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Juan José Omella, cardenal y arzobispo de Barcelona. Foto de Pere Virgili
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Cardenal Omella: «Aprovechemos el verano para orar con más intensidad»

El cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y presidente de la Conferencia Episcopal Española, ha expresado en su carta pastoral este domingo 1 de agosto, la necesidad de aprovechar el verano «para orar con más intensidad».

El cardenal anima a descubrir la oración de intercesión «por los que encontramos en el camino. Si oramos por ellos, nuestra vida será como la zarza de la que nos habla la Sagrada Escritura. La zarza ardía, pero jamás se consumía (cf. Ex 3,2). Y es que la oración es el combustible que alimenta el fuego de la caridad». ha explicado.

Además, ha subrayado que la santidad no es solo algo personal, «tiene también una dimensión comunitaria. Tal como nos dice fray Luis de León en una bella poesía, la santidad es “un camino que va de mí hacia mi hermano”».

Carta íntegra

Estamos de lleno en el verano y durante esta época del año tenemos más tiempo para descansar, contemplar la naturaleza y estar con nuestros familiares y amigos. Estos días podemos aprovecharlos también para orar con más intensidad.

A propósito de la importancia de la oración, quisiera compartir con vosotros un cuento que llegó a mis manos. La historia nos cuenta la vida de un anciano que vivía en el desierto. Se decía que era un gran asceta que había conseguido un alto grado de espiritualidad.

Un día, el anciano fue visitado por un ángel que le habló de un zapatero muy humilde que vivía en una ciudad de muy mala fama. Según el ángel ese hombre le superaba en santidad. Entonces el anciano, sorprendido por aquella revelación, decidió ir a la ciudad para conocerlo.

Cuando el anciano llegó a la ciudad, visitó al zapatero y estuvieron hablando un buen rato. El zapatero le explicó al anciano lo que hacía todos los días. Dedicaba ocho horas a trabajar en su pequeño taller, ocho a orar y otras ocho a descansar. Además, daba una tercera parte de lo que ganaba a la Iglesia, otra a los pobres y lo que le quedaba era para poder comer y pagar sus gastos.

El anciano quedó sorprendido, ya que él, después de dar sus bienes a los pobres y de dedicar su vida a la oración, era considerado menos santo. Entonces el anciano le preguntó cómo lo hacía para poder soportar a todos los que vivían en aquella ciudad corrupta. Él le respondió que no le suponía ningún esfuerzo convivir con ellos, ya que los consideraba sus hermanos y rezaba para que se salvaran.

En aquel momento, el anciano lo comprendió todo. Este zapatero trataba de aceptar a los demás tal como eran. Y, precisamente por ello, era superior en santidad. El anciano, algo avergonzado, se fue y regresó al desierto. Desde entonces, dedicó su vida a orar por la salvación de los demás y a quererlos con sus virtudes y defectos.

Dios nos ama tal como somos, pero nos sueña mejores. Dejemos que Él nos transforme para ver a los demás como hermanos, aceptarlos, cuidarlos y ofrecerle nuestra oración por su salvación eterna. Esta historia nos enseña que orar es dirigirnos a Dios para ofrecerle nuestra vida y encomendarle la de los demás.

El cuento nos anima, pues, a descubrir la oración de intercesión por los que encontramos en el camino. Si oramos por ellos, nuestra vida será como la zarza de la que nos habla la Sagrada Escritura. La zarza ardía, pero jamás se consumía (cf. Ex 3,2). Y es que la oración es el combustible que alimenta el fuego de la caridad.

Esta historia nos enseña que la santidad no es solo algo personal, tiene también una dimensión comunitaria. Tal como nos dice Fray Luis de León en una bella poesía, la santidad es «un camino que va de mí hacia mi hermano».

Queridos hermanos y hermanas, ojalá que, durante este verano, encontremos algún momento para cuidar nuestra oración. Que María nos ayude a acoger la Palabra de Dios y a orar en cualquier momento de nuestra vida.

† Card. Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona



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