ha pedido «un esfuerzo más, una caridad más solícita, una oración más intensa, un compromiso más fuerte, especialmente con los más pobres y necesitados». Y a « las personas de buena voluntad» les ha animado a «construir una fraternidad abierta, que permita reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física», como invita la encíclica Fratelli Tutti. «Todos estamos llamados a crear una familiaridad por encima de razas, de procedencias, de nivel social, de convicciones personales o religiosas. Eso tiene vertientes en la política, en la economía, en las relaciones internacionales… aunque quizá eso, a muchos, se nos escapa», ha descrito recordando que todos podemos construir una fraternidad en nuestras relaciones personales.

MENSAJE COMPLETO

¡Buenas noches y muy feliz Navidad para todos!

Nuestra esperanza se ha visto cumplida una vez más. Esta noche celebramos que el Niño Jesús ha nacido en Belén. Desde ese portal, Él es la luz que ilumina nuestro mundo y nuestra vida. Él es quien da sentido a nuestras alegrías y a nuestras penas, el que nos acompaña cuando las cosas van bien y el que nos sostiene cuando van mal.

Jesús está aquí. Sigue presente. No nos falla nunca. Aquella primera Navidad que ahora recordamos, el niño nacido en Belén, en un portal, con María y José, nos deja algunas enseñanzas que nos pueden ayudar en este tiempo:

  • En primer lugar, la importancia de la humildad: el Dios todopoderoso naciendo en la pobreza de un portal pequeño, en el pequeño pueblo de Belén. Es verdad, la mayor grandeza está en lo pequeño ¿No deberíamos aprender a hacernos pequeños? ¿No deberíamos ponernos a la altura de los más pequeños?
  • En segundo lugar, nos ayuda el ejemplo de José. Él tampoco pudo celebrar esa Navidad ni donde quería, ni seguramente con quienes quería. Las gentes del lugar no les pudieron acoger o no quisieron acogerlos. Pensaban que, con ellos, no cabrían todos y dejaron fuera lo mejor, a los más necesitados. Esa familia llegada de fuera, como ocurre tantas veces, eran una bendición, una riqueza y un nuevo don para esa sociedad (FT 135). Dejándolos fuera, se perdieron lo mejor. Que no nos eso pase a nosotros.
  • En tercer lugar, los pastores, hombres sencillos. Entre los que estaban aquella noche en el campo, con el ganado, intentando protegerse del frío, sucedió lo contrario. Se acercaron al portal y compartieron lo que tenían: requesón, manteca y vino. Se cumple una vez más que los más sencillos nos dan ejemplo, practicando esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres (FT 116).

Queridos amigos, ahí tenemos tres bellas enseñanzas: La humildad, la acogida del que viene de lejos, el compartir con el que no tiene nada. Valores tan necesarios en nuestro tiempo, aquí y ahora. Porque estamos celebrando la Nochebuena de un año muy duro.

A lo largo de este último año, hemos vivido, y aún sufrimos, una pandemia que ha causado mucho dolor y que se ha llevado la vida de muchas personas. Sin lugar a dudas, estos meses han sido y siguen siendo muy difíciles para todos nosotros. Seguramente, mirando a nuestro alrededor, en este momento, nos damos cuenta de la dureza de lo que nos ha pasado. Muchos no han podido venir a estar con nosotros, como hacían otros años. Las reuniones en familia tan propias de estos días, no pueden ser como nos habrían gustado. Y echamos de menos a los nuestros que se han tenido que quedar lejos.

Y en muchas familias, en demasiadas, sienten la ausencia de familiares y amigos que se han ido para siempre. Son momentos de dolor ante el que no podemos ser indiferentes. Os invito a todos a poner lo mejor de nosotros mismos para que el que sufre esa tristeza, sienta el calor de nuestra compañía.

En otros hogares se anuncian, quizá se viven ya, dificultades económicas graves y el futuro se presenta sombrío. Sería bueno, cuánto lo deseamos todos, que los responsables políticos y las instituciones públicas y privadas pongan los medios necesarios para que esta nueva crisis social y económica pase cuanto antes. En eso se concreta ahora su vocación de servicio al bien común, sin el cual no existe una verdadera caridad política.

Para todos y cada uno de vosotros el niño de Belén tiene una palabra de consuelo, de esperanza, de paz. Jesús está con vosotros, sufre con vosotros, llora con vosotros. Os acompaña siempre. No estáis solos. Con Él os acompaña además toda la Iglesia que está llamada, en este tiempo, a estirarse hasta el último hogar para llevar compañía, consuelo y ayuda.

Pese a todo, en medio de la oscuridad, este año también hemos visto brillar muchas luces que han permitido mantener la esperanza… Han sido lo sanitarios, los médicos, los sacerdotes en los hospitales, los militares en las residencias de ancianos, los responsables de logística, de limpieza, de los servicios básicos, los trabajadores en los supermercados, en los colegios. Tantas y tantas personas e instituciones sociales…

Estos tiempos de crisis han mostrado la oscuridad de algunos corazones, pero también, sin duda, la grandeza de ánimo de tantas personas que, olvidadas de sí mismas, han salido a ayudar al otro, por encima de cualquier otra consideración. Lo han hecho, en muchas ocasiones, arriesgando la propia seguridad. Desde el fondo de nuestro corazón: ¡muchas gracias! Eso es signo de que en nuestra sociedad hay gran reserva de humanidad.

Con vosotros se ilumina el presente y aumenta la esperanza en el futuro.

Ahora, a quienes tenéis el don de la fe, os pido un esfuerzo más, una caridad más solícita, una oración más intensa, un compromiso más fuerte, especialmente con los más pobres y necesitados.

Hoy éstos no están lejos. Seguramente en nuestra misma casa, entre nuestros vecinos, entre los compañeros de trabajo, hay personas profundamente necesitadas. A ellos tenemos que cuidar con un espíritu renovado. El Papa nos ha pedido este año recordar la figura de S. José. Precisamente, su solicitud paternal en el cuidado de María y del Niño Jesús, que le habían sido confiados, puede inspirar ahora nuestra vida de caridad con el prójimo más próximo.

 A las personas de buena voluntad os animo a construir una fraternidad abierta, que permita reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite (FT 1). Todos estamos llamados a crear una familiaridad por encima de razas, de procedencias, de nivel social, de convicciones personales o religiosas. Eso tiene vertientes en la política, en la economía, en las relaciones internacionales… aunque quizá eso, a muchos, se nos escapa.

Pero lo que está al alcance de todos es construir una fraternidad en nuestras relaciones personales. En los que están cerca, en nuestros familiares, en nuestros vecinos más próximos, en nuestros compañeros y en los amigos. A ello nos conduce contemplar el portal de Belén: el frío y la oscuridad de una noche en soledad se transformó en calor, alegría y esperanza, con la llegada de vecinos y pastores, de reyes magos y de ángeles del cielo.

Este año la viviremos en complejas circunstancias como consecuencia de la pandemia que nos azota. En medio del dolor celebramos la Navidad, revivimos el misterio de un Dios que se ha hecho uno de nosotros para mostrarnos su ternura y amor. La auténtica Navidad es y será siempre fuente de esperanza. Queridos hermanos y hermanas os deseo de todo corazón una santa Navidad.

Egu Berri on!

Bon Nadal!

Bo nadal

¡Muy feliz Navidad para todos!



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